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De lo divino, la creación y la IA

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Por: JESÚS UGARTE VÁZQUEZ •

La Gualdra 680 / Ensayo / Literatura / IA

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[Parte 1]

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?
Jorge Luis Borges

Durante mucho tiempo se relacionó al artista con lo divino. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, vinculaba el poder creador del artista con la intervención proveedora de Dios. Las habilidades eran otorgadas desde lo alto y la perfección, que es lo que constituye la obra primigenia de todo, se encontraba en las manos de los mejores artistas como instrumentos que comunicaban un mensaje celestial a través de sus obras. Es una idea que se puede encontrar en todas las religiones abrahámicas y durante gran parte de la Edad Clásica y el Medievo. Se separaría después el arte de Dios y se instauraría paulatinamente un arte más crítico, blasfemo, que no buscaba sino la libertad estética, la belleza de lo cotidiano, sin dejar de ser ajeno a lo más horrendo de la vida.

La simplicidad del lenguaje en pos de un estilo menos rebuscado y más cercano al lector es una herencia que se encuentra desde principios del siglo XX en los poemas de Rubén Darío o en los cuentos de Borges. La segunda mitad del