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Lecciones para un adolescente homosexual

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Por: José Manuel Palma Márquez •

Como algunos de ustedes, nací y crecí en Zacatecas. Como otros tantos, me vi envuelto en un núcleo católico tanto en el ámbito familiar como en el educativo. Nací en 1999, por lo que los cambios legislativos en materia de diversidad sexogenérica me han atravesado a lo largo de mis casi 27 años. Hoy decido escribir en primera persona con un objetivo en mente que es hablar de la importancia de desarrollar redes, trabajar en el marco educativo y fortalecer(nos) de manera intergeneracional.

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Durante la infancia, un familiar debatió con mi padre mi orientación sexual. Del mismo modo, mis primos aludían a una «extrañeza» en mi forma de caminar. Al solo tener vecinas, un sujeto en la calle me dijo que parecía maricón y meses después, en sexto de primaria, una compañera me confrontó por primera vez con esa pregunta «¿Eres joto?». A lo largo de esa secuencia de recuerdos encuentro un punto en común, pues parecer femenino, estar con mujeres cuando «debiera» estar con hombres y reconocer sustantivos como joto o maricón desde la visión de lo negativo, genera en una persona microheridas que se acumulan con el tiempo.

Sí, mi generación y las cercanas a la mía han visto a su alrededor la evolución y el alcance de múltiples derechos. Zacatecas ha sido partícipe de ellos en el transcurrir de los años; sin embargo, la vida cotidiana se acompaña de violencias tan familiares que resulta complejo entender(se) de una forma más completa e informada. La adolescencia —ese caleidoscopio de aprendizajes sobre el entorno y uno mismo— fue solo una extensión de la infancia donde me sabía joto pero no entendía muy bien lo que eso conllevaba.

Como el resto de los adolescentes, me enamoré. Pero a diferencia de esa mayoría, no contaba con un grupo de amistades para descargar en el cotilleo las dudas y experiencias amorosas. ¿Cómo les cuentas que te gusta otro hombre? ¿Cómo se lo dices a tu familia? Ni pensar en hablarlo en una escuela llena de religiosas. La educación no me dotó de herramientas para afrontar el paso por una adolescencia homosexual y tampoco lo hizo mi núcleo más cercano. Y claro, el resto de las personas no adivinan por lo que un individuo atraviesa, aunque a veces lo intuyen tanto que se burlan de lo que notan. En un desarrollo inmerso en el «peor presagio» para un hombre —ser homosexual—, es necesario tener una mano que guíe y acompañe.

El paso del tiempo me ha permitido desenvolverme en conceptos y teorías que han dado cauce a las dudas formadas a través de los años. Los logros de tantas luchas han dado frutos y hoy vivo en un presente más «amigable». Las grandes marcas han logrado capitalizar la disidencia sexual y, de algún modo, eso ha permitido que las agendas políticas miren hacia este lado y que la sociedad conciba mejor la convivencia con lo diferente. Pero no lo anuncio como una victoria completa ya que, como muchas y muchos sabemos, hay tanto que aún nos falta y por lo cual hemos de seguir peleando.

Por lo anterior, y porque mi experiencia es compartida, reconozco tres elementos de vital importancia para avanzar y fortalecer(nos) con afecto y conciencia.

En primer término, es necesario el desarrollo de redes fraternas entre familia y amistades para acrecentar la fuerza de los grupos que aún somos minoritarios. Las amistades cuir existen y son necesarias para hacer de la vida un tránsito más saludable, a propósito del Día Mundial de la Lucha contra la Depresión. Uno de los grandes legados del año pasado fue comprender la necesidad de estrechar lazos con personas como yo, personas valiosas y valientes que, a pesar de lo que atraviesan, viven la vida con voracidad haciendo arte, leyes, medicina, tecnología, comida, investigación y activismo con el «superpoder jochi».

El segundo elemento reside en la educación. Como ya mencioné, crecer siendo diversx es una doble carga. Todas las personas atravesamos el estrés de los retos diarios; sin embargo, el silencio impuesto a lo LGBTIQ+ desencadena un peso extra que se manifiesta en el miedo a verse de un modo no reconocido, el temor a hablar en público de lo que se siente, el bullying homofóbico escolar y laboral, el odio en redes sociales y los crímenes de odio.

¿Qué hacer ante un panorama tan aterrador como complejo? Empoderar. Esa última palabra ha sufrido un desgaste en los últimos años, pero ayuda a aterrizar algo urgente. Las escuelas son una oportunidad para enseñar desde la diferencia y es ahí donde la presencia de una persona aliada puede cambiar el destino de un estudiante. Lo veo ahora que acompaño procesos educativos, donde la escucha y la compañía docente permiten que un alumno valore su identidad sin caer en las situaciones de riesgo que históricamente se nos atribuyen «por norma». Ese acompañamiento es, precisamente, lo que quienes ya atravesamos la educación básica no pudimos tener y que para mí solo era posible en sueños.

A los homosexuales y lesbianas se nos relaciona con un fenómeno de «adolescencia tardía», precisamente por el hecho de atravesar la etapa biológica en silencio y bajo la culpa de no encajar. «La experiencia de ser un niño, un adolescente, un hombre gay en un mundo homófobo nos hace más susceptibles de sufrir ansiedad y depresión, de caer en adicciones e incluso de suicidarnos», dice Víctor M. González para GQ. Y es cierto, nos desarrollamos en un mundo tan hetero que la escuela también lo es, y asfixia para que uno lo sea. Por ello la apuesta debe ser una educación de acompañamiento que brinde conocimiento para el empoderamiento.

La última idea es un repaso de las otras dos, pues nos merecemos conocer nuestras experiencias de manera intergeneracional. La compañía entre semejantes ayuda a sanar heridas abiertas por la ignorancia y el fanatismo. La imposición de la «salida del clóset», el juicio sobre ser o no «amanerados» y el derrocamiento de los machismos internos que nos moldean para ejercer odio, solo pueden superarse desde el aprendizaje compartido.

Celebremos nuestras vidas y pensemos en quienes vienen delante. No apliquemos un «detente, jochis»; mejor crece, ama, vive, jochis.

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