La Gualdra 728 / Arquitectura / Historia / Arte
A Xavier Guzmán Urbiola

La Revolución Mexicana que comenzó en 1910 fue precedida por algunos cambios sociales y culturales en el mundo de las artes, la literatura y la academia. Los jóvenes integrantes de la Sociedad de Conferencias, que en 1909 se transformaría en el Ateneo de la Juventud, fueron quienes comenzaron, desde 1906, a participar en actividades intelectuales y artísticas extracurriculares: tertulias y conferencias fuera de los salones de clases, exposiciones alejadas de los muros de la academia y en la formación de publicaciones independientes como la revista Savia Moderna.
Además de estos actos que contribuyeron a derruir el régimen de Porfirio Díaz, los conferencistas le dieron al ensayo dimensión de género literario y periodístico que incentivó a imaginar nuevos rumbos para la sociedad mexicana. Entre los ensayistas de esta generación se encontraba el arquitecto Jesús T. Acevedo quien, por su temprana muerte en 1918, quizá sea uno de los menos estudiados, pero cuyo trabajo escrito aportó visionarias ideas sobre el arte y la cultura. Disertaciones de un arquitecto (1920), editado por Federico Mariscal, rescata cinco textos críticos que Acevedo escribió, no para ser leídos, sino escuchados. Por ello a Acevedo se le rememora con curiosidad, pues se sabe que develan a un joven visionario que anticipó la transformación cultural y social que iba a ocurrir en México.
En este libro se encuentra su ensayo crítico titulado “El porvenir de nuestra arquitectura”, que fue leído por su autor como parte de la primera serie de charlas-conciertos de la Sociedad de Conferencias que se dictó en el Casino de Santa María la Ribera el día 24 de julio de 1907. Este texto contiene la idea de la construcción de “lo nacional” y de los símbolos de lo que hoy es México, ya que se debe en gran medida a lo que sus artistas pintaron, lo que sus compositores plasmaron sobre el papel pautado y lo que sus escritores, como Acevedo, publicaron antes y durante la Revolución. Y es que estas nociones de cambio las concibieron los jóvenes artistas del Ateneo de la Juventud, que era la generación que soñó el uruguayo José Enrique Rodó en su libro Ariel (1900).
Lo singular es que la crítica al sistema político la hicieron por medio de la historia y del arte, y Jesús T. Acevedo así lo comenzó a llevar a cabo cuando dilucidó el futuro de la arquitectura en México. ¿Qué dijo Acevedo aquella noche de 1907? Él aseveró que la arquitectura que se estaba haciendo en la capital mexicana por esos años sólo contribuía “a la ignorancia y a la avaricia de los hombres para llenar de ridículo las avenidas y plazas de nuestro país”, y lo dijo porque la arquitectura de los maestros del oficialismo porfiriano estaban copiando pórticos que recuerdan a Grecia, pero “cuyas columnas están construidas por viguetas de acero, alambres y gris cemento”, lo cual era un grave error, ya que para él no se puede tener una verdadera arquitectura nacional si sólo se copian estructuras, formas y materiales de otros contextos.
Para Acevedo, la imitación superficial en la arquitectura es egoísta, porque no está pensando en quienes habitan las poblaciones mexicanas. Para el ateneísta, la arquitectura no debe obedecer a la voluntad de una persona, sino al sentido de una colectividad que ocupa un espacio y un tiempo históricos, y son esas “voluntades unificadas” las que van a crear el verdadero arte, en el cual “siempre ha existido una colaboración de contemporáneos y antepasados”. Acevedo no sólo quiere recuperar la historia de la arquitectura con técnicas y materiales endémicos, sino que la gente comprenda la importancia de conocer su propia historia.
Jesús T. Acevedo fue parte de la ruptura mexicana que, en vez de pensar sólo en el progreso occidental mirando al futuro, con base en la ciencia y en la técnica, propuso que el arte y la arquitectura del porvenir no se fincarse sólo en las vigas de hierro y los bloques de concreto, sino en el pasado, en especial, el colonial, para, por lo tanto, incluir la idea del renacer artístico mexicano. Así, Acevedo no se entrega a pesimismos en torno a nuestro futuro, pues como él mismo lo afirma: “yo no vengo sino a exponer mis esperanzas en favor de la arquitectura nacional, que llegará a ser un hecho si lo queremos ardientemente”.
Este ensayista y crítico sabía que la cultura y la sociedad mexicanas necesitaban tomar nuevos caminos, voltear al pasado, porque “antes de que definamos el contorno de la casa futura, os invito a que me acompañéis a través de otras edades para que analicemos la relación que ha existido, entre el sistema de vida de la humanidad y el estilo de su arquitectura; pues siempre es bueno para la juventud empolvarse los talones recorriendo las agrietadas ruinas de civilizaciones que ya no existen”. Lo que Acevedo afirmó en 1907 es lo que en el año 1900 propuso Rodó: renovarse, no mirando al futuro exclusivamente, sino volteando también al pasado de las civilizaciones y al pasado propio de cada uno de los pueblos y ciudades.
Así, el inquieto Acevedo describió la construcción de la casa de un pescador de la antigüedad de México, cuyos elementos domésticos, para él, son más bellos y representativos que cualquier pieza ejecutada en las academias de arte del siglo XX:
[…] el pálido lacustre teje trenzas de hierbas correosas en torno de los juncos de su levada choza y la corona con los despojos agonizantes de su caza y de su pesca, de modo que causa envidia a la luna, más que el reflejo metálico de diez guirnaldas de patos silvestres, el toldo nacarado que un haz de peces forma sobre la puerta. Así empieza la humanidad su marcha por los caminos del arte, y éstos sus primeros pasos son tan vigorosos que, a pesar de los siglos, nosotros no hemos encontrado símbolo mejor para anunciar los pórticos de nuestros palacios.
Esto lo menciona porque observó que los arquitectos del porfiriato, en lugar de pensar en su pueblo, han “llegado al desgraciado extremo de adoptar el hall herméticamente cerrado, como el egoísmo de sus dueños, a toda sonrisa del cielo y a todo prestigio floreal”. Y es que el régimen al que estaba criticando Acevedo levantó espacios cerrados para unos pocos; espacios majestuosos que trazaron la silueta de la élite que los ideó. Este análisis no sólo era una crítica a las formas y a los materiales que venían de fuera y nada tenían que ver con “lo mexicano”, sino, de paso, era una crítica al positivismo imperante y a la imitación de los estilos extranjeros, patente en el afrancesamiento de palacios y almacenes.
En este ensayo propuso una nueva arquitectura nacional, pero edificada con base en el “enjambre de voluntades rampantes que anónimas trabajan sin descanso, hasta el instante en que la cima del monumento traspasa el círculo celeste”. ¿Acaso no estaba hablando de un nuevo momento histórico de carácter popular en la que todos los mexicanos pudiesen participar? ¿Ésta no sería una de las caras de la Revolución? Para él la transformación cultural en su área de estudio partiría de la posibilidad de construir una casa tradicional realizada con los materiales endémicos sumados a lo extranjero y nuevo, una mixtura de tiempos, no de lo uno sobre lo otro, sino en una simbiosis capaz de fusionar tradición y modernidad. “Rejas de hierro forjado [que] se prenden en los rojizos muros de tezontle […] al alcance del más humilde ciudadano”. Un programa arquitectónico revolucionario escrito durante el porfiriato.

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