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El discurso vacío, de Mario Levrero 

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 684 / Libros / Novela

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Por Leandro De Tirso

Mario Levrero (Montevideo, Uruguay, 1940-2004) se dispone a la escritura con un firme propósito: establecer un método que funcione de actividad terapéutica a través de la grafología. El afán procura la modificación a determinados rasgos del carácter, de acuerdo con la creencia depositada en que el hábito, estructurado desde la disciplina al corregir la conducta proyectada en el trazo de la letra, también rectifica procesos enmarañados en una dispersión a nivel psíquico. El modelo de redacción ha de ajustarse a desentrañar esa caligrafía desatendida con la pretensión de que al afrontar nuevamente su práctica se fije la figura de las palabras más que el significado instaurado en sí mismas, evitando desviarse hacia la elaboración del argumento que surge como síntoma al instalarse en la secuencia de pensamientos frente al papel en blanco. 

Aunque el trabajo editado hace imposible apreciar el fundamento de la premisa resuelta en la representación, en cambio se observa la estructura que va formulando la conciencia de la voz enunciativa; entretanto, sin lograr la relegación del contenido, esa introspección marca el ritmo de un entramado mental disuelto hacia la ocupación del yo. La voluntad de recuperar el aprendizaje de la apariencia de cada línea, desvanecido al refigurar la memoria y esencial para constatar la tarea, disgrega el libro dos partes: los ejercicios y el discurso, injerido uno en el otro para en su sentido aprehender también la entidad que lo habita. Todo se conjuga en la disposición a la rutina como elemento que, por el desborde comunicativo que implica el acto, reafirma la condición de rito personal y demanda una centralización relativa al espíritu religioso. 

La idea de transmutación en el proceder del estímulo inicial sortea en la orientación de las palabras la dicotomía entre individualismo y sociedad respecto a la noción de identidad de quien escribe, y dibuja la vía de contrapeso al sobrevenir de la vida que de muchas maneras le oprimen en el entorno cotidiano: el universo supeditado a las presencias de Alicia, Juan Ignacio y el perro Pongo, su familia; además de la constante pugna entre las irrupciones de la atmósfera del hogar y el estruendo exterior, que arremeten para alterar la concentración en el ocio necesario para volverse hacia sí mismo y apuntar a la intimidad del sujeto en esa indagación del ser. 

Si es cierto que una de las funciones de la literatura desenlaza una estrategia autorreflexiva, esta novela se erige como una obra en la que el concepto de vacuidad va perdiéndose en el avance de la lectura, y finalmente ejercicio y discurso definen una postura ante la existencia en cuanto al determinismo del tiempo: “Cuando se llega a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores. Lo que uno ha sembrado fue creciendo subrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más en abrirse paso a golpes de machete […] pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria […]”.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_684

 

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