Desde las tribunas de la academia y el pulso vibrante de nuestras comunidades, emerge un concepto que, cual sombra ominosa, se cierne sobre el debate de la seguridad en América Latina y, por ende, en nuestro México profundo, en nuestra Zacatecas de claroscuros: la violencia crónica. No es un mero capricho teórico, sino una lente indispensable para desentrañar la complejidad de un fenómeno que ha mutado, se ha enquistado y se reproduce con una pertinacia escalofriante.
¿De qué hablamos cuando decimos «violencia crónica»?
Dejemos de lado las simplificaciones. La violencia crónica no es solo el homicidio que acapara titulares o el ajuste de cuentas que nos quieren vender como la única realidad. Es un fenómeno sistémico, tridimensional, que se arraiga en el espacio y el tiempo, con una intensidad que va más allá de las estadísticas letales. Es la suma de un espectro de violencias que conviven y se retroalimentan: Violencia interpersonal y física en las relaciones cara a cara, que se manifiesta sobre todo en las zonas pobres y segregadas de nuestras grandes ciudades; Altos índices de violencia que se mantienen durante años, incluso en contextos de posguerra o donde las tasas de muertes violentas duplican el promedio de países de ingresos altos y bajos; la reproducción de actos de violencia no letales en los espacios más íntimos de socialización: el hogar, el barrio, la escuela; la explotación por parte de la delincuencia organizada transnacional, el tráfico de drogas y armas, y la trata de personas que vulnera a la juventud en riesgo. Esta perspectiva, acuñada por figuras como Jenny Pearce, nos obliga a ir más allá del cadáver y a reconocer esas violencias que no dejan huella visible, como las desapariciones o la violencia doméstica, pero que carcomen el tejido social y se transmiten entre generaciones.
América Latina: El epicentro de un dolor crónico
América Latina es considerada por los especialistas como la más violenta del mundo, con una media de 30 asesinatos por cada 100,000 personas al año, más del doble que en cualquier otra latitud. Las estadísticas son contundentes: lideramos en robos, con Sudamérica registrando 442 incidentes por cada 100 mil individuos. Pero no solo son cifras. La violencia en Latinoamérica se distingue por atributos particulares que la diferencian del resto del orbe; La violencia de género, que socava la ciudadanía y la igualdad de oportunidades de las mujeres; La violencia juvenil, donde los jóvenes son víctimas y victimarios, en un contexto de exclusión social, segregación urbana y la seducción de los mercados de drogas que ofrecen «oportunidades» y «prestigio»; La debilidad de los Estados y la falta de legitimidad política, lo que se traduce en una incapacidad para proveer orden público dentro de sus fronteras, permitiendo la descomposición social; La conflictividad urbana posconflicto, donde la violencia política de antaño cede el paso a una violencia interpersonal en zonas pobres y segregadas. Lo que vemos es un reflejo de que la pobreza y la desigualdad de ingresos, tanto dentro de los países como entre naciones desarrolladas y en desarrollo, son factores centrales que alimentan este flagelo.
México: La crónica de una violencia anunciada
La decisión de involucrar a las fuerzas armadas en el combate al narcotráfico desde 2006, lejos de disminuir la violencia, la difundió y exacerbó, multiplicando las violaciones a los derechos humanos y la impunidad. La narrativa oficial en aquellos días se aferró a la idea de que la violencia era el efecto de la lucha entre cárteles, resultó insuficiente para comprender la realidad de nuestras comunidades. Los habitantes de colonias como Sánchez Taboada en Tijuana o Nuevo Almaguer en Guadalupe revelaban una verdad más cruda; existe una percepción de que la violencia letal es «selectiva», un «ajuste de cuentas» entre delincuentes, lo que paradójicamente disminuye la preocupación colectiva por el derecho a la vida, especialmente la de nuestros jóvenes; El abandono estatal sistemático, donde la falta de servicios básicos, oportunidades educativas y laborales, y una presencia represiva intermitente del Estado han generado un trauma progresivo que se hereda de generación en generación; La violencia no solo es el narcotráfico; se manifiesta en extorsiones, violencia intrafamiliar y acoso sexual, que aunque no letales, causan daños profundos y permanecen silenciadas, consideradas asuntos «privados».



