Los talleres de defensa personal se han integrado a las agendas del 25N en todo el país y otras regiones, presentándose como actividades de prevención de las violencias y empoderamiento femenino. Para Zulema Santacruz, entrenadora deportiva con formación en artes marciales, estos espacios, cuando se trabajan desde una perspectiva feminista, no solo movilizan el cuerpo sino que comienzan por potenciar la voz, ayudar a establecer límites y tomar decisiones, e incluso abren espacio para catarsis postergadas.
Sin embargo, las críticas a los talleres o eventos únicos de defensa personal señalan que estas actividades pueden reforzar la idea de que la responsabilidad de evitar la violencia es de las mujeres, además de pasar por alto que la mayoría de las agresiones ocurre dentro del hogar o es perpetrada por hombres conocidos.
En ese sentido, la artemarcialista y exdiputada local enfatizó que la autodefensa no sustituye la necesidad de reeducar a los hombres.
Santacruz Márquez, acostumbrada a que los alumnos varones intenten reafirmar su superioridad física frente a una mujer instructora, insiste en que la prevención efectiva requiere trabajar sin descanso en contra de las expresiones cotidianas de machismo, como las que conducen a niños de secundaria a sexualizar a sus compañeras y a reproducir la impunidad masculina y el desprecio a las figuras femeninas desde temprana edad.
Frente a sesiones impartidas por jóvenes sin formación que confunden la autodefensa con boxeo o fuerza física, así como instructores que reproducen roles paternalistas y se posicionan como “protectores” de las asistentes, o instituciones que contratan a entrenadores “solo porque están mamados”, aun sin saber trabajar con mujeres que han vivido violencia, Zulema reivindica un enfoque integral con acompañamiento de psicólogas y abogadas.
Con 16 años, la primera experiencia de la entrevistada fue atender la demanda de una mujer casada que llegó a pedirle que la enseñara a golpear; esa experiencia le abrió los ojos a cómo la actividad física puede transformar el horizonte de vida de una persona, además de mejorar su salud y su bienestar cotidiano.
En casi todos los talleres de autodefensa, emergen testimonios de violencia sexual proveniente del entorno más cercano que en lugar de proteger, vulnera. Zulema recuerda así a la joven que llegó desde Chihuahua huyendo porque su familia la culpó después de defenderse con una plancha de su hermano violador; a la mujer que fue abusada por su tío desde los 3 años y a quien nunca habían revelado estos hechos ni siquiera en terapia.
Ante esta hiriente realidad, la entrenadora entiende la importancia de la comunión entre mujeres y su presencia, que junto al trabajo corporal propician por primera vez un espacio seguro para nombrar lo vivido y dejar de postergar la necesaria catarsis.
Explica que la defensa personal, entendida desde un enfoque feminista, no parte del golpe ni de la técnica, sino de reconocer que “tu cuerpo es tu arma más valiosa” y que la voz es la primera herramienta para poner un alto.
En cada sesión inicia con una charla donde explica cómo se escala la violencia, cómo identificar una bandera roja en una relación y cómo poner límites verbales antes de cualquier respuesta física. Su metodología sigue una secuencia: primero la voz, luego la postura, después la técnica si la situación lo requiere.
El énfasis en la voz se repite tanto en talleres para mujeres como en sesiones dirigidas a niñas, niños y adolescentes, a quienes sus familias pretenden empoderar frente al bullying y acoso escolar. Según la instructora, muchas personas acuden creyendo que la defensa personal es sinónimo de aprender a “ganar” un golpe y terminan aprendiendo que el objetivo real es reconocer cuándo una situación deja de ser segura y cómo actuar con claridad emocional.
Recuerda casos de estudiantes que llegaron con inseguridad, miedo a participar o con la idea de que “no podían hacer nada”, y que, tras varias sesiones, le imprimieron fuerza a sus “voces bajitas” para asumir un papel más activo en su propio bienestar.
Al hablar de cómo el movimiento salva vidas, Santacruz refiere a su experiencia con la reciente perdida de su padre. En días en los que simplemente no podía levantarse, la activista encontró en sus alumnas, que la buscaron para que regresara a entrenar, la motivación necesaria para recordar cómo la fuerza física sostiene el bienestar emocional, incluso ante al dolor más profundo e ineludible.
De esa forma, los talleres liderados por mujeres, más allá de la autodefensa o del aprendizaje de técnicas, se vuelven una oportunidad para crear comunidad, para encontrar referentes femeninos que inspiran y para tomar conciencia de que el cuerpo, cuando se mueve con intención, en colectivo y con apoyo, puede ser un punto de inicio para recuperar la voz y empezar a transformar lo que parecía inamovible.



