Durante siglos, la infancia permaneció en un estado de servidumbre e invisibilidad. En la Antigua Roma, el pater familias tenía el derecho legal de decidir sobre la vida o muerte de un recién nacido; el infanticidio y el abandono eran prácticas comunes para regular la demografía o eliminar a los débiles. En la Edad Media, autores como Philippe Ariés han documentado cómo los niños eran vistos como adultos pequeños, lanzados al mercado laboral y a las dinámicas de guerra en cuanto sus cuerpos podían sostener una herramienta o un arma.
No fue sino hasta el siglo XX que el mundo realizó la transición del «niño-objeto» al «niño-sujeto de derechos», que en muchas regiones del mundo es una mera construcción gramatical que se estrella contra una realidad de abandono y violencia.
A pesar de haber firmado la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989, México presenta una brecha abismal entre el marco jurídico y la supervivencia diaria.
· Pobreza Sistémica: Según el CONEVAL, más del 52% de las niñas, niños y adolescentes viven en situación de pobreza. Esto significa que el Derecho a la Alimentación y a la Vivienda Digna es inexistente para uno de cada dos niños mexicanos.
· Violencia y Muerte: Los datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) son desgarradores: cada día, un promedio de 7 niños o adolescentes son asesinados en el país.
· Reclutamiento Forzado: Se estima que entre 30,000 y 45,000 menores han sido reclutados por grupos delictivos.
Pasamos de los infanticidios históricos a la explotación infantil como mercancía. El crimen organizado ha entendido que un niño es el recurso más barato y eficaz pues es moldeable, su castigo penal es menor y su lealtad se compra con la pertenencia falsa.
En este escenario, el «Derecho a la Participación» se convierte en una broma que solo incluye en pequeños foros a niños de zonas urbanas, dejando sin voz a aquellos vulnerados interseccionalmente.
Los retos actuales en los escenarios digitales carecen de legislación para su protección. No existen protoloclos escolares frente a estas crisis. El análisis debe transitar de la queja a la exigencia y propuesta de politica públicas integrales, inclusivas e interseccionales que toquen no solo a los niños de zonas urbanas, sino que también lleguen a la sierra, al campo y al barrio.
Si no somos capaces de garantizar que una niña en un campo agrícola pueda soñar con la misma libertad que un niño en la ciudad, habremos fracasado como en la aspiración de justicia social y decolonización. En las zonas rurales y en los campos jornaleros, el Trabajo Infantil es una realidad económica de supervivencia. Los niños en situación de migración o retorno enfrentan la orfandad social, donde ni el país de origen ni el de destino les garantiza identidad o educación.
Hay un proverbio africano: “El niño que no es abrazado por su tribu, quemará la aldea para sentir su calor”. Nuestra urgencia no es solo detener el fuego, sino aprender a abrazar de nuevo, a pesar de los retos sistémicos y las cifras complicadas, cada vez que un docente abre un libro o una familia comparte el juego, las instituciones consolidan su tabajo con las infancias, estamos apostando en la capacidad de asombro de nuestras niñas y niños, ellos son la única razón válida por la que el mundo todavía merece ser arreglado.
Como decía Eduardo Galeano “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.
¡Que a tu teoría y a tus derechos no les falte calle!
—
Claudia Lizbet Soto Casillas



