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Diario de profesorado: de cómo un millennial deprimido intentaba dar clases a adolescentes

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 733 / Río de palabras

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Por Armando Navarro 

 

Para Roberto 

I

En esa época yo vivía en una especie de limbo. Estaba lejos de mi hijo, había vuelto a Zacatecas desde hacía un año, escribía, fabricaba imágenes y bebía. También me había enamorado de una mujer que no me correspondió.

En esa situación, en esa escena subjetiva que a veces rozaba el delirio, me enfrenté por primera vez en mi vida a un grupo de adolescentes. Acababa de convertirme en profesor de preparatoria. La misión era enseñar algo de literatura a gente de 16 años.

 

II

Recuerdo la primera mañana de clase. Entré en el salón y vi a cerca de treinta chicos desperdigados. Con horror, noté que sus butacas tenían unas rueditas con las que podían desplazarse a su antojo. También vi que muchos se habían sentado en grupos circulares, pero no conversaban: cada uno estaba inmerso en el contenido de su propia tablet.

—Buen día.

Nadie me respondió. Después de intentarlo dos veces más, recurrí a una pequeña técnica que utilizo con mi hijo cuando está alterado. Levanté la mano frente a ellos y, con los dedos, conté del 1 al 10 en silencio. Permanecieron atentos unos quince segundos. 

En ese momento me cayó el veinte de que, como mi vida paterna, la docencia me pondría de frente con la impotencia de mi voz.

 

III

Es inevitable pensar en quién fue uno mismo a esa edad. Yo pasé los 16 hace 21 años. En aquel entonces, me gustaba leer los libros que nos dejaban de tarea. Mis intereses no eran intelectuales: quería impresionar a las profesoras que me gustaban. 

El mundo era distinto, además. La guerra contra el narcotráfico, y su respectivo baño de horror, no era una realidad aún. Para mis alumnos, que nacieron en 2010, la violencia parece más un hábitat natural. Pero nosotros lo vivimos distinto. Quizá ello nos llevó a tomar las calles en 2012, después de acorralar a un candidato presidencial afuera de un baño. Hoy es diferente. Nuestra salvajía ya no está aquí. Mis contemporáneos y yo ahora estamos calvos, gordos, endeudados o divorciados. 

Precisamente por eso creo que mi generación tiene una oportunidad preciosa en las manos: no envejecer como la mayoría idiota de los que fueron nuestros mayores, los que nos llamaron tontos, desinteresados, incultos. Podemos madurar con un poco más de ternura. 

 

IV

Los chicos desbordaban una energía que yo no sabía gestionar. Gritaban, reían, formaban grupos que no podía desanudar y que interrumpían mi clase constantemente. Fantaseaba con redirigir esa fuerza a favor de mi materia, pero no conseguía hacerlo. 

Además, pasaban conectados demasiado tiempo. Cuando les proyectaba una película, su mirada terminaba casi siempre en sus pantallas personales. Al preguntarles por lo que debían haber visto, respondían bien. Ponían atención, en efecto, pero yo no entendía cómo.

Una mañana llegué exhausto. Extrañaba a mi hijo. No conseguía captar la atención de los alumnos. Un grupo de tres chicas no paraba de hablar. Les pedí silencio varias veces, pero no hicieron caso. Harto, les dije que se fueran del salón. Se negaron. Una, dos, tres veces más. Nada. 

Grité con toda la fuerza de mi pulmón. Sentí el retumbo de mi voz entre los muros. Luego las miré. Pude ver en sus ojos que acababa de herirlas. No me gusta ser una figura de autoridad porque siempre he odiado a las figuras de autoridad. 

También detesto a la gente que grita.

 

V 

Un buen día llegué con una noticia: los dispositivos móviles quedaban prohibidos en mi clase. ¿La razón? Algunos alumnos resolvieron sus exámenes con respuestas disparatadas. 

Después de media hora sin tablets ni celulares, sus caritas comenzaron a tomar el semblante del delirium tremens. Uno de ellos tomó el cable y el cargador de su teléfono e improvisó una suerte de balero para jugar. Sentí tanta ternura que me dio miedo. Y aun así, en ese pequeño gesto adiviné una forma de resistencia. 

 

VI

Comenzaba a hacer algo de frío en Zacatecas. Pronto llegaría el otoño y, con él, la mejor luz solar del año. Antes de entrar en la escuela esa mañana, yo había soñado que quedaba atrapado en medio de una balacera. Pero uno despierta y continúa la vida adulta, con todo y la pesadilla sobre los hombros. 

Al verme entrar, uno de mis chicos notó que yo llevaba un termo conmigo. A mi edad no se vive sin café. 

—¿Es whisky, profe? 

“Ojalá lo fuera, cariño”, pensé en silencio.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_733

 

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