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sábado, 28 mayo, 2022
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El derecho a la crítica ciudadana

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

“Otra Victoria como esta y regresaré solo a casa” dicen que dijo Pirro luego de vencer a los romanos a costa de la vida de un gran número de sus hombres. Algo así parece haberle pasado a quienes se opusieron a la Reforma Eléctrica en la Cámara de Diputados, que tienen montada una campaña de defensa de su prestigio, lejos de la celebración que podría esperarse luego de lo que llamaron “la primer gran derrota política” del presidente López Obrador.

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Por el contrario, han manifestado de forma variada su preocupación por ser llamados “traidores a la patria”, e incluso han advertido que buscarían ayuda en instancias legales, y hasta en la Organización de Naciones Unidas, en tanto que lanzan una campaña con el lema “No más odio”.

Extraña exquisitez viniendo de quienes se enorgullecían de llamar a sus adversarios “tepocatas”, “víboras prietas”, “alimañas”, y de hablar de las mujeres como “lavadoras de dos patas”.

Es también en esa fuerza política donde se habla del “cacas”, y se ha insultado a los hijos del presidente, no ya porque sus guardaespaldas golpearan al staff de un grupo de rock, participaran en trata de mujeres y las marcara como ganado, o porque hicieran fraudes que les valiera órdenes de aprehensión en Estados Unidos, sino por su apariencia física.

Es abismal el contraste entre los comentarios ofensivos que recibe el más pequeño de los hijos del presidente, u otras figuras políticas como Salma Luévano, con el calificativo de “traidores a la patria” que molestaba a los legisladores de oposición antes que ellos mismos empezaran a usar el término contra su adversario.

Los primeros reciben críticas a sus personas, y los segundos reciben críticas a su actuar político, y aunque estas provengan de un sector ciudadano definido y militante, no por ello pueden desestimarse atribuyéndoselas simplemente a un grupo de zombies a quienes consideran sin criterio propio.

De hacerlo, pareciera que aquellos que suelen ensalsar tanto la participación ciudadana, gustan de ella únicamente cuando quiénes participan simpatizan con sus causas y sobre todo con sus formas.

La vigilancia y crítica al actuar legislativo es una forma de participar, y mientras se haga a través de vías pacíficas y respetuosas no hay la menor posibilidad legítima de que esto sea reprochado porque se está ante el legítimo derecho de la ciudadanía de cuestionar lo que se hace en su nombre y con sus impuestos.

Se intenta huir de esta crítica ciudadana a través de llamar violencia política de género a todo cuestionamiento del actuar político de una mujer. Prueba de ello fueron las legisladoras que enarbolaron esa bandera ante señalamientos de corrupción que nada tenían que ver con su condición de género, aprovechándose así, y desvirtuando una causa que ni siquiera han respaldado.

Pero, ni son todas las que están, ni están todas las que son, y es innegable que algunas mujeres que participan en política reciben insultos que constituyen violencia simbólica y violencia política de género; basta ver los comentarios en las redes sociales de algunas diputadas en las que lejos de criticar su actuar, se habla de su aspecto físico.

Esto es algo que todos tendríamos que rechazar y expulsar del debate de político, pero hacerlo también con otras formas de discriminación que cometen tanto, incluso a veces las propias mujeres víctimas del tipo de violencia ya señalada. Entre esas formas de discriminación está la gerontofobia con la que se habla del presidente de la República o de parte de su gabinete, y el clasismo con el que se critica a nivel local al titular del poder ejecutivo y parte de su equipo.

Estamos muy lejos de construir un debate democrático de altura en el que predominen los encuentros –e incluso desencuentros- de ideas.

El reto está en encontrar en cuanto a la forma, el tono respetuoso y pacífico en el que se usen los argumentos, sin que ello se traduzca en hipocresía y tibieza que impidan ir al fondo de las ideas.

Esta sociedad cada vez más politizada, lo merece; y lo demuestra con su disposición a informarse, permanecer al tanto y participar en las discusiones en las que se determina su destino colectivo. Aunque no a todos les guste.

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