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viernes, 27 mayo, 2022
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Abrir un camino post neoliberal, para salvar el planeta

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Por: RAYMUNDO CÁRDENAS HERNÁNDEZ •

Al desaparecer la Unión Sovietica, el politólogo Francis Fukuyama escribió un famoso ensayo titulado “El fin de la historia”, donde sostenía que la desaparición del comunismo como proyecto político viable, eliminaría el último obstáculo que impedía al mundo arribar a su destino de democracia liberal y economía de mercado. Muchos estuvieron de acuerdo. Entre ellos los gobernantes mexicanos de 1982 a 20018. Hoy, ante una crisis profunda del orden mundial basado en los dogmas neoliberales, con una diversidad de gobernantes que se esfuerzan por abrir caminos nuevos en países que albergan mucho más de la mitad de la población mundial, la idea de Fukuyama parece anticuada e ingenua. Pero esa teoría aportó sustento a la doctrina económica neoliberal que impuso su hegemonía durante las últimas cuatro décadas. Un ejército de intelectuales mexicanos, atrincherados en la radio y la televisión, siguen repitiendo los mismos argumentos.

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Hoy la credibilidad del dogma neoliberal de la total desregulación de los mercados como forma más segura de alcanzar la prosperidad compartida está en terapia intensiva, y por muy buenas razones. La pérdida simultánea de confianza en el neoliberalismo y en la democracia no es coincidencia o mera correlación: el neoliberalismo lleva cuatro décadas debilitando la democracia. La forma de globalización conducida por el neoliberalismo dejó a individuos y a sociedades enteras incapacitados para controlar una parte importante de su propio destino, como han explicado Joseph Stiglitz y Dani Rodrick con mucha claridad. Los efectos de la liberalización de los mercados de capitales fueron particularmente odiosos: bastaba que el candidato con ventaja en una elección presidencial de un país emergente no fuera del agrado de Wall Street para que los bancos sacaran el dinero del país. Los votantes tenían entonces que elegir entre ceder a Wall Street o enfrentar una dura crisis financiera. Parecía que Wall Street tenía más poder político que la ciudadanía.

En el mundo occidental se decía a los ciudadanos: “No es posible aplicar las políticas que ustedes quieren” (llámense protección social adecuada, salarios dignos, fiscalidad progresiva o un sistema financiero bien regulado) “porque el país perderá competitividad, habrá destrucción de empleos y ustedes sufrirán”.

En todos los países (ricos o pobres) las élites prometieron que las políticas neoliberales llevarían a más crecimiento económico, y que los beneficios se derramarían de modo que todos, incluidos los más pobres, estarían mejor que antes. Pero hasta que eso sucediera, los trabajadores debían conformarse con salarios más bajos, desmovilizar y debilitar a los sindicatos y todos los ciudadanos tendrían que aceptar recortes en importantes programas estatales. El resultado fue una brutal caída del poder adquisitivo de los salarios y la correspondiente profundización de las desigualdades. En México, los trabajadores perdimos dos tercios del poder adquisitivo, y los expertos neoliberales siguen repitiendo sus amenazas.

Las élites aseguraron que sus promesas se basaban en modelos económicos científicos y en la “investigación basada en la evidencia”. Pues bien, 40 años después, las cifras están a la vista: el crecimiento se desaceleró, y sus frutos fueron a parar en su gran mayoría a unos pocos en la cima de la pirámide. Con salarios estancados y Bolsas en alza, los ingresos y la riqueza fluyeron hacia arriba en vez de derramarse hacia abajo. ¿A quién se le ocurrió que la contención salarial (para conseguir o mantener competitividad) y la reducción de programas públicos pueden contribuir a una mejora de los niveles de vida? Los ciudadanos del mundo occidental tienen derecho a sentirse estafados. Estamos sufriendo las consecuencias políticas de este enorme engaño: desconfianza en las élites, en la “ciencia” económica en la que se basó el neoliberalismo y en el sistema político corrompido por el dinero que hizo todo esto posible.

La realidad es que, pese a su nombre, la era del neoliberalismo no tuvo nada de liberal. Impuso una ortodoxia intelectual con líderes intolerantes del disenso. Como afirma el premio nóbel Joseph Stiglitz, “a los economistas de ideas heterodoxas se los trató como a herejes dignos de ser evitados o, en el mejor de los casos, relegados a unas pocas instituciones aisladas”. La intolerancia alcanzó su máxima expresión cuando los voceros del modelo predominante descartaban toda posibilidad de una crisis como la que ocurrió en 2008. Cuando lo imposible sucedió, se lo trató como un suceso totalmente improbable que ningún modelo podía haber previsto. Incluso hoy, los defensores de estas teorías se niegan a aceptar que su creencia en la autorregulación de los mercados, y su desestimación de las externalidades calificandolas como inexistentes o insignificantes llevaron a la desregulación, que fue un factor fundamental de la crisis. “La teoría sobrevive, con intentos de adecuarla a los hechos, lo cual prueba cuán cierto es aquello de que cuando las malas ideas se arraigan, no mueren fácilmente”. Afirma el nobel y en México lo constatamos diariamente en el discurso de los “expertos”.

Si no bastó la crisis financiera de 2008 para aceptar que la desregulación de los mercados no funciona, debería bastarnos ver sin prejuicios los agudos problemas económicos provocados por la pandemia, y la crisis climática. Si no actuamos ya, el neoliberalismo provocará literalmente el fin de la civilización. Debemos abrir el paso a una era post neoliberal con democracia participativa.

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