La Gualdra 693 /Libros / Cuento
Por César Báez
Cuando todos se vayan a otros planetas, de Magdiel Torres Magaña, plantea una aproximación a la soledad, pero no a través del desamparo, sino del autoconocimiento en grupo. De la búsqueda de sentidos en una especie de road trip postapocalíptico que intima en el imaginario de los personajes en cada uno de los cuentos.
Si bien es cierto que los textos que aquí convergen funcionan como unidades independientes, el autor tiende puentes visibles que los hermana en una especie de congregación de soledades. Sin embargo, aunque es la desolación su punto de partida, este libro es todo menos doloroso; la poesía del día a día, la camaradería, la música y el empeño en dejarse sorprender están presentes a lo largo de la obra. Torres Magaña realiza una búsqueda a través de sus cuentos, y los seres que crea, a su vez, buscan en el intrincado mundo al que fueron arrojados un sentido para seguir avanzando.
Sin urgencia, estos relatos navegan las aguas mansas después de la tormenta, una que se ve lejana, pero no por ello menos real. Pequeños trozos de vida que el autor nos regala siempre con un guiño de astucia literaria que asombran y atrapan al lector.
“Las tardes longevas”
[del libro Cuando todos se vayan a otros planetas]
Por Magdiel Torres Magaña
El primero que llegó fue mi abuelo Ramón. Mamá le abrió la puerta y lo saludó con sincera euforia. Todos nos levantamos de nuestros asientos y fuimos a saludarlo. En la casa estábamos comiendo, así que no se hizo esperar la clásica broma de que había llegado a tiempo. Hubo un momento de incertidumbre. No sabíamos si continuar de pie o regresar a nuestros lugares en el comedor. Mi abuelo, como era de esperarse, pues era el de mayor autoridad, zanjó el problema sentándose a la mesa. Mi mamá le sirvió de comer.
La tarde se desenvolvió con la naturalidad de los primeros días de la llegada del abuelo. Nos entregó a cada quien un regalo y nos sentamos para que nos contara las historias y los chistes con los que siempre nos entretenía. A nadie le pareció importunarle saber que el abuelo llevaba ya cinco años de muerto.
Cuando llegó la noche nos fuimos a dormir y mi abuelo ocupó la misma cama que utilizara cuando estaba vivo y nos hacía la visita. Sospecho que las cosas hubiesen seguido su curso con la misma naturalidad que ya habíamos conquistado a fuerza de ignorar que el abuelo estaba muerto. Al día siguiente, sin embargo, llegó también mi abuelo Ángel, acompañado de mi abuela Piedad y mi abuela Vita.
Mi abuelo Ángel saludó a mi abuelo Ramón y se fueron al patio a hablar de la cacería de venados, de tabaco y de caballos. Así que fueron las mujeres las que nos dieron certezas. Por otro lado, la certeza que trajeron consigo mi abuela Piedad y mi abuela Vita no explicaba con satisfacción ese peculiar regreso de la muerte. Según su relato, tras caminar en la neblina, se encontraron con el camino a casa y llegaron con nosotros, como solían hacerlo cuando estaban vivos. Mis abuelos eran conscientes de que habían estado muertos o más aún, de que probablemente aún lo estaban.
No era la primera vez que mis abuelos se encontraban en casa. Cuando aún vivían era común que coincidieran. Mi abuelo Ramón, papá de mi padre, dormía en nuestro cuarto y mis abuelos Ángel y Piedad, padres de mi mamá, en el de mi hermana. Ahora la novedad era mi abuela Vita que había llegado caminando como si la polio no la hubiese dejado inválida cuando era una niña. Ella se quedó también con mi hermana, al fin y al cabo mis abuelos Ángel y Piedad eran sus primos.
Aquella noche hablamos de mi abuela Bartola, que aún vivía y que fue esposa de mi abuelo Ramón. Éste, fiel a una picardía que la muerte no había vencido, agradeció que siguiera viva porque así no podía encontrarla esa noche ahí. Todos reímos su chiste, hasta papá.
Creo que más de uno empezó a temer que la presencia de mis abuelos muertos no se debía a un regreso del más allá. Empezamos a sospechar que nuestra casa había entrado al ancho universo de la muerte.
