La Gualdra 710 / Centenario de Jaime Sabines
El 25 de marzo se cumplieron cien años del nacimiento, en la 2ª poniente sur de Tuxtla Gutiérrez, de Jaime Sabines. Leerlo es más necesario que nunca. Es necesario leerlo en este maltiempo, de crisis civilizatoria, deshumanización, guerra y muerte. En este mundo tarumba. Jaime, poeta mayor, hijo del Mayor Julio Sabines y doña Luz Gutiérrez, descendiente de Joaquín Miguel Gutiérrez, gobernador de Chiapas. El más nuestro, el más mexicano, chiapaneco de origen libanés y hoy, universal.
Todo gran poeta ha sido el más humano de su tiempo y ha sido la voz de su comunidad, atrapa en sus redes lo esencial del espíritu de las sociedades a las que pertenecen. Ya sea Heráclito, Góngora, o Lezama, por mencionar a los bien ponderados en su oscuridad, barroquismo y hermetismo.
Sabines también lo hace y no sólo se detecta en la sencillez y el coloquialismo de los más conocidos pasajes de su obra. Lo hace al nombrar, al designar, al corporizar con palabras las esencias y temas universales de la vida y la poesía: el amor, la muerte y Dios. Al particularizar la melancolía y la desesperanza, la ironía y entenderse con el Diablo y reñir con el ángel del hastío, como lo hizo Baudelaire, casi un siglo antes.
Ambos, poetas en prosa, ambos cantan al máximo símbolo de nuestra modernidad: la ciudad.
Justo, otro momento decisivo del repudio sabiniano al anquilosamiento formal, viene con Diario semanario y poemas en prosa (1961, publicado por la Universidad Veracruzana como Oficio de tinieblas y Lívida Luz de Rosario Castellanos y como Benzulul de Eraclio Zepeda) y continúa con Yuria (1967), palabra sabiniana que a la postre será el nombre del rancho del poeta donde Elianne Cassorla realizó la conocida sesión fotográfica de don Jaime y donde éste le ganó un par de partidas de ajedrez a Juan José Arreola. Prosa en la forma mas no en la verdad que instaura, en la potencia creadora, reveladora y aniquiladora de la palabra liberada de lo utilitario.
Útiles son las arengas ideológicas, los tratados doctrinales, los textos legales, las cartas de amor. Todas sirven para algo: para incidir en un público, para glosar una verdad, para establecer reglas, para comunicar y provocar el afecto de alguien. Pero la poesía no. No tiene un fin. Como el destino de Juan Ramón Jiménez, no tiene un principio, una razón. La poesía es el principio, fin y razón. Al menos, es la razón por la que estamos aquí hoy, escribiendo y leyendo este texto. Sabines nos alumbra al respecto:
Más que una vocación, la poesía es un destino. En ella se encuentra un cincuenta o sesenta por ciento de oficio, de rigor, de disciplina. Lo demás es lo que antiguamente se llamaba inspiración, aunque actualmente ya no es una palabra muy aceptada. Hay quienes prefieren hablar del subconsciente o cualquier otro término de la psicología moderna. Pero se refiere a lo mismo, es la facilidad con la que al poeta se le dan los poemas, como algo natural.
Sabines creó como habló, escribió como vio. El abracadabra de la poesía, cuyo tema es la condición humana. El amor y el deseo, el dolor, la soledad, la angustia, la esperanza se revelan en imágenes poéticas sensoriales, con una visión del mundo, una convicción no filosófica, pero sí traspasada por una posición frente a la realidad, una actitud vital tan particular. Porque el poeta lleva consigo la memoria de la especie y la enriquece -y la renueva- como Sabines. El poema es propicio para entrar en comunión con la familia de las criaturas vivientes, con la especie humana. Comulgar en el asombro conmovedor de la poesía.
No se trata de escribir con sencillez, sino de escribir con la sangre, con la fuerza de la vida. La poesía de Sabines, uno de cuyos temas cruciales es la muerte, es una afirmación de vida, una celebración de nuestro paso por la tierra, una canción antes de la vuelta a la noche original. No se puede leer sin pasión a Jaime Sabines, asegura Jaime Labastida en la presentación de El amor, el sueño y la muerte. Vida y muerte, muerte y vida. En medio, lo humano. Ser humano equivale a experimentar la contradicción, la dialéctica, la lucha de opuestos. Sabines, en un grito de dolor con el que toda forma es repudiada, nos advirtió: “¡Maldito el que crea que esto es un poema!”. Aunque Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973) es uno de los principales poemas del siglo XX en nuestra lengua y posee una arquitectura tan encomiable -como distinta- a la que edificaron Gorostiza y Manrique para entonar los trinos fúnebres, para traducir el grito y el silencio ante la pérdida. Cada uno determinado por modos históricos determinados. Sabines nos enseñó que, por su carácter transitorio, lo único por lo que vale la pena vivir es por el polvo de oro de la vida, por la vida misma. Sabines nos enseña, con su conciencia de la muerte, que es prioritario celebrar nuestro tránsito por la Tierra. Y sí, pese a la verdad de su verso, este polvo de oro sí vuelve cada vez que leemos sus grandes poemas.



