El reciente mensaje de Donald Trump donde sin tapujos amenaza a Irán al escribir “¡Abran el pinche estrecho, malditos locos, o estarán viviendo en el infierno” no sólo exhibe un lenguaje incendiario, sino que confirma, sin matices, la persistencia de una cultura belicista profundamente arraigada en sectores del poder estadounidense. La amenaza abierta contra el país persa, envuelta en un tono grotesco y violencia explícita, no es un exabrupto aislado, sino la expresión descarnada de una lógica geopolítica que privilegia la intimidación, la fuerza y el desprecio por el derecho internacional.
El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, se ha convertido en el último escenario de esta escalada. Trump ha fijado plazos perentorios y amenazado con bombardear la infraestructura energética iraní, incluyendo centrales eléctricas. Tales advertencias no solo elevan el riesgo de un conflicto de consecuencias impredecibles para la economía global y la estabilidad regional, sino que normalizan el lenguaje de la guerra como instrumento legítimo de política exterior. Esta retórica degrada el debate público internacional y trivializa el horror del genocidio que ya se vive en Gaza, Líbano y otras zonas de Oriente Medio: desplazamientos forzados de millones de personas, destrucción de infraestructuras civiles y un saldo desproporcionado de víctimas entre mujeres, niños y población civil.
Resulta particularmente elocuente que estas amenazas hayan resonado en las inmediaciones de la Semana Santa, cuyo clímax —el Domingo de Resurrección— se celebra este 5 de abril. Más allá de cualquier confesión religiosa, este periodo invita a una reflexión universal sobre la dignidad humana, la solidaridad con los vulnerables y la condena de la violencia como medio de resolución de conflictos. La figura histórica de Jesús de Nazaret, incluso desde una lectura laica y humanista, encarna el rechazo al poder basado en la dominación y el llamado a la reconciliación y el cuidado del prójimo.
La contradicción es flagrante: mientras una parte del mundo conmemora valores de empatía y justicia, sectores que se autoproclaman defensores de la tradición cristiana en Estados Unidos impulsan una narrativa de supremacía y confrontación armada. Este contraste no es anecdótico; revela la profunda fractura entre los discursos morales y las prácticas de poder en la era actual.
En México, este escenario internacional adquiere una relevancia doméstica ineludible. El país ha defendido históricamente los principios de no intervención, solución pacífica de controversias y respeto al derecho internacional. Frente al resurgimiento de liderazgos autoritarios e impulsivos en el mundo, la clase política nacional —y muy particularmente la de entidades como Zacatecas— tiene el deber de elevar el nivel del discurso público, rechazar la estridencia y la simulación, y garantizar el bienestar, justicia y mejorar de las condiciones materiales que ayuden a la cohesión social.
Evitar que perfiles autoritarios, impulsivos y beligerantes encuentren eco en nuestras comunidades es una responsabilidad colectiva. La mejor defensa frente a esos riesgos no es el aislamiento, sino la construcción de una ciudadanía crítica y de instituciones sólidas. Sólo así se podrá impedir que figuras como Donald Trump, o sus equivalentes locales, encuentren terreno fértil para prosperar en nuestras ciudades, nuestro estado y nuestro país.
En tiempos donde el belicismo se exhibe sin máscaras, la ética pública y altura de miras de los aspirantes a un puesto de elección popular deja de ser un adorno retórico para convertirse en una necesidad estratégica rumbo al 2027: defender el interés comunitario, la paz, la soberanía y la dignidad humana como ejes irrenunciables de la acción política.