Supusimos que estábamos muertos cuando dos días después de la visita de mis abuelos maternos llegaron los papás de mi abuelo Ramón: Margarito y Guadalupe. En esa ocasión fui yo quien abrió la puerta. Los ancianos tenían la piel áspera como si hubiesen estado bajo el sol durante mucho tiempo. Su voz me parecía apenas audible y si supuse que eran mis bisabuelos fue por un extraño reconocimiento mutuo. Mi bisabuela Guadalupe fue muy cariñosa, me dijo que era ya todo un hombre. Mi abuelo Ramón se conmovió hasta las lágrimas cuando vio a su mamá. Pocos minutos después estaban todos en la sala hablando de personas que yo no conocía. Cuando horas después llegaron los padres de mi abuela Piedad, mis bisabuelos Eulogio y Josefa, aquello ya tenía tintes de fiesta. Mi papá y mi abuelo fueron a conseguir leña y mis abuelas empezaron a preparar la carne para el pozole. Mi bisabuelo Eulogio dijo que se les había hecho tarde porque una de las bestias en que viajaban se había quebrado la pata. Tuvo que darle un balazo al pobre animal para que no sufriera.
Al anochecer mis bisabuelos Antonio y Guadalupe, papás de mi abuelo Ángel, trajeron garrafas de mezcal. Los hombres se entretuvieron en contar sus hazañas, inspirados por el alcohol. Esas historias que ya había escuchado de mis padres, ahora las oía por la boca de sus protagonistas y con la exageración de sus egos. Nadie durmió esa noche, ¿en dónde podrían hacerlo si la casa no era tan grande? De cualquier forma, mis papás siempre se distinguieron por su hospitalidad. Mi padre solía decir que, una vez cruzado el umbral de la puerta, todo el espacio restante era una cama. A su vez, mi abuelo Ángel argumentaba que, para dormir, el sueño era un buen colchón. El colmo de la hospitalidad no llegó ni siquiera con los papás de mi bisabuelo Antonio, padre de mi abuelo Ángel: Juan y Pasimina. La piel de mis tatarabuelos estaba casi pegada a los huesos. Sus cuerpos parecían espectros de una película de terror. Sin embargo, algo más allá del reconocimiento, una mezcla de cariño y complicidad, nos hacía tener por esas personas un amor inconmensurable.
Nadie pareció quejarse de tener tanta gente en un espacio tan pequeño. Además, no se sabe por qué estratagema de la muerte, la casa parecía tener el número exacto de habitaciones. La noche que siguió a la fiesta, mis abuelos por parte de padre entraron a nuestro cuarto. En él encontraron puertas que los llevaron, sospecho yo, a otras habitaciones. Lo mismo sucedió en la estancia de mi hermana, con los parientes de mi madre.
En el comedor también se dio una metamorfosis singular. Todos cabíamos en la mesa. Era común ver a una de mis abuelas traer un altero de tortillas amarillas o a otra traer un altero de tortillas azules. Así, en esa aparente anarquía, uno comía de esto o de aquello. Yo probé por primera vez la carne de venado y comí, obligado por mi abuela Vita, un caldo de iguana. «Te va a ayudar a limpiarte la sangre», me dijo.
Fue por entonces que no lo dudé más, mis abuelos no habían regresado de la muerte, como sospechamos en un principio; ni nosotros nos habíamos muerto, como temimos después. Nuestra casa había entrado en el inmenso espacio de la muerte. Era como si la construcción hubiese naufragado en esa rara manera que tiene los objetos de soñar y de viajar. Parecía que la muerte había conquistado más territorio, ése en donde nuestra casa estaba instalada.
