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jueves, 26 mayo, 2022
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¿Qué es una Constitución Política?

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Por: Mauro González Luna •

Parece obvia la respuesta a la pregunta del título de este artículo, pero no lo es. Hay varias teorías acerca de lo que es una Constitución, pero para el caso de un artículo de opinión, lo edificante es sacudirse la pretensión vana de abarcarlas en síntesis apretada. Lo edificante es concentrase en destacar algunos puntos claves para comprender su naturaleza, vivencia y fecundidad, para atisbar el fondo del problema que suscita todo fenómeno político-constitucional. Fenómeno ese de enorme trascendencia humana.

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Una Constitución no es, en sentido esencial, el documento que contiene normas jurídicas supremas de convivencia humana. No, no es eso.

La sabiduría ha dicho que «la letra mata y el espíritu vivifica». Una Constitución es en puridad, un esfuerzo común que tiene como núcleo la dignidad de la persona fundada en su naturaleza racional. Esfuerzo desarrollado históricamente en búsqueda cotidiana de paz, libertades, justicia social, seguridad y bien común. Bien Común de una patria en «trance perpetuo de edificación», a través del respeto al Derecho, a la buena ley: medida soberana del convivir humano responsable. Valores todos ellos cuya vulneración resulta inconcebible para la conciencia individual y para la colectiva de una nación civilizada.

Ese esfuerzo colectivo implica prácticas democráticas, tradiciones y costumbres vividas en común por largo tiempo, que permiten excluir intereses de facción y ocurrencias ideológicas contrarias al orden natural; que posibilitan desterrar la enfermedad política del cinismo, del maquiavelismo: técnica descarnada para obtener y conservar el poder por cualquier medio, sin consideración alguna por lo verdaderamente humano.

«Sólo hay Constitución allí donde existe la soberanía de las leyes», sentenció Aristóteles en su Política. Y la soberanía de las leyes no radica en su hinchazón o número interminable, sino en su justicia intrínseca, pues las naciones civilizadas sólo requieren de pocas leyes respetadas fundamentalmente por convicción. La desmesura en el número de leyes es propia de descomposición social y política como advirtió el genio de Cornelio Tácito.

En otras palabras, para que una Constitución sea fecunda, es indispensable que sus principios de naturaleza sustantiva, echen raíces en la conciencia individual y en la colectiva, en las costumbres ciudadanas, en la mentalidad del pueblo, que no es la turbamulta o contrafigura caricaturesca de ciudadanía, que no es la mera suma de individuos sin contactos intersubjetivos, presa fácil de la demagogia sin escrúpulo alguno. Demagogia que cuenta con crédito ilimitado en virtud de la insensatez de sujetos despersonalizados que todo lo esperan de otros, que pierden el sentido del honor.

Y para que arraiguen dichos valores constitucionales en el alma popular y se conviertan en prácticas democráticas, resultan imprescindibles: la educación de excelencia, la formación de opinión y de voluntad política, la lucha con las armas del espíritu contra quienes socavan tales valores. Todo ello en un ambiente cultural abierto al debate, al pluralismo de las ideas y las instituciones, a la crítica y discusión en espacios públicos liberados de toda tutela, no arruinados por la televisión ni por instrumentos de propaganda administrativa como comenta Habermas, a quien sigo en esta argumentación, pero sin compartir su óptica anti metafísica.

Instrumentos de educación integral y de formación de opinión: las familias mismas, las escuelas, las universidades, la prensa libre comprometida con la verdad de los hechos, los sindicatos auténticos, los partidos políticos y los parlamentos, cuando estos dos últimos cumplen su función, y no cuando son botín de cargos públicos y simples correas trasmisoras de la dominación política, que exige sumisión absoluta, desdeña el derecho, elude los problemas de fondo y es renuente al espíritu de servicio.

Por otro lado, la política y la sociedad reciben un golpe funesto, se ha dicho certeramente, cuando la educación se envilece y se utiliza para adoctrinar mentes en lugar de formar inteligencias y voluntades en la aventura del conocimiento, en la verdad objetiva, en las virtudes formadoras de la personalidad, como antídotos de la masificación infrahumana y sumisa.

Cuando desaparece el respeto al derecho y a las libertades; cuando se pierde la confianza en la justicia de los encargados de decirla y procurarla; cuando la abyección campea; cuando el voto ciudadano se limita a un acto mecánico con motivo de campañas electorales mercantilizadas, que hacen del votante un consumidor de chatarra política, y del voto, no un instrumento de decisiones políticas que favorecen a personas y sociedad, sino un «espectáculo de engaños y autoengaños»; cuando todo eso sucede, muere el espíritu libertario que late en una Constitución, quedando el puro papel estéril, desempolvado a veces en vacías conmemoraciones.

Por todo ello, el grado de arraigo constitucional en la mentalidad colectiva, define en buena medida, el nivel de civilidad política de una nación, su porvenir; civilidad que no excluye a nadie en materia de los auténticos derechos básicos, de garantías procesales, de expectativas de vida libre, segura y justa en la tranquilidad de un orden de hondas raíces, fecundo, poblado de energías que forjan altos destinos humanos.

En la tensión de la crisis decisiva que vive el mundo, estas cuestiones político-constitucionales resultan de vital importancia porque afectan directamente destinos personales y colectivos; en consecuencia, resignarse a una política concebida como mera técnica de dominación, es capitular; también lo es, temer al heroísmo cívico cuando las circunstancias lo exigen.

También es claudicar: el dejar de luchar a diario contra las fuerzas que minan el anhelo de paz y concordia, el de un humanismo político integral que salva lo mejor del ser humano: su derecho a vivir desde la concepción, su dignidad, su lealtad para consigo mismo y para con la patria que no se confunde con el Estado, su alegría aún en graves dificultades, su compasión, su apertura al Absoluto.

Dedico este artículo con admiración y afecto, a la memoria de Bernardo Esquivel Pérez, abogado honorable, maestro por vocación, inquieto e infatigable en la búsqueda de verdad y bien, crítico de la hipocresía y mala política, buen amigo, hombre sabio y cabal en todas las esferas de la vida, un caballero clásico, en suma. Descanse en paz.

P.D. En tiempos de tantas sombras, la notable participación del joven patinador artístico de Jalisco, Donovan Carrillo en la olimpiada invernal en China, deja en alto el nombre de México ante el mundo. Su determinación, alegría, temple y constancia, rindieron fruto, son un ejemplo para la juventud y para todos, y una esperanza para un mejor país. Enhorabuena Carrillo.

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