La Gualdra 725 / Arte
Por Álvaro López–Limón
En la obra de Albert Durero, sobresalen tres grabados, El caballero, la muerte y el diablo, 1513; San Jerónimo en su estudio, 1514; y La melancolía I, 1514. Tres estampas que muestran tres formas de vida, que se identifican con tres virtudes: moral, teológica e intelectual. Vamos a reflexionar sobre una estampa que debería ser optimista, un trabajo de un minucioso realismo en la armadura y los animales, pero que no evita contener un aire trágico, un tufo que ya de por sí traen consigo, la muerte y el diablo.
Estamos frente a un caballero de apariencia viril pero tranquila, destaca su porte, cabalga con firmeza moral hacia su destino; la virtud moral en la vida de un cristiano que opta por mantenerse en ese camino, tomando decisiones correctas y actuando sin temor, obediente a sus principios, sin sufrir las consecuencias fatales, aspira a conquistar su castillo. A pesar de los peligros que acechan a su alrededor, la muerte le vigila desde su caballo, no es un esqueleto sólido, sino un cadáver en estado de putrefacción, con serpientes y gusanos enredadas a su cuello, mientras le muestra al caballero un reloj, tic, toc, tic, toc…, el tiempo se acaba. El diablo acecha, casi respira sobre la espalda del caballero, el diablo es una imagen torcida de ojos bizcos, un espantajo con guadaña queriendo desviar del camino al caballero. El perro, fiel compañero, representa el celo incansable, la fuerza, la actitud, la potencia interior que ayuda a que la presencia de los peligros, al igual que los temores reales o no, están hechos por las fantasías, no pueden tocar a la imperturbabilidad del sujeto que tiene una dirección firmemente decidida.
El grabado de Albert Durero (1471–1528) revolucionó la historia del arte y abrió las puertas para explorar la conciencia, la propia interioridad del espectador y la oportunidad de reflexionar sobre la transformación de sí. Apoyándose en Erasmo de Rotterdam, en su Enquiridion, leemos casi como si nos estuviera explicando el grabado: primero, “… es que distingas entre lo que quieres y lo que has de evitar. Por ese motivo, se ha de corregir ceguera, para no vacilar a la hora de elegir”; segundo “una vez conocido el mal lo has de aborrecer y has de amar el bien, y para ello, has de vencer la carne, no sea que contra razón amemos lo simplemente agradable de lo que es en realidad bueno”; tercero, “has de mantenerte en el camino comenzado y para ello habrás de reforzar tu flaqueza y no dejar el camino de la virtud. Tendrás que superar tu ignorancia para poder ver hacia dónde hay que ir, habrás de domar tu carne a fin de no desviarte del camino, hay que levantar la moral no sea que una vez comenzado el camino estrecho de la virtud vaciles o te pares […] una vez puesta la mano en el arado no eches la vista atrás, alégrate como gigante que se dispone a correr su carrera mirando siempre hacia adelante”. (De Rotterdam, 1995.)
Cuando un caballero va a la guerra y lucha, volver con vida se convierte en una quimera. El maestro grabador, nos muestra que la cualidad técnica y los componentes utilizados son esenciales; el camino nos lleva inevitablemente hacia la muerte, debemos ser conscientes de nuestro destino; aquí el grabado puede ser visto como un ejercicio espiritual. El camino del caballero, acompañado siempre de la muerte y el diablo es la oportunidad para una transformación desde sí mismo, mantener la dirección y el sentido de nuestra existencia.
*UAEH – UAPSIC
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