Esto lo pudimos comprobar más tarde, cuando salimos de la casa y hablamos con nuestros amigos del vecindario. Los Campos, que vivían frente a nosotros, también habían instalado en su casa a sus abuelos muertos. Con los bisabuelos, la comunicación les era imposible, pues todos ellos sólo hablaban purépecha. Los García habían descubierto que su abuela no era hija de quienes ellos creían. Los Gutiérrez mostraron orgullosos que su abuelo era un italiano de noble cuna que llegó a México a instalar un sistema de riego. Nosotros pactamos con los Zepeda impedir que su bisabuelo y mi bisabuelo Eulogio cruzaran palabra, pues su pariente era cristero y el nuestro, un federal. Sólo la explicación del más pequeño de los Campos nos conmovió: los abuelos habían regresado, dijo, porque con la nueva enfermedad no habían tenido tiempo de despedirse. Gerardo, como se llamaba, estaba feliz porque su abuela, a quien no había visto desde que se la llevaron al hospital, estaba otra vez en casa.
Nuestros amigos nos hicieron caer en cuenta que los muertos no eran para todos los mismos. Mis padres veían a mis abuelos más jóvenes de los que nosotros los veíamos. Asimismo, mis abuelos encontraban a sus padres y a sus abuelos menos viejos de lo que aparentaban estar para nosotros. A mí y a mis hermanos, mis tatarabuelos nos parecían espectros de ultratumba.
Con el tiempo el vecindario empezó a ser más movido de lo que era en otras épocas. El tianguis que se ponía a escasas cuadras de la casa se llenó de comerciantes y compradores. Se instalaron nuevos puestos que traían diferentes productos que nunca habíamos visto en la vida. Además, para nosotros, los más jóvenes, las calles nos parecían estar invadidas por zombies, pues los más viejos se nos seguían pareciendo cadáveres andantes.
Nuestros abuelos comenzaron a encontrarse con otros parientes. Así fue como conocí a mi tío Chiote, hermano de mi abuela Bartola, madre de mi papá, que andaba precisamente buscándola. Pareció entristecerse al saber que seguía viva. No pude comprender, en el caso de mi tío Chiote, porque seguía como mojado. Sabía que se ahogó al intentar cruzar el río, pero mi abuela Vita, a quien recuerdo inválida por la polio, apareció con sus piernas sanas. Más aún, al jugar con nosotros hacía gala de una buena forma física.
También conocí a Viviano, el hermano de mi abuelo Ramón, que había llegado a visitarlo. Se quedaron toda una tarde bebiendo del mezcal que mis bisabuelos hacían y fumando del tabaco que sembraron al fondo del patio. El lugar era fértil y había extendido su longitud hacia territorios insospechados. “La muerte debió cansarse de nosotros”, argumentó mi abuelo, todavía incrédulo por aquellas tardes inauditas; “Pos vaya, qué bueno”, dijo mi tío Viviano.
Sólo mis hermanos y yo, y nuestros amigos, estábamos preocupados ¿a dónde iríamos a parar con la llegada de tanto y tanto antepasado? Quizá no nos habíamos acostumbrado a esta victoria del pasado y seguíamos obsesionados con el futuro. Para colmo, una tarde me llamó mi prima Eréndira. Me dijo que allá en su casa también habían llegado mis abuelos, es decir, los mismos que estaban con nosotros. Eso nos hizo pensar que un par de abuelos habían llegado a la casa de cada uno de sus hijos. De la misma manera, los bisabuelos visitaron a cada uno de sus bisnietos. Y así, sucesivamente.
Una tarde, contradiciendo mis afectos y mis rutinas, fui a visitar a la abuela Bartola que vivía con mi tía Kita, la menor de las hermanas de mi papá. Mi abuela Bartola no había fallecido y, por lo tanto, creí que sería la única cuerda en todo ese asunto de antepasados aparecidos.
Me recibió con extrañamiento, pero con educación. Una vez instalado en su sala hablamos de su salud; desmejorada, decía y cada vez más parecida a un suplicio. A pesar de que era su conversación habitual, esta vez sentí con empatía su sufrimiento. Estaría mejor muerta, pensé.
No sabía yo cómo tocar el tema hasta que apareció mi abuela Basilia, su madre, que fue a abrazarme, efusiva. Me tomó del rostro con ambas manos y me apretó la quijada, volteó a ver a mi abuela Bartola y le dijo, sorprendida: “Se parece a Ramón” ante la mueca de desprecio de la abuela Bartola. Después se fue con la encomienda de llamar a su esposo para que viniera a ver a aquel prodigio que estaba en la sala de su hija: yo, su bisnieto.

