La Gualdra 681 / Libros
Antonio Gamoneda tiene 94 años. Es uno de los poetas españoles más representativos no de una generación, sino de una estética, la de la poesía que nombra, la de la poesía hermética, la de la poesía que le permite al poeta sólo conocer lo que sus propias palabras le permiten entender.
A Gamoneda lo he leído con mucha calma, sin prisa. Vuelvo a él sólo si es necesario, si hay una necesidad de adentrarme en el terreno de la sombra, de una tristeza y una sabiduría, la del hombre que rumia sus soledades. Pareciera que cada libro último, incluso cada poema, es un testamento, el último de sus testimonios:
Siento el crepúsculo en mis manos. Llega a través del laurel enfermo. Yo no quiero pensar ni ser amado ni ser feliz ni recordar.
Sólo quiero sentir esta luz en mis manos
y desconocer todos los rostros y que las canciones dejen de pesar en mi corazón
y que los pájaros pasen ante mis ojos y yo no advierta que se han ido.
Cada nuevo volumen es una declaración de principios, como lo es su libro autobiográfico La pobreza, donde da cuenta de su paso por España, su infancia, la adolescencia. En declaraciones recientes, Gamoneda ha revelado que tiene dos libros preparados: Catálogo de olvidos, de memorias, y Cancionero de la indiferencia, de poesía.
Del primero, advierto una de las obsesiones del poeta: el olvido. Palabra que aparece en su obra una y otra vez, “el olvido es mi patria vigilada”, escribía en Descripción de la mentira, su poema de largo aliento, con una gran carga de denuncia, de inconformidad social.
Del título de poesía, se suma a una serie ya muy lograda, sobre todo algunos que me parece muy destacados: Sublevación inmóvil, Libro del frío y Blues castellano, además del ya citado arriba.
En entrevista hecha por medios españoles, Gamoneda anticipa: “Tengo una extensión de mis memorias con el título de Catálogo de olvidos. Y también poemas nuevos para un libro con el título de Cancionero de la indiferencia, que viene de unos versos de César Vallejo: ¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,/ del verdugo a pesar suyo/ y del indiferente a pesar suyo!”.

Con la poesía de Gamoneda me sucede algo singular: siento que aún es posible reinventarse y perfeccionar el verso. La suya, una poesía que apela a la desaparición como forma de invención, me mantiene en un estado de calma, vuelvo a sus versos, muchos de ellos de una cálida nostalgia, y necesito reafirmar mi existencia con esa lectura. Ejemplo, son estos versos:
Soy el que ya comienza a no existir
y el que solloza todavía.
Qué cansancio ser dos inútilmente
Que regrese su obra, inédita, impone una felicidad (para sus lectores) y una duda: o hay una fuerza, atraída por la edad y la paciencia del escritor, o sólo nos quedará como un testimonio extra de la vida de un poeta que ha legado un puñado de libros imprescindibles. El tiempo nos permitirá saberlo.
“A lo largo de mi vida he aprendido bien lo que son las necesidades totales, las que no cabe evitar y es necesario satisfacer para seguir en pie. Por eso dudo que la poesía en mí sea necesidad. Le diré que es consuelo, me realiza y en la noche voy mejor a la cama si he escrito. Con la poesía cerca se vive y se convive mejor”, dijo en la entrevista.
Lector de San Juan de la Cruz y perteneciente a una generación que vivió en el plomo y la resistencia, Gamoneda es el más longevo de los poetas españoles en activo. Junto a él, hay un par de poetas de la península europea que han dejado una intención en lo que yo escribo: José Ángel Valente, Claudio Rodríguez y agregaré un libro muy específico: Ángel fieramente humano, de Blas de Otero.
En Antonio Gamoneda he buscado siempre un consuelo y la pregunta que derive en otra pregunta más oportuna. No sé si haya respuestas en la suya, pesimista, otras lóbrega, entre la lápida y el aire. Acaso el intento más destacado por celebrar una vida es su libro Cecilia, de una enorme belleza, casi hasta lo entrañable.
*Lamento mucho el fallecimiento de dos buenos amigos, generosos, inmiscuidos en la gestión y el periodismo cultural: Antonio Calera-Grobet y Huemanzin Rodríguez. Conviví con ellos, los escuché, me escucharon, leímos poesía, bebimos vino, comimos pan. Que descansen en paz.
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