En la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Lula Da Silva, presidente de Brasil, convocó a la izquierda latinoamericana a analizar las causas de por qué nuestras democracias son endebles y tienen problemas para mantener su continuidad. Seguro que piensa en su propio país y luego mira a Argentina, Uruguay, Chile, Ecuador, Bolivia, Perú, pues la izquierda sólo se ha mantenido gobernando en Nicaragua, Cuba y Venezuela, naciones de las que muchos tienen una imaginada “realidad” a partir de la narrativa esparcida por los monopolios capitalistas y proimperiales de la comunicación. Pero esa imaginación prefabricada no corresponde a la auténtica realidad.
En mis últimos artículos, enfocados a la reflexión sobre el partido que requiere la Cuarta Transformación (el Humanismo Mexicano) para mantenerse y darle profundización, he hecho alusión a que la democracia no empieza y termina con los actos electorales, éstos deben ser consecuencias. El Movimiento de Regeneración Nacional y el partido que lleva su nombre tienen la necesidad de transformar el orden material, social, cultural, las instituciones que le son propias y sus normas. Pero también deben enfocarse a la educación cívica, humanista, política y a la formación de los cuadros sociales, culturales y no sólo políticos, garantes de la transformación.
La irrupción inicial de una oposición fuerte al presidencialismo y su partido de Estado, en 1988, aliada con segmentos políticos, económicos, culturales y sociales provenientes de otras tendencias, obedeció a la mezcla del hartazgo, la inconformidad acumulada, el rechazo a los primeros efectos del modelo neoliberal que empezaba a establecerse minando la soberanía y el nacionalismo mexicano. Doce años después, esa misma oposición electoral se mostró triunfante pero desde el polo de la derecha representada por el PAN y su candidato Vicente Fox.
Hasta entonces, esa oposición electoral movediza no fue portadora de un rumbo alternativo claro, ni fue la cristalización teórica y políticamente organizada. La izquierda revolucionaria no influyó sustancialmente, salvo en hechos muy aislados, como catalizador profundo de lo teórico, lo político o en la organización transformadora. Eso permitió flácidas dirigencias en partidos políticos como el PRD que terminaron en simples maquinarias electorales y en serios actos de corrupción que lo llevó a la sepultura.
El señalamiento de Lula Da Silva, por segunda vez presidente por el Partido de los Trabajadores (PT) es una autocrítica a toda la izquierda latinoamericana. Aunque sólo hizo el señalamiento de que la izquierda tiene problemas para mantener la democracia, da pauta a la reflexión de cuáles son las causas por las cuales coaliciones como Unidad Ciudadana de Argentina gana las elecciones y en las siguiente las pierde frente a una derecha fascista y, por momentos, hasta ridícula como la encabezada por Javier Milei. La amplia brecha entre una tendencia y otra habla de un electorado de formación gelatinosa.
Si tal circunstancia se vive en muchos países de América, donde el grueso de la población no logra identificar a sus enemigos de clase, sin duda estamos ante un problema de conciencia social. Del tema no sólo escribieron Marx, Engels, Lenin, Althusser, George Lukas, Gramnci y muchos otros intelectuales revolucionarios, también lo han hecho latinoamericanos como Ludovico Silva y Enrique Dussel.
Por eso, la semana pasada sostuve que “…la garantía de continuidad de la 4T (el Humanismo Mexicano) reside en la formación teórica, orgánica y política del militante que puede llevar el gen social de esa transformación. Esa es la tarea histórica del partido MORENA…” Y, si no lo hace MORENA, en el futuro lo hará un partido revolucionario aún inexistente.
Hablar de conciencia social es insistir en una condición subjetiva transformadora de la sociedad, pues pueden existir las causas materiales y, sin embargo, perdurar si no se ha desarrollado la comprensión masiva de transformarlas. Por eso, es tarea y responsabilidad del partido dirigente trabajar no solo que en sus estructuras se formen con una condición teórica básica. Puede parecer un sueño guajiro cuando hay personajes incrustados en las más altas estructuras del poder y la política que no pasarían esa prueba elemental de un militante revolucionario.
Regularmente se habla de ideología revolucionaria pero, congruente con la definición de Marx y Engels de concebirla como falsa conciencia, he optado por hablar de formación teórica, fundamento de la conciencia social. Por lo mismo, concibo que un auténtico dirigente de izquierda debe leer y comprender la obra magistral de El Kapital de Karl Marx, es el estudio lógico e histórico más completo sobre el funcionamiento de la sociedad capitalista que vivimos, aunque también hay que resaltar que no todo está ahí. El método científico de Marx debe ser rescatado para entender las fases posteriores de la sociedad regida por el Capital, como el imperialismo y el neoliberalismo que no existían cuando fue concebido. Como quiera que sea, todo digno militante de la izquierda debe preocuparse por esa tarea, dentro o fuera de un partido político.




Buen artículo.
Para la reflexión de todo ciudadano de pensamiento progresista y de izquierda marxista.