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La narrativa de ideas de Naguib Mahfuz

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Por: MIGUEL CANSINO ASSENS •

La Gualdra 702 / Literatura / Libros

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Estuve cavilando inaugurar una lectura en honor de mi ciudad. Sabía que no debía ser una elección al azar. Tenía que reunir indirectamente una mirada a la ciudad y recordar que existen justamente obras literarias que reúnen en sus páginas algo excepcional. Para el 20 de enero de 2026, recuerdo que es la fecha que León cumple 450 años de su fundación, y ese día estuve en el centro histórico y uno de mis recorridos fue sentir la ciudad, con lluvia y frío; quería apreciar su presencia y, para celebrarla, elegí caminar por la tarde sus calles como escenario de miradas por sus edificios y por las plazas llenas de gente y los que curioseaban por los portales o estaban degustando en alguno de los cafés semi vacíos desde donde contemplé su cotidianidad.

Llega un momento en que, como parte de mis lecturas para una biblioteca infinita, pensé que leer una novela es el primer punto de encuentro con la historia y las sociedades que la conforman. Se me vino a la memoria que la ciudad está integrada por barrios, algunos con historia, y pensé en una obra sobre su historia, sus barrios; al poco desistí. Quería más bien que fuera una lectura desde lo literario. Entendía que no hay una novela local que sobresalga. Pero deduje que hay poemas y algunos poetas la han celebrado. Prueba de ello son los versos en el Arco de la Calzada, otros en algún monumento y, para el resto de la ciudad, es silencio. Aunque en el terreno de la poesía tengo indirectamente presente la monumental antología poética de Vicente Quirarte dedicada a la Ciudad de México, y entiendo que algo similar le falta a León. Así que también pensé en una novela, como La vida breve, de Onetti; cualquier otra, La vida inútil de Pito Pérez, de Rubén Romero; una como Rayuela, de Cortázar, etc., escritores que no son de esta ciudad, sino que su novelística es resultado de esa escritura fantástica, que envuelve a las ciudades como expresión viva de sus metáforas.

Pero recordé bajo la tranquilidad de mi mesa en el café, que platicando con Guillermo Sordelo, de forma por demás elogiosa me encargó que un día no muy lejano leyera Hijos de nuestro barrio. Me aseguró que era una de las novelas que más ha disfrutado, junto con la de Proust: En busca del tiempo perdido, y El cuarteto de Alejandría, de Durrell. Aseguró que la lectura del escritor egipcio Naguib Mahfuz iba a dejar sentir esa oportunidad de disfrute, reconocer su maestría, gozar el lenguaje y sus metáforas.

Y más tarde fui en busca de un ejemplar. Azar o destino. Pasé a visitar la mítica librería Alexandría que atiende la poeta Vianey Pilar, autora de Visitaciones (Ibis Tipografía, 2026). Encontré en uno de sus estantes la edición de 1989, que publicó Alcor en su colección de narrativa “Las otras culturas”, la misma que salió un año después de que su autor recibiera el Premio Nobel de Literatura. Observé sus detalles: la portada, contraportada, las solapas que incluyen una breve reseña y los datos sobre su autor, que siempre son carta de presentación. Al instante leía: “Quien desee leer una novela árabe encontrará en Mahfuz el mejor representante de los escritores de este mundo. Sus obras son sociológicas, realistas, en definitiva, clásicas”, de Tahar Ben Jelloum, quien reflejaba con precisión sus palabras y quien ya fuera merecedor del Premio Goncourt; continuó la exploración con P. Stewart: “Apenas existen en la literatura mundial novelas con que paragonar esta obra notable, que guarda reminiscencias con Vuelta a Matusalén de G. B. Shaw, Cristo de nuevo crucificado de N. Kazantzakis o Rebelión en la granja, de G. Orwell”. Así como las palabras claves para la lectura del mismo autor: “Prohibieron este libro acusándome de haber escarnecido al Profeta. Me impidieron la más mínima reacción. Y, a pesar de que Egipto goza hoy de una formal libertad de expresión, oficialmente la prohibición no se ha levantado”. Al mismo tiempo, definitorias, estas palabras me revelaron que había dado el primer paso decisivo: leer por lo menos con esta antesala la obra ya clásica del escritor egipcio que, prohibida, fue la revelación entre lectores exigentes; prueba de ello era que bien podría reflexionar con más precisión sobre su título, el nombre de su autor y redondear el tema con estas palabras. Pero falta otro dato: leer y sentir sus páginas, terminar por confirmar o atinar en la elección con estos juicios redondos y perfectos.

