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Mi abuelo era José Alfredo Jiménez

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Por: Armando Salgado •

La Gualdra 700 / José Alfredo Jiménez / 100 Años

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Base yugular de la voz ranchera y compositor de la melancolía, llevó a México hasta esos páramos de la garganta donde la única lluvia es el aguardiente. Detrás de sus canciones se sostiene el viento del campo, los llanos infinitos, los huizaches de la sangre y las paredes de adobe que conforman nuestros cuerpos que cumplen cien años. Nació en 1926, en Dolores, Hidalgo, mismo año del surgimiento de la Guerra Cristera y la primera emisión de televisión. Él y Marilyn Monroe tendrían la misma edad si estuvieran vivos; celebrarían su cumpleaños con botella en mano y el corazón entre los pies repitiendo «la vida no vale nada”, sin saber que sería el octosílabo más conocido por la gente en todo el país. Pero más allá de la figura icónica me pregunto ¿qué hay en él que lo hace tan cercano, tan familiar? Mi abuelo Tayde cuando iba al cerro y extraía piedras para vender, mientras fumaba sus Faros sin filtro miraba hacia la ciudad, era consciente de la brecha entre aquella masa gris y el reino vegetal que lo rodeaba todos los días. Después mi abuelo tuvo que mudarse junto con mi abuela Teresa y llegaron a Uruapan, fundaron una huerta de aguacate que nunca fue suya, cuidaron los alrededores, criaron a sus hijos e hijas en medio de aquel bosque tropical, bajo la sombra de los mangos, los nísperos y las granadas que pertenecían a otros dueños. Era su propio Macondo donde mi madre nació y pudo apreciar unos segundos de ese paraíso. Pasaron los años y surgió la colonia “Casa del Niño”, dándoles un lugar dónde vivir. Mi madre creció y aprendió a recorrer las entrañas de aquella ciudad que apenas iba respirando el albor de los 80. Atrás quedaron los campos extensos de sueños febriles para darle paso a las avenidas y al aeropuerto que traería suspiros lejanos. De eso trata la canción “Las ciudades”, de José Alfredo, de esa distancia que nos han heredado, de esta extrañeza de la que somos parte, porque somos huérfanos de tierra en una ciudad que no nos pertenece. Mi abuelo antes de terminar su labor del día, carga la carretilla con el filo de varias piedras que serán los cimientos de algunas casas. También lleva algunas plantas que depositará en macetas para el puesto de los domingos, en el mercado local. Mi abuela Teresa mira el fogón mientras el agua del café casi hierve, y así como esa agua su sangre palpita por saber que quizá mañana tendrán que irse a otro terreno, en busca de una mejor vida. 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_700

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