Jiangsu. Los que conocen la historia de China afirman que el Gran Canal es “la maravilla oculta” en su territorio. Navegar por sus aguas evoca la tradición milenaria de estas tierras de Oriente.
Por más de dos milenios, este afluente artificial ha sido una importante ruta comercial y cultural entre el norte y el sur del país, por lo que se le considera como una obra incluso más significativa que la Gran Muralla.
Fue ideado hace alrededor de 2 mil 500 años y hoy en día representa la creación de ingeniería hidráulica más antigua y extensa del mundo, con una longitud de casi mil 800 kilómetros.
El cauce recorre las planicies septentrionales y centrales del oriente de esta inmensa nación, siguiendo una trayectoria norte-sur. Inicia en la capital, Pekín, y llega hasta la sureña ciudad de Hangzhou.
Durante su auge, entre los siglos XIV y XIX, se convirtió en una de las principales vías de navegación para mercancías como el arroz, la seda y la cerámica.
En el marco de una visita a tramos de esta longeva vía fluvial que pasa por esta provincia, funcionarios del ministerio de Relaciones Exteriores del gobierno de la República Popular de China destacaron que su infraestructura permitió el crecimiento económico y la integración territorial de China mucho antes que en Europa.
A lo largo de su cauce conviven la antigua China con la nueva. En las riberas se erigen estructuras diseñadas con el estilo arquitectónico que ha dado identidad al país: añejas y coloridas pagodas, puentes de piedra que atraviesan el canal y pequeñas villas que recuerdan la época rural; más lejos, ese paisaje se mezcla con modernas edificaciones que lanzan sus luces hacia el cielo.
La obra se consolidó con la dinastía Sui
Los registros históricos ubican en el año 486 antes de nuestra era el inicio de las primeras obras para la construcción de una vía fluvial con fines comerciales en la antigua China.
Fue en la dinastía Sui (581-618) cuando se consolidó un cauce muy parecido al que existe en la actualidad, en tanto que durante la dinastía Yuan (1271-1368) quedó finalmente conectado en toda su extensión (una distancia similar a la que hay entre la Ciudad de México y Ciudad Juárez).
Su apogeo como una importante ruta comercial se dio durante las dinastías Ming (1368-1644) y Qing (1644-1912).
El Gran Canal de China no sólo representó una hazaña de la ingeniería hidráulica, sino que fue el escenario donde la tecnología naval china alcanzó su máximo esplendor.
Archivos museográficos refieren que desde finales de la dinastía Tang (907) hasta la Qing, esta vía navegable fue escenario de una evolución marítima que fomentó la estabilidad y la prosperidad económica y cultural del país.
A lo largo de su historia ha sido una vía fluvial esencial para el transporte de grano, una ruta clave para el comercio y un puente de intercambio cultural entre el norte y el sur de China.
Tras el periodo de plenitud, el canal enfrentó un deterioro que llevó a la reducción de sus operaciones, hasta que a inicios de este siglo se impulsó un proyecto oficial con una importante inversión de 250 millones de dólares para recuperar gran parte de su cauce.
Actualmente, no sólo es uno de los más importantes medios de comunicación y transporte del interior del país, sino que se ha transformado en un corredor económico, cultural y ambiental con impactos positivos para las comunidades por las que pasan sus aguas.
Patrimonio de la Humanidad
Esta obra de ingeniería milenaria fue inscrita en 2014 como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), lo que ha reforzado la inversión pública en lo relativo a la conservación paisajística y museos culturales alusivos al cauce artificial, integrando así el valor histórico de la vía con modelos de desarrollo urbano basados en turismo y servicios.
El canal se abre paso a través dos municipalidades (Pekín y Tianjin) y cuatro provincias (Hebei, Shandong, Jiangsu y Zhejiang). Va desde la capital hasta Hangzhou, y enlaza cinco de los grandes ríos del territorio chino: Haihe, Amarillo, Huaihe, Yangtsé y Qiantang.
En sus aguas y ciudades ribereñas se conserva una parte importante de la experiencia china en la gestión del agua, la organización territorial y la memoria histórica de la nación.
A unos 40 minutos de la ciudad de Huai’an, al borde del afluente se alzan una serie de pequeñas viviendas que forman la antigua aldea Guizhan.
