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martes, 30 noviembre, 2021

AMLO, un príncipe maquiavélico

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Por: Elisur Arteaga Nava •

AMLO es un ente político. Lo es en un ciento por ciento. No más. Vive para hacer política: dominar, ejercer el poder, mandar y ser obedecido, hacerse temer sin retirar la mano de “amistad”; es paciente: sabe jugar, no tiene prisa. Los fracasos le enseñaron a esperar; en la espera llegó a conocer a sus adversarios y, sobre todo, a sus aliados y “amigos”.

No le interesan la música, la literatura, la buena comida o, en general, las artes. Al parecer le gusta la historia, la de México, la de los escritores tradicionales: don Gregorio Torres Quintero; la que ve en el pasado exclusivamente buenos y malos. No hay otra. No conoce la Historia moderna de México que dirigió don Daniel Cosío Villegas. Desprecia, por ensalzar a los que él considera antihéroes, la obra de Lucas Alamán.

Su concepto del futuro son los programas políticos y económicos que en dos etapas del pasado concibieron Lázaro Cárdenas y Adolfo López Mateos. Los considera válidos. Para él las circunstancias no han cambiado.

Contrariamente a lo que pudieran desear sus adversarios y, por qué no reconocerlo, sus muchos enemigos, no es frívolo ni dado a las mujeres o al alcohol. En esas actividades se pierde mucho tiempo, energía y salud.

Entre los griegos se desconfiaba de los abstemios, y con razón: les sobra tiempo para estar maquinando cosas malas y algunas buenas; son dados a “innovar”, en el sentido de cambiar la naturaleza y forma de lo público. Según sus palabras, no le importa el dinero. Para desgracia de muchos, es austero; se conforma con un vivir discreto. Estoy hablando de él, no de los que lo rodean o rodearon.

Conoce las reglas de la política. Sabe sumar. Cuando es necesario restar, quienes son preferidos de su entorno no han mostrado un resentimiento radical. Saben que pueden ser reciclados en cualquier momento.

Inventa encuestas y datos. Para cooptar a alguien le dice: “Las encuestas te favorecen en el distrito donde vives. Quiero que seas diputado y que sirvas a la Patria, a México, a mi proyecto”. Ese es un gran halago.

Dice Maquiavelo que quienes en el pasado se han opuesto a un príncipe, esperando, por ello, ser castigados y, en cambio, reciben un premio, por razón de esa deferencia son más fieles que aquellos que siempre lo han acompañado y servido.

A algunos políticos priistas, en activo o en receso, los ha reciclado. Aunque tengan cola que les pisen, no se quedarán sin chamba. Algunos de ellos, esperando ser procesados por sus malos manejos, se han encontrado con que el señor les está tendiendo la mano y con posiciones nada despreciables. AMLO, con esta maniobra, está dejando sin líderes a esa parte de la “oposición”.

Los priistas, para el proceso electoral de 2024, consideran que tienen dos opciones válidas que presentar como candidatos a sus socios de la coalición: Alfredo del Mazo Maza, actual gobernador del Estado de México; y Enrique de la Madrid, hijo del expresidente Miguel de la Madrid, “El Pequeño”.

Se hacen falsas ilusiones: Del Mazo, en el momento oportuno, para no quedar sin chamba o enjuiciado, aceptará ser parte de un enroque: al dejar el gobierno del estado, aceptará asumir la Secretaría de Educación Pública a cambio de permitir que llegue a la gubernatura de su entidad la profesora Delfina Gómez Álvarez. Pudiera aceptar otra posición. El PRI, con esa maniobra, perdería a su mejor candidato y al mayor reducto de votos que tiene.

Dice Maquiavelo: Cuando hay un bien cierto y un mal incierto, más vale optar por lo seguro. Él y los morenistas de nuevo cuño: Quirino Ordaz Coppel y Antonio Echaverría García, sabiendo que las organizaciones políticas que los llevaron a ocupar una posición de poder no están en posibilidad de ofrecerles otra que les sea interesante, han optado por lo seguro.

Enrique de la Madrid Cordero se conformará con una embajada. Dados sus antecedentes familiares y méritos propios, no puede aspirar a más. Así, llegado el momento, el PRI no tendrá candidatos; apoyará al que resulte de las negociaciones que haga con los otros miembros de la coalición.

AMLO no es aficionado a los juegos de azar. Ricardo Anaya no lo ha querido entender. Sigue en su infantil postura de plantearle retos. Lo hizo en uno de los debates. Lo sigue haciendo. Pretende hacer caer en su juego a alguien que no tiene ludopatía; que no apuesta. Anaya nunca será llamado a subir al tren gubernamental. No lo quieren ni de garrotero. Como dice el dicho: “Ni para eso lo crió el atole”. Sigue siendo “Riqui, riquín, pillín”. Tiene un rictus de amargura en su rostro. No goza el juego de la política. Lo sufre. AMLO, en cambio, para desesperación y desgracia de sus adversarios, lo goza; siempre tiene una sonrisa en su cara. Nunca se le ve tenso o desesperado. Es un gran actor.

El que no sea aficionado al juego no le impide que en mucho de lo que emprende esté de por medio una apuesta. Un ejemplo: sabe que la reforma eléctrica que presentó no será aprobada en sus términos; no importa. Finalmente cederá; se aprobará lo que él quiere: reforzar el papel de la Comisión Federal de Electricidad en el rubro que le interesa.

Trae pleito con las empresas españolas y otras por el trasfondo político y de corrupción que les dio intervención en el rubro eléctrico. Con lo que se apruebe de la reforma energética se cobrará las cuentas que tiene pendientes. No va a abandonar la Presidencia sin haber alcanzado su propósito.

Dice Maquiavelo: a un príncipe no es necesario que crea en una religión, pero es importante que aparente creer; si lo hace por la prevaleciente, mejor. No sé si AMLO sea creyente; me temo que no cree en nada, salvo en el Poder. Juega y utiliza los símbolos de las religiones en su provecho. Para su salud y seguridad dice confiar en la imagen del Sagrado Corazón; asistió a una misa que ofició el Papa en Guanajuato, acciones que reprueba cualquier reformado o evangélico. Acepta que se ore por él y que se le pongan las manos en señal de consagración, conducta que reprueban los católicos. Se presta a ser objeto de una limpia, acción que rechazan todos los que se dicen cristianos, sin importar el credo. Juega con todas las creencias.

AMLO sabe cuándo prescindir de sus amigos. Los que se apartan, lo hacen en el momento en que él quiere o le conviene. Nadie se va antes. Tampoco después. Los que se han retirado no hablan mal de él. Pudieran ser llamados de nuevo o salir a la luz su “expediente”. Algunos, tal vez, hicieron un juego propio o negocios al amparo del poder. En la actual administración “eso no se vale”.

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