Uno de los poderes reales del escenario político mexicano es la Iglesia católica. Pero no hay un solo catolicismo. Conviven diversas expresiones que sólo son supeditadas por la autoridad del Papa y el Vaticano como su brazo ejecutor.
Pensar en la Iglesia católica como una institución ajena a intereses políticos sería un grave error. Ésta ha estado presente a lo largo de toda nuestra historia, ha formado parte en la conformación de la nación y en cada etapa ha defendido posturas y sus intereses definidos.
Ante los cambios registrados con la asunción de la 4T, por cerca de ocho años, la estrategia de la jerarquía católica experimentó desajustes.
El escenario político y cultural han cambiado radicalmente. El ascenso de grupos evangélicos se puso en evidencia incluso en la escena política con la apertura mostrada por Andrés Manuel López Obrador desde la campaña presidencial de 2018.
El ascenso de evangélicos en general y de pentecostalismos en particular no fue una novedad. En América Latina, cerca de 25 por ciento de la población regional profesa creencias alternas al catolicismo, logrando una fuerte influencia social, cultural y política gracias a agendas conservadoras y una gran presencia en redes sociales.
Resulta novedoso el aumento de fundamentalismos cristianos ligados al Partido Republicano y a Donald Trump que desde nuestra frontera norte aspiran a incidir en el mercado religioso mexicano. Ya con cierta influencia, se vislumbra un nuevo y complejo entramado político religioso.
Aunado a lo anterior, la Iglesia católica presenta una pérdida de fieles y de confianza por los abusos sexuales a menores. Sobre todo, se reprochan los encubrimientos institucionales y escándalos como la corrupción en la Basílica de Guadalupe.
La circunstancia se antoja espinosa y retadora. Mientras el papa León XIV desafía la modernidad digital en torno a la inteligencia artificial, los obispos mexicanos, en cambio, exaltan los valores y la militancia de los guerrilleros cristeros del siglo pasado. ¡Vaya contraste!
Eventualmente, pentecostales, fundamentalistas, cristianos sionistas y la ultraderecha católica podrían unirse políticamente para sumarse a opciones opositoras conservadoras y ser una de las ventanas de intervención de Donald Trump en las elecciones próximas. Seamos claros, los riesgos son permitir que en el espacio público se multipliquen actores ultraconservadores, evangélicos fundamentalistas y posturas de católicos intransigentes con sed de revancha.
Nuevas lógicas y sentidos religiosos emergen lentamente en la cultura de nuestra sociedad, mientras las tradicionales pierden vigencia o se recrean. Se pasa de contextos en los que las creencias formaban parte de supuestos culturales totalizantes, donde los valores cristianos ejercían el monopolio del sentido, a un nuevo momento cultural donde estas mismas significaciones conviven en diversidad con otras.
Antes las verdades reveladas por Dios indicaban las normas de conducta e imponían un conjunto de prácticas que orientaban a la sociedad y a las personas a un modelo social; a este proceso de reajuste cultural que la religión católica ha venido experimentando desde el siglo XX hasta la fecha se le denomina secularización. No significa necesariamente ni la pérdida absoluta de lo religioso ni la muerte dramática de Dios, sino el acotamiento social del espacio religioso con otras esferas de la vida pública.
A esta pérdida de centralidad social, por supuesto, las iglesias históricas se oponen y políticamente se resisten. Bajo las actuales condiciones, en las que la fragmentación y la multiplicidad de identidades han generado un agotamiento de los modelos de representación y de pertenencia, la Iglesia católica se encuentra sumergida en un proceso de reformulación, tanto en lo que se refiere al posicionamiento frente al Estado, como ante el conjunto de poderes fáticos de la sociedad.
El acento católico en prédica y acción ya no es homogéneo como fue durante siglos. Hoy, el escenario presenta diversificaciones religiosas y espirituales. La expansión de otras iglesias, el crecimiento de los “sin religión” y de los que son creyentes a su manera, la persistencia de las religiosidades populares como el culto guadalupano y el resurgimiento de cosmovisiones indígenas, feministas y ecológicas, son parte de un nuevo entramado cultural.
La Iglesia católica, como pocas instituciones en la historia moderna, tiene la experiencia y la capacidad de adaptarse a diferentes formaciones sociales, políticas y económicas; su actuación no se juega ni se agota en coyunturas, sino por el contrario, su mira y el diseño de su compás son de largo plazo. Las transformaciones culturales del México contemporáneo bajo la modernización del país traen como consecuencias cambios, no sólo en el comportamiento y las prácticas sociales, sino en la manera de entender el mundo.
Por lo anterior, merece la pena preservar el carácter laico del Estado. Éste se ha visto amenazado no sólo por los actores religiosos católicos y pentecostales, sino también por sectores de la clase política ávida de audiencias y de probidad social. La laicidad es la herramienta jurídica y política que garantiza las libertades, la equidad y un saludable principio de diferenciación de esferas. Si bien la laicidad no es un concepto unívoco o inamovible, muchos ciudadanos pertenecientes a las distintas corrientes ideológicas manifiestan su interés por sostener la herencia liberal del Estado laico, misma que ha permitido un régimen de crecientes libertades, reconocimiento de los derechos de las minorías y procuración por la no discriminación. Ante el mosaico actual, la laicidad debe ser recreada con miras a fortalecer el futuro de la nación y de su democracia.