Así como explorar esas palabras: la reseña continúa alrededor de la novela, su contenido y los temas que encierra la pluma de su autor en un asunto tan demoledor como lo religioso y los sentimientos de vida trágica en un país que, es verdad, tiene su fuente en las tradiciones del mundo árabe y el radicalismo islámico y la aspiración de estos países de donde es su autor por preservar su ortodoxia religiosa. Aseguran que su autor había lanzado un desafío e inmediatamente Mahfuz vio prohibida su novela en su país, y se asegura que 30 años después (1989), aun cuando había merecido el Nobel, la prohibición seguía vigente. Pero la apariencia de su obra histórica no podía ser más sencilla: un padre longevo, quizás eterno, que se ha aislado en su Casa Grande tras dejar unas tierras para el común beneficio de todos sus descendientes, a quienes expulsó un día de su jardín espléndido. Pero hay que dar el salto en la genealogía de la familia y los descendientes entre hijos malos y buenos: “El lector deja muy pronto de hacer una lectura rasa y se entrega al juego de la alegoría”. Precisa indicios, que ya más o menos se habían logrado clarificar: “Gábal es Moisés, Rifaa es Jesucristo, Qásim es Mahoma, Arafa el cientificismo… y el conjunto, la historia de la humanidad, planteada con una forma especial de simbolismo y el característico sentido crítico de Mahfuz, que en 1963 declaraba haber hecho en Hijos de nuestro barrio al revés que Jonathan Swift en sus famosos Viajes de Gulliver: ‘Él criticó la realidad por medio de un cuento y yo he criticado los cuentos al revés de la realidad’”. No obstante, esta breve síntesis refleja que hay que compartir algo más: beber la belleza literaria de sus páginas.

Ya se vislumbra qué depara la lectura: se intuye muy interesante; lo que sí es que me llegan como en cascada los datos sobre el autor, el nombre de la colección y su significado y, al lado de ésta, las demás colecciones de la editorial Arcor. El resumen sobre el autor es que nació en 1911 y mereció el Nobel de Literatura en 1988. Entonces tiene 77 años. Murió en agosto de 2006, a los 94 años. En lengua española, al año siguiente, en 1989, el Nobel recae en un escritor de lengua española, Camilo José Cela, y hay que recordar que en 1990 el español de Cervantes es premiado con la designación un tanto inédita al reconocer a la obra del poeta y ensayista mexicano Octavio Paz. Dos autores del mismo idioma en un mismo periodo: inédito.

Pero para un lector alejado de la cultura árabe y de los temas que escriben sus novelistas, es precisa la nota preliminar que al frente pone la editorial y hace notar que su autor en 1952 había dejado de escribir, un lustro más tarde la retoma y publica en 1959 por entregas esta novela, “donde, bajo la apariencia de un ingenuo relato sobre la pequeña historia de un barrio en El Cairo, a finales del siglo pasado, plantea el gran problema, también cotidiano y aún sin resolver, de la jerarquización social, del poder y el orden en el mundo, sujeto a intermitentes propuestas idealistas de mejora, acosadas por la degradación, una tras otra”. Se asegura que era esta novela una crítica “excesiva” para el ambiente de entonces, pero la obra iba apareciendo por entregas en un periódico semioficial, y sólo logró publicarse como libro en Beirut, en 1967. Para rematar que “esta novela es una pieza clave dentro de la interesante producción mahfuziana, como gozne entre su anterior ‘narrativa de vida’ y su siguiente ‘narrativa de ideas’”.

León, 26 de enero de 2026.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_702

 

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