Sus pobladores son herederos de una cultura que por siglos se ha mantenido gracias a la acuicultura ligada al canal, en especial la pesca del langostino de agua dulce.
En una de esas viviendas, un artesano se posa cómodamente sobre un banco, casi en cuclillas, mientras teje una trampa para esos crustáceos, cuyo nombre científico es Macrobrachium rosenbergii. Ha sido el trabajo de toda su vida, dice mientras presume que está cerca de cumplir 70 años de edad.
Se trata de trampas artesanales hechas de bambú con base en técnicas transmitidas por generaciones, formadas por dos piezas: una especie de urna de unos 50 centímetros de largo y una pequeña tapa que permite capturar los langostinos, que tienen abundante presencia en las aguas de la región.
Las trampas se colocan sobre el afluente de los cinco lagos que forman parte del manto acuífero del canal. Desde hace al menos 100 años, la pesca del langostino de agua dulce ha sido fundamental para esta aldea, que se erige sobre una isla con forma de tortuga, la cual representa una larga vida.
En la actualidad, la quinta parte del consumo de ese producto en el país proviene de esta región.
El este de China es el centro neurálgico para la producción y el consumo de crustáceos, gracias a una infraestructura avanzada de cadena de frío, importantes mercados mayoristas de productos del mar y una extensa actividad acuícola a lo largo de los mantos acuíferos.
Los datos reflejan la relevancia de esta región para el paladar de la población china: el Boletín de Estadísticas Económicas Pesqueras de China de 2024 refiere que la producción acuícola de crustáceos alcanzó las 7 mil 847.9 toneladas métricas ese año, lo que representa un aumento aproximado de 6.3 por ciento respecto a 2023.
Este crecimiento refleja la continua expansión del cultivo de camarones, cangrejos y langostinos en todo el país.
Otro indicador que refleja el gusto de los chinos por este tipo de consumo lo arroja un reporte elaborado por la consultora de investigación de mercado Mordor Intelligence, en el que se asienta que los camarones y langostinos fueron los dos crustáceos más ingeridos en este país, con 46 por ciento de las especies de ese grupo.
Luego de décadas de una contaminación severa que generó el estancamiento de los beneficios que proporciona este sistema acuático, a comienzos de este siglo el gobierno de China impulsó proyectos de restauración en varios tramos de la extensa ruta, con inversiones que han superado los 250 millones de dólares.
La intervención oficial ha permitido recuperar la calidad ambiental de los mantos acuíferos y su fauna básica, requisito indispensable para usos turísticos, y a la vez consolidar el Proyecto de Transferencia de Agua Sur-Norte.
Este último es un sistema para llevar agua desde el río Yangtsé hacia represas cercanas a la municipalidad de Tianjin –vecina de la capital– mediante estaciones de bombeo y túneles bajo el río Amarillo, por lo que el gobierno de China ha catalogado al Gran Canal como una infraestructura estratégica de seguridad hídrica.
Fuente de desarrollo
Reportes académicos indican que en sus tramos activos –sobre todo en ciudades como Hangzhou, Suzhou, Wuxi, Changzhou, Yangzhou y Huai’an–, el canal es un corredor por el que se transportan productos como carbón, materiales de construcción, contenedores y combustibles.
Su operación ha permitido además sostener cinturones económicos urbanos donde se han consolidado polos tradicionales como la seda y el textil, y más recientemente nichos como la electrónica, los servicios y el turismo.
Gracias a la recuperación de esta vía se han reducido costos de transporte ferroviario y carretero y se ha apuntalado a la industria manufacturera en el delta del río Yangtsé.
Representantes oficiales de la provincia de Jiangsu sintetizan los alcances de la añeja ruta acuífera al apuntar que no se trata sólo de un trayecto de transporte tradicional, como en el pasado, sino “de un corredor económico, cultural y ambiental que conecta algunas de las regiones más desarrolladas del país”.
Concluyen que para las ciudades ribereñas, este sistema hídrico representa una fuente de crecimiento a partir del comercio, la logística, el turismo y la conservación del patrimonio; y es, además, clave para reforzar la integración económica entre el norte y el sur de China.



