La Gualdra 712 / Ensayo
[Parte 1]
Zacatecas puede leerse como un territorio del vacío. Zacatecas es un semidesierto y, en ese sentido, parece vacío. Aunque sería más preciso decir que es una tierra que forja, como advirtió Eugenio del Hoyo, el carácter de sus habitantes: sencillos y abiertos como el paisaje. Con alma desnuda, como desnuda es la tierra que los sustenta y desnudo el cielo que los cubre. (1) A pesar de esta claridad luminosa, alberga pueblos fantasmagóricos desalojados a la fuerza en campos de guerra, vinculación forzada entre cuerpos y cosas. Pero Zacatecas no sólo parece vacío debido a estas ausencias. Porque conviene admitirlo desde ahora: Zacatecas es un buen lugar al cual vaciar.
Porque no sólo somos como la desnudez del paisaje: hay también en nosotros algo de ese subsuelo repleto de vacíos excavados. Quizá en lo zacatecano persista el acto de minar y ser minado. Pero estos vacíos, estas ausencias, no son simplemente la erosión continua e incesante de una abstracta cohesión social y climática. Estos huecos, además, son una especie singular de escritura, de registros de lo que alguna vez pasó y, al mismo tiempo, un medio para especular sendas que apuntan a otros lugares y a otros futuros que nos aguardan. Por ello, lo que aquí se esboza es apenas una muestra de una exploración más profunda. El proyecto La veta y la voz: escrituras del subsuelo zacatecano –una serie de ensayos realizados con el apoyo del estímulo PECDAZ– se inscribe en la exploración de estas marcas borrosas y dolorosas de nuestra historicidad.
Aquí tratamos de entender los vestigios materiales como una forma muy concreta de escritura. Para trazar las coordenadas temporales de esta historia mineral y subterránea, no podemos reducir el suelo zacatecano a esa tierra adentro donde López Velarde tuvo una novia muy pobre que tenía ojos inusitados de sulfato de cobre. Por el contrario, buscamos profundizar en lo geológico y sus otras formas de escritura. Rivera Garza sostiene que escribir geológicamente es honrar las vidas de las personas, animales, plantas y rocas que nos han precedido y también, por qué no, de las que vendrán. (2) Leer y escribir geológicamente tienen que ver con las huellas materiales que dejan tras de sí ciertos modos de habitar y dominar el mundo, los cuerpos y la tierra. Puede que sean escrituras que, de forma directa, no expresan intenciones ni voluntades, pero dejan tras su paso rastros que determinan trayectorias: de modos de vida, de prácticas negligentes de consumo y extracción. Donde los rizomáticos túneles del subsuelo zacatecano son las escrituras hormigueantes de seres víctimas de su propio colapso.
¿Pero cuál es la pertinencia de infiltrarnos en lo geológico para el discernimiento de nuestra escritura, de nuestra historia? No se trata sólo de una obviedad disciplinaria. Desde las primeras descripciones de Zacatecas, en las vetustas crónicas coloniales, se vislumbró su indisoluble relación con el subsuelo. Desde esta narrativa, el mito fundacional de la ciudad sólo pudo articularse como el encuentro entre lo divino y lo mineral.
Ya en su providencial narración, el presbítero José Mariano Estevan de Bezanilla escribió, en 1788, que en el encuentro de los indígenas con los conquistadores españoles en el cerro de la Bufa –escena petrificada en el escudo de armas de la ciudad y que marca el acto fundacional de Zacatecas como colonia– la Virgen arremetió contra los primeros cegándolos con un puño de tierra para que se rindiesen a la suave dominación de su soberana voluntad. (3) Mineralizar este relato es recordarnos constantemente que lo geológico es un conocimiento de lo profundo, pero también una técnica para su desmantelamiento.
Estratificar la historia de Zacatecas es atravesar las diversas y plegadas capas de esa suave dominación que no ha terminado. Quizá la figura más cristalina de esta relación es el epíteto dado a la propia Virgen en el Zacatecas novohispano: la patrona de la Minería. (4) Pero, ¿y si dejáramos de articular nuestro origen con el mito fundacional de la conquista? ¿Y si comprendiéramos nuestras marcas como residuos minerales que se sostienen en los tiempos más profundos, pero que también enmarañan el futuro más urgente?
Dipesh Chakrabarty deja entrever que la crisis climática es un nodo conceptual que enreda lo humano con lo geológico. Los avances tecnológicos han permitido a la especie transformar el mundo a una escala antes inimaginable: somos capaces de desmontar cerros pedazo a pedazo, de talar bosques enteros hasta su agotamiento y de modificar ecologías en su totalidad. Hoy por hoy, lo humano ha devenido una fuerza geológica. (5) Es aquí cuando escritura y geología se funden, porque hace ya tiempo que dejamos de registrar nuestras historias exclusivamente sobre el papel. La veta y la voz no es una narración literaria de Zacatecas; no es una explicación sociológica de nuestros problemas; es un gesto para que el subsuelo deje de ser un telón de fondo y se eleve como protagonista de los que hemos sido, de lo que somos y de lo que queda por excavar.
*Alberto Tagle (Zacatecas) es maestro en Estética y Arte de la BUAP. Ensayista e investigador que indaga en las relaciones entre el territorio, la minería y la escritura.
(1) Eugenio del Hoyo, La ciudad en estampas: Zacatecas 1920-1940, Texere, Zacatecas, 2015, p. 134.
(2) Cristina Rivera Garza, Escrituras Geológicas, Iberoamericana, Madrid, 2022, p. 14.
(3) Mariano Estevan de Bezanilla, Muralla zacatecana, [s.e.], Zacatecas, 1788, p. 35.
(4) Mariana Terán Fuentes, “Relatos de lealtad. Zacatecas: de la fortaleza amurallada por sus vasallos a la ciudad republicana”, en Relaciones, no. 121, 2010, p. 195.
(5) Dipesh Chrakrabarty, “Clima e historia: cuatro tesis”, en Paisajes, no. 31, 2019, p. 57.



