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Soberanía y polarización

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

En las últimas semanas hemos sido testigos de un debate nacional que va cobrando cada vez más riesgos. Aun cuando llevamos años avanzando por el camino de la polarización, se mantenían ciertos consensos mínimos indispensables para cohabitar el espacio público. Me parece que como nunca los bandos se aventuran por una senda que debilita conceptos inherentes a la coexistencia política. Los acontecimientos derivados de la crisis política en Sinaloa y Chihuahua, y las reacciones que han suscitado en los aliados de ambos bandos, apuntan a romper el piso mínimo para la resolución de diferencias en toda sociedad democrática. Lo anterior dado que se comienza a cuestionar, cada vez con menos sutilidad, dos conceptos fundamentales del Estado, que son: las reglas para dirimir controversias y el arbitro o garante de dichas reglas. Por un lado, las reformas electorales y la estrategia política para responder a las acusaciones contra actores políticos de Sinaloa; por otro, la defensa cada vez menos disimulada del intervencionismo extranjero, incluso a costa de las reglas que el propio Estado mexicano se ha dado para normar la colaboración internacional. Entre ambos casos lo que ha prevalecido es una postura político-partidista unilateral, en la que se eleva el tono, la apuesta y la polarización, ésta última, verdadero riesgo para el Estado de derecho y la soberanía. 

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Habrá que recordar que ambos desafíos, existentes, latentes y evidentes, el del poder creciente del crimen organizado y el de la amenaza demostrada de intervencionismo de parte del gobierno encabezado por Donald Trump, se potencian y dimensionan en la división de los liderazgos, e incentivados por éstos, de la sociedad al grado de la polarización. Nada más ventajoso para violentar la soberanía efectiva de un país, que un Estado atomizado por las diferencias políticas de sus operadores y representantes; nada más riesgoso para la defensa de nuestra soberanía política y territorial, una sociedad tan dividida que se vuelve indiferente a la suerte del compatriota que piensa distinto. 

En el primer caso podemos recurrir a la investigación realizada por Guillermo Trejo y Sandra Ley (Votos, drogas y violencia. La lógica política de las guerras criminales en México. Debate 2022) para apreciar como la atomización del Estado, a partir de las alternancias a nivel subnacional y luego federal, han conducido al fortalecimiento de las organizaciones del crimen, frente a los distintos órdenes de gobierno. La pluralidad sin una estructura institucional sólida que trascienda a las diferencias políticas ha significado para México no la oportunidad solo para la democracia, sino también, lamentablemente, para la delincuencia y su empoderamiento frente a las instituciones. 

En el segundo caso, la historia presenta argumentos difíciles de rebatir: en 1846, la división interna nos inmovilizó para defender la mitad norte de nuestra naciente nación; en 1914, frente a la agresión (del mismo vecino nuestro) a Veracruz, que debilitaría al régimen huertista, el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza, condenó tal acto y exigió, con astucia de estadista, el retiro de las tropas invasoras. 

Si bien la lógica de la competencia por la narrativa y los beneficios que ésta representa para cada proyecto político, permite entender lo que ha venido sucediendo en nuestro país, cabe llamar a la responsabilidad histórica y, también, política para mesurarse y encontrar pronto puntos de coincidencia encaminados a reconstruir el piso común que nos permita dirimir las diferencias con respeto a la pluralidad. Tanto las leyes que dan sustancia al Estado de derecho, como la representación de cada visión y perspectiva en el pacto social que constituye el elemento fundante de la soberanía, requieren de un consenso mínimo que convoque a todos a respetar y exigir respeto del primero y a defender y exigir defensa de la segunda. 

Ojalá pronto entendamos que no hay dos países, sino uno plural, diverso y complejo, que requiere de un esfuerzo de conciliación entre intereses, problemáticas y anhelos. En los últimos años hemos corroborado que el país sobrevive a cada elección y que debemos hacernos cargo de la confrontación que genera la competencia por el poder. México, no sobra decirlo, es más que sus partes y sus partidos. En democracia, ninguna victoria ni derrota es permanente a condición de que nadie se arrogue el derecho de vencer indefinidamente. Solo sin vencernos entre nosotros mismos, venceremos. 

@CarlosETorres_ 

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