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Soberanía, razón de Estado y una oposición que renunció a serlo

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Por: JAIME CORTÉS ACUÑA •

Hay momentos en la política que no admiten ambigüedades. Las coyunturas internacionales no solo ponen a prueba a los gobiernos, también exhiben la estatura real de las oposiciones. México vive uno de esos momentos y la oposición volvió a fallar.

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Las amenazas reiteradas de Donald Trump para justificar posibles acciones directas en territorio mexicano no son una novedad ni un exabrupto. Responden a una lógica histórica de la política exterior estadounidense: construir amenazas externas para legitimar presión política, económica o estratégica. El discurso de la seguridad suele ser el pretexto; el interés real casi nunca es altruista.

En ese contexto, lo mínimo exigible en una democracia es una defensa clara de la soberanía. No se trata de respaldar a un partido ni de suspender la crítica al gobierno. Se trata de respaldar al Estado. Max Weber lo dijo con claridad: el Estado es quien reclama con éxito el monopolio legítimo de la fuerza en un territorio. Cualquier guiño al intervencionismo extranjero, venga de donde venga, debilita ese principio elemental.

Sin embargo, una parte importante de la oposición mexicana decidió cruzar esa línea. En lugar de asumir una postura institucional, varios de sus dirigentes celebraron o justificaron la narrativa intervencionista de Washington. No fue una crítica responsable al gobierno en turno. Fue una renuncia explícita a la razón de Estado. Confundieron oposición con oportunismo.

La historia reciente confirma que estas narrativas no buscan resolver problemas de fondo. Venezuela es un ejemplo claro. Durante años se construyó un relato que vinculaba al poder político con el crimen organizado. Ese discurso permitió sanciones, aislamiento y amenazas constantes. Con el tiempo, quedó expuesto lo evidente: el interés central no era la democracia ni la legalidad, sino el control de recursos estratégicos. La seguridad fue el argumento; la geopolítica, el objetivo.

México no está fuera de esa lógica, Estados Unidos es el mayor consumidor de drogas del mundo y un actor clave en el flujo de armas que alimenta la violencia en la región. Externalizar responsabilidades y señalar a gobiernos extranjeros resulta funcional a una política de presión permanente.

Frente a ese escenario, la presidenta Claudia Sheinbaum ha actuado con serenidad y claridad estratégica. Ha evitado la estridencia y también la sumisión. Firmeza sin confrontación inútil. Cooperación sin subordinación. Cada intercambio con Washington ha reforzado su papel como jefa del Estado mexicano y ha fortalecido su respaldo ciudadano.

Antonio Gramsci advertía que el poder se sostiene cuando logra construir sentido común. La presidenta lo ha hecho desde la estabilidad y la responsabilidad. La oposición, en contraste, mostró una visión menor, corta, mezquina. Al usar la política exterior como herramienta de desgaste interno, se achicó.

Como advertía Weber, la política no se ejerce solo con convicciones, sino con responsabilidad. En esta coyuntura, el gobierno estuvo a la altura. La oposición decidió no estarlo. 

Mtro. Jaime Enrique Cortés Acuña 

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