La Gualdra 708 / Cine y Literatura
Por Armando Navarro
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“Yocasta confiesa” es una especie de fantasma. El cuento deambula en las conversaciones de las facultades de literatura y a veces, si tenemos suerte, se hace presente. Pero no siempre ocurre. El relato es extraño, brillante y hermoso: Yocasta, la madre de Edipo, revela que siempre supo quién era el forastero triunfante que la tomó por esposa después de la muerte de Layo, su marido, padre del nuevo rey.
Edipo derrotó a la Esfinge y se hizo del trono de Tebas. Ella calló la verdad y se entregó al cuerpo y el corazón de su hijo. El despojo materno se vio resarcido. Angelina Muñiz-Huberman le regaló a Yocasta un pequeño y espantoso tiempo de carne y de paz.

Muñiz-Huberman: memoria mutante
Hija de exiliados españoles, nació en Hyères, Francia, en 1936. Llegó a México en 1942. Es escritora, ensayista, profesora y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Sobre sí misma, escribió: “Historia y pasado surgen como un presente modificable. Existen para ser transgredidos. Mezclo, combino y opongo los recuerdos que guardo en la memoria, que abarca no sólo la mía específica, sino la colectiva que he ido recogiendo a lo largo de la vida”.
No todos somos capaces de asumir la cualidad mutable del recuerdo y la tradición. A menudo, la preservación de la memoria se concibe como una fábrica de fijezas, de monolitos. Pero en manos de Muñiz-Huberman, Yocasta tomó la voz.

Yocasta confiesa: el amor, la carne, el silencio
Después de derrotar a la Esfinge que azotaba al pueblo, Edipo entra a Tebas. Tomará el mando del reino y a Yocasta por esposa. La ciudad lleva años en la desolación. La mujer no se encuentra mejor: tiempo atrás fue despojada de su hijo recién nacido y ahora lidia con la muerte de su esposo, el rey Layo.
Pero en este relato, a diferencia de los varones que la rodean, Yocasta sabe la verdad: ese hermoso extranjero es el hijo que perdió. Lo aceptará en su lecho, desnuda, llena de hondo amor. “Volvía a mí porque de mí salió. Y sólo esperaba el momento en que dos dolores, dos placeres, me lo devolvieran. Pero no era impuro mi deseo. Volver a amar, en uno, al padre y al hijo”.
A través de recursos muy simples, “Yocasta confiesa” se erige como un relato de belleza absoluta, inusual intensidad erótica y perturbadora poesía. El espacio físico se reduce a la escalinata del triunfo y la alcoba en la que hacen el amor. El espacio subjetivo está en la voz: la confesión, el silencio, la memoria del despojo, el odio por Layo.
De la mano de Muñiz-Huberman, y mientras aún goza del cuerpo y los celos de su hijo, Yocasta dirige nuestra mirada a la figura del padre idiota y paranoico; el mismo que, mediante la eliminación de la supuesta amenaza, pretende erigirse como soberano absoluto.

Las lecturas
América Luna Martínez, académica y especialista en estudios feministas, publicó en 2008 el artículo “Con tinta roja, con tinta blanca: la escritura del deseo en ‘Yocasta confiesa’ de Angelina Muñiz-Huberman”. El ensayo es agudo, sensible y nutricio. Debo a la autora gran parte de las nociones críticas con las que trabajo en este momento.
- La toma de voz de Yocasta es un acto de subversión doble: contra la tradición del mito, por un lado, y también contra el canon literario patriarcal.
- Existe un linaje narrativo en el que el padre guarda una relación ambigua con su descendencia: por una parte está el deseo de continuidad, y por otra, la amenaza latente contra la posición y el patrimonio.
- En el mito de Edipo, rara vez nos detenemos a pensar en el dolor de una madre cuyo hijo fue arrancado de su pecho.
La maldición de Tebas —la Esfinge, la peste— podría concebirse no como una consecuencia del parricidio y el incesto de Edipo, sino como un efecto del pecado previo del padre, el rey anterior.

Layo/Edipo: el mito, el poder
Todo linaje es la historia de una captura. Toda filiación es un relato sobre repeticiones. Debemos comenzar con Layo y su pasado nebuloso, incierto, como casi todo lo que está en el terreno de la mitología. Fue hijo de Lábdaco, rey de Tebas. Después de la muerte de su padre intentó tomar el trono, pero fue expulsado del reino por los usurpadores. Se refugió en una ciudad en la región de Élide. El rey Pélope recibió a Layo y lo protegió.
Pélope le encargó la educación y el cuidado del jovencito Crisipo, su hijo más amado. Layo se enamoró del niño, pero no fue correspondido. Lo raptó y lo violó. Crisipo, con el corazón roto, se quitó la vida. Layo se fue y recuperó el trono de Tebas. Se casó con Yocasta. Pélope, presa del horror, invocó a los dioses y maldijo a Layo: por favor, que sus herederos y él mismo se devoren unos a otros.
Pasaban los años y los reyes de Tebas no tenían un hijo todavía. Layo visitó el Oráculo de Delfos y preguntó la razón de su infertilidad: deseas un hijo, y lo tendrás, pero perderás la vida en sus manos. Cuando nació el bebé, el rey perforó sus tobillos y lo desterró. Layo ordenó a un pastor que abandonara a su hijo en la intemperie. Otro caminante lo encontró y lo llevó al reino de Corinto, donde los reyes lo adoptaron como su hijo.
El resto lo conocemos mejor: el joven Edipo consultó al Oráculo y se enteró de que mataría a su padre y se acostaría con su madre. Para evitarlo, se exilió de Corinto. En el camino mató a Layo y a sus guardias. También venció a la Esfinge, la bestia que atormentaba a Tebas, quizá por la violación de Crisipo.
Edipo se convirtió en rey. El relato es una espiral sobre el exilio, la vejación y un nudo muy específico entre poder, paternidad y paranoia. Un hombre es despojado de su hijo más querido, una mujer también sufre la amputación. El autor de la herida es el mismo, el criminal y el soberano.
Es cierto, Angelina: Layo es el primer responsable.
Layo/Edipo/Sófocles: el drama y la polis
Edipo Rey apareció unos 400 años antes de Cristo. El establecimiento de Sófocles suele ser la versión dramática más estudiada del mito. La acción se desarrolla apenas en unas horas. Edipo, soberano de Tebas, recibe a su pueblo y lo escucha: una plaga azota la ciudad. Los animales caen en la podredumbre, los niños no nacen.
En su intento de sensibilidad, el rey es arrogante: entre todos, nadie sufre esta crisis como yo. Creonte, hermano de Yocasta, llega con noticias del Oráculo. Para terminar la peste, es preciso desterrar o matar al asesino de Layo. Edipo, ignorante aún de la verdad, se dirige al pueblo y le pide toda la información que pueda ser útil. En Tebas hay una mancha que debe limpiarse. Es necesario purificar el reino. ¿Qué sería de los pobres estados sin cuerpos extraños que amputar?
Edipo inicia así su caída en la paranoia. Conforme se entera de la verdad, el rey se ahoga en el delirio. Acusa a Tiresias, el adivino ciego, de confabular con Creonte para arrebatarle el mando. Como todo hombre de Estado, busca desactivar —o eliminar, de plano— aquello que vulnere su poder. Layo expulsó a Edipo, Edipo mató a Layo, pero su paranoia habita en el nuevo rey.
Yocasta sólo está en escena para tranquilizar a los varones a su alrededor. Podemos pensar, con ingenuidad, que la época no le hizo justicia. Ella ata los cabos antes que su hijo y marido, y corre a su alcoba a suicidarse. Cuando Edipo ya no puede negar la verdad, va tras ella y mira su cadáver. Se perfora los ojos y se exilia de Tebas.
Pero Yocasta no es inocente. En Edipo Rey, sabemos que entregó a su bebé de la mano de Layo. Tampoco en “Yocasta confiesa”: el silencio está ahí para recuperar al hijo perdido, en la cama.
Hacia el final de su artículo, América Luna Martínez escribe: “Yocasta ha sido valiente en anteponer el amor apasionado por su hijo-amante a la culpa y el remordimiento por el incesto cometido; sin embargo, […] ella debe pagar con su vida la transgresión cometida contra las leyes del padre”.
¿Es la valentía un criterio adecuado para interpretar el acto sexual que todas las culturas prohíben? Yocasta es una mujer silenciada que ha tomado la voz, pero también es una madre que a sabiendas se acuesta con su hijo. Debemos a Muñiz-Huberman no sólo el resarcimiento de su voz, sino la gestación de un relato que aún guarda el precioso elemento de la complejidad, de la evitación de las respuestas fáciles que tanto amamos actualmente.
Luna Martínez tiene razón al condenar las leyes del padre. El crimen de Layo es el origen de la espiral: la Esfinge, la profecía, el destierro de un bebé que necesitaba amor, la peste, el suicidio, el incesto. El horror del padre es el horror político de la paranoia: ese mecanismo de expulsión, asesinato y destrucción de lazos humanos que hoy conocemos tan bien. Bajo el yugo de un soberano atroz, nuestras relaciones más elementales sucumben a la podredumbre.
Y sin embargo, debe haber otro padre posible.
Layo se disculpa a través de un millennial deprimido
Rebana mi cuello, niño hermoso. Es exactamente lo que debes hacer. Perdóname. Merezco y deseo ahogarme en tus manos. Pero por favor quema ese horrible trono, mi amor. Olvida la carne de tu madre. Huye, enamórate, que matar al padre sólo rinde frutos en el dulce vértigo de la libertad.
*Lea el cuento “Yocasta confiesa”, de Angelina Muñiz-Huberman, aquí: https://drive.google.com/file/d/1ghOGGg1tAssY6A8dgbVnSft0Qg2cPMHD/view?usp=sharing
https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_708



