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¿Un imperio fascista?

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Por: JOSE DE JESUS REYES RUIZ •

“El billón de dólares del superávit comercial acumulado por China es una palanca que nadie puede igualar. En especial frente al enorme déficit de Estados Unidos”.

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Se ha venido creando una creciente afirmación de que Trump representa una forma de fascismo de los tiempos en que vivimos; sin embargo, el término fascismo es algo que no ha podido definirse ni siquiera por los expertos en las políticas internacionales, y debe quedarnos claro que es un concepto que no existía en la Grecia clásica de Aristóteles, donde sí existía la palabra imperio o el imperialismo como degeneración corrupta de una monarquía.

Cuando escuchamos la palabra fascismo, rápidamente viene a la mente los gobiernos que fueron etiquetados como fascistas, sobre todo quienes los encabezaban: Mussolini primero y después Hitler, aunque su acceso al poder fue diferente, porque no nos olvidamos que Hitler llegó al poder por los caminos de la democracia, es decir, del voto ciudadano, lo que no fue el caso de Mussolini.

Desde el punto de vista del Diccionario de la Real Academia se describe el fascismo como:

Movimiento político y social de carácter totalitario que se desarrolló en Italia en la primera mitad del siglo XX y que se caracterizaba por el corporativismo y la exaltación nacionalista.

Doctrina del fascismo italiano y de los movimientos políticos similares surgidos en otros países.

Actitud autoritaria y antidemocrática que socialmente se considera relacionada con el fascismo.

Veamos: el término fascismo viene de fasere, es decir, hacer o construir algo. No sabemos quién agregó esta etiqueta a Mussolini, pero no nos queda duda de que el término engloba otros adjetivos como el nacionalismo, el totalitarismo, el corporativismo, una actitud autoritaria y antidemocrática, la dictadura.

El fascismo nace sin poder definírsele con claridad a partir de las formas de acceder al poder y ejercerlo de Mussolini, al que después se agrega alguien llegado al poder en forma democrática, como fue Hitler, de quienes podríamos decir representaban un nacionalismo exacerbado, siendo ambos dictadores autoritarios y totalitarios, quienes contaban con una amplia base de simpatizantes que les veían como dioses y que provenían de las clases medias bajas que, en sus respectivos países, representaban a las mayorías frente a las clases bajas casi siempre sin voz y las medias altas y altas que, si bien tardaron, se unieron a sus respectivos sistemas.

La historia ya nos ha hecho ver los nefastos resultados de estas formas de gobernar que, cuando se creían extinguidas, renacen con un personaje sui géneris que dirige actualmente lo que siempre ha sido un imperio, que es el gobierno norteamericano. Pensemos en las similitudes: Trump tiene una base social que se va reduciendo con el tiempo, que son las clases medias bajas con dificultades en cuanto a su poder adquisitivo, en donde el desempleo se encuentra en crecimiento, y que se ven amenazadas por una migración que, según su decir, les roba sus empleos y no solo eso, afecta la economía de su otrora dominante país.

Pero sabemos que esta base es aquella que conocemos como WASP (white anglosajón protestantes), que siempre se han caracterizado por sentirse superiores a los demás seres humanos pigmentados y, por lo tanto, no puede quitárseles un claro sentimiento racista, pero que también son poco instruidos, aunque no lo acepten, y por ello han sido descritos como personas arrogantes e ignorantes.

Esa es la base que apoya al gobierno actual del orate que habita la Casa Blanca y que representa no la mitad, sino solamente un tercio de la ciudadanía del vecino del norte, porque otra base de apoyo es la de aquellos interesados en seguir creciendo económicamente, es decir, las cúpulas empresariales que más se han visto compensadas con las acciones, sobre todo de tipo bélico, de quien se sentía merecedor del Premio Nobel, que ya recibirá de manos de a quien recientemente despreció Corina Machado.

Pero claro, no podemos ignorar que el señor naranja es quien dirige los destinos de la otrora nación más poderosa del mundo: los Estados Unidos, sin ningún tipo de contrapesos, sin hacer caso de asesores, menos aún de aquellos que le cuestionen su actuar por el simple hecho de estar bien enterados del acontecer local y mundial. Las cámaras no le hacen mella: él hace lo que le viene en gana. Ya lo dijo en la entrevista reciente al New York Times: sus límites son la moral, cosa que claramente él no tiene, porque lo hemos dicho hasta el cansancio; personajes como él entienden que la moral o es un árbol que da moras o que sirve para maldita la cosa. Hemos insistido en que Trump es un ser posmoderno, un superhombre como lo describió Nietzsche a finales del siglo XIX, sin moral y, claro, sin conciencia que detenga o autocuestione su actuar, porque él también mencionó que otro freno sería su propia mente —sea lo que fuera este concepto—, pues este señor no está hecho para pensar; en mucho, sus actos son más bien espontáneos y ocurren como se le viene en el momento.

Dirige el imperio, pero es sin lugar a dudas un dictador que actúa para el beneficio de sus propios intereses y los de nadie más, y ya qué decir que es claramente racista, violento, misógino y, claro, un delincuente juzgado que aun así siente que puede dirigir los destinos del mundo entero.

No estaría muy seguro de que realmente se dé cuenta de la decadencia de su país, sobre todo en los terrenos de la economía, porque no creo que haga las cosas pensando en mejorarla. Considerar que el cambio climático es solo una mentira y, por ello, intentar el regreso a los tiempos de los combustibles fósiles contaminantes y no renovables es un claro ejemplo de ello. Olvídense de los autos eléctricos ni del cuidado al medio ambiente: son los tiempos de la combustión, del petróleo, y por ello bombardeó e invadió el territorio venezolano y secuestró a su presidente formal; y ahora, aunque tiene a quien —no me queda duda— fue su cómplice, Delsy Rodríguez, él se siente —y lo dice— el presidente formal. El petróleo de Venezuela es suyo, él decidirá a quién le vende y a quién no, él decidirá qué hacer con las ganancias; algo regresará —¿de veras?— a Venezuela, país que por orden propia no podrá negociar con otro país que no sea con el imperio.

Esta historia continuará…

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