La política suele medir a sus protagonistas por los cargos que ocupan, cuando en realidad debería hacerlo por los momentos en que deciden asumir responsabilidades que, incluso, rebasan las atribuciones de su encargo. En Zacatecas, pocos funcionarios han estado tan expuestos a esa prueba como Rodrigo Reyes Mugüerza.
A lo largo de la actual administración, el secretario general de Gobierno se ha convertido en el principal operador político del gabinete. Lo mismo dialoga con organizaciones sociales que enfrenta conferencias de prensa, negocia con sindicatos, comparece ante el Congreso o explica decisiones gubernamentales que otros prefieren eludir. No es casualidad que, para muchos observadores, sea el rostro más visible del gobierno estatal después del gobernador.
Sin embargo, esa visibilidad también tiene un costo.
La reciente crisis detonada por el homicidio de diez personas volvió a evidenciar una realidad incómoda: mientras la sociedad exigía respuestas inmediatas, fue Rodrigo Reyes quien apareció primero para confirmar los hechos y ofrecer información institucional. No era, estrictamente, su responsabilidad. La investigación corresponde a la Fiscalía; la conducción operativa de la seguridad recae en otras instancias. Pero, una vez más, terminó desempeñando el papel de cortafuegos político de un gobierno cuya comunicación en momentos críticos ha recaído de manera desproporcionada sobre sus hombros.
Ese episodio también dejó al descubierto vacíos de liderazgo institucional. La ausencia del gobernador en la conducción pública de la crisis abrió un espacio que el secretario general intentó llenar con los instrumentos que tenía a su alcance. Al mismo tiempo, la Fiscalía pareció adoptar una postura defensiva, más preocupada por administrar el costo político que por encabezar con firmeza la explicación pública de un hecho que estremeció al estado. En cualquier democracia, el liderazgo institucional durante una crisis no consiste únicamente en investigar; también implica asumir la responsabilidad de informar con oportunidad y claridad.
No se trata de convertir a Rodrigo Reyes en un funcionario infalible. Como cualquier actor político, sus decisiones son discutibles y forman parte del escrutinio público. Tampoco corresponde atribuirle resultados que dependen de instituciones enteras ni cargarle responsabilidades ajenas. Pero sí resulta evidente que, en más de una ocasión, ha terminado ocupando espacios que otros han dejado vacantes.
Quizá ahí radique tanto su mayor virtud como su mayor limitación.
Porque Rodrigo Reyes posee condiciones políticas que difícilmente pasan inadvertidas: capacidad de negociación, disciplina institucional, habilidad para comunicar y disposición para enfrentar escenarios adversos. Sin embargo, esas cualidades parecen avanzar con un peso excesivamente individual. Todo liderazgo necesita un equipo que lo acompase, fortalezca sus capacidades y distribuya responsabilidades; también requiere un entorno político que lo respalde y un liderazgo superior que lo cobije cuando las decisiones difíciles exigen responsabilidades compartidas.
Tal vez en otro sexenio, bajo circunstancias distintas y con una estructura política más sólida alrededor, Rodrigo Reyes Mugüerza podría convertirse en un activo político todavía más relevante para Zacatecas. No porque hoy carezca de capacidades, sino porque ningún proyecto público prospera únicamente por el talento de una persona.
La política suele ser ingrata con quienes dan la cara en los momentos más complejos. Muchas veces el reconocimiento llega cuando los reflectores ya se han apagado y los acontecimientos pueden juzgarse con la serenidad que ofrece el tiempo.
Quizá entonces, cuando la coyuntura haya quedado atrás y la historia pueda valorar con mayor perspectiva el papel desempeñado por cada actor, Zacatecas encuentre razones para reivindicar a un joven político que, acertado o no en todas sus decisiones, eligió asumir el costo de estar al frente cuando otros optaron por el silencio.