Cuando se fue tuve oportunidad de preguntarle a la abuela Bartola sobre sus impresiones de lo que estaba pasando. No entendió. Le dije que todos los abuelos muertos habían regresado, pero sólo le inquietó saber que mi abuelo Ramón estaba en la casa. Me agradeció que le hubiera ido a avisar, para evitar visitarnos. De todas formas, pensé, nunca iba a visitarnos. Sin embargo, creyó que mi gesto había sido de solidaridad con ella y tuvo para mí un trato diferente que evidenció en el tono de su voz.
Aprovechando la complicidad mal entendida, volví a plantear el problema y aunque por fin pude hacerme comprender, ella creyó que yo fantaseaba. Se conmovió. Me miró de medio lado, de esa forma única que tienen las abuelas para verlo a uno, una mirada llena de vida, cargada también de la muerte venidera, y me dijo que no me preocupara.
Me dijo que ya sabía que yo quería ser escritor, como si lo que le estuviera contando fuera novelería y me regaló un par de libros. Ni siquiera eran libros de literatura. Era un libro de oraciones y otro sobre el misterio de las apariciones de la virgen de Fátima, de la que era fiel devota.
Al rato llegó la abuela Basilia con el abuelo Pedro. La abuela Basilia me señaló con el dedo desde el umbral de la puerta que dividía la sala de la cocina y el abuelo Pedro, mucho menos efusivo, me echó una mirada inquisidora. “Se parece a Ramón”, dijo como para comprobar sus sospechas y se fue.
Al entender que no sacaría nada en claro con esa visita, me despedí de mis dos abuelas. A la salida, después de dejar atrás a mis ancestros, me encontré en la calle y lista para entrar a la casa, a mi tía Kita. Venía del mercado con algunos paquetes. Se le veía fastidiada, por eso me aventuré a decirle “Qué desastre”. “Ni me lo digas”, respondió, “Primero sube el precio del gas y ahora esto”, dijo.
Al llegar a casa no le dije a nadie que había ido a visitar a la abuela Bartola. Yo mismo, leyendo los regalos que me había dado, me preguntaba si había servido de algo, más allá de la carga emocional de la que ahora no podía deshacerme.
Esa noche se filtró de unas de las habitaciones que le habían nacido a la casa, el inconfundible sonido de una fiesta. Algunos de mis abuelos fumaban y bebían mezcal. Mis hermanos parecían dormir tranquilamente, incluso cuando más tarde el sonido fue en aumento y pude escuchar un diálogo estridente acompañados de carcajadas. Me paré de la cama y me fui para el patio.
En el patio, sentada en una silla de bejuco, mi abuela Vita estaba cepillándose el cabello. “Ven acá mijo –me dijo—dame un fuerte abrazo porque quién sabe cuándo deje de soñar la Tierra y ya no volvamos a vernos”. La abracé como a la madre que siempre fue para mí, a pesar de la lejanía de la muerte. En sus brazos supe que yo también habría de volver algún día a mi verdadera casa.
*
Magdiel Torres Magaña, Cuando todos se vayan a otros planetas, Letra Capital, 2025.
Sobre el autor del libro:
Magdiel Torres Magaña (Tepalcatepec, Michoacán, 1982). En 2020 se convirtió en papá de Balam Camilo. Ganó el Premio Nacional de Cuento de la Universidad Autónoma de Campeche en 2025, el Premio Nacional de Cuento Juegos Florales de Lagos de Moreno en 2023, el Premio estatal de Cuento Xavier Vargas Pardo en 2015 y el de Poesía Carlos Eduardo Turón en 2011. Es autor de los libros Los días con el otro (Secum, 2011), ¿Tiene usted la Biblia en casa? (Secum, 2015), Una tumba para el Santa Elizabeth (IVEC, 2019), La rebelión de los Baldíos (FEQ, 2024) y Cuando todos se vayan a otros planetas (Letra Capital, 2025). Entre 2018 y 2019 fue becario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico de Michoacán en la categoría de Creadores con trayectoria. Se ha desempeñado como escritor, profesor y periodista cultural.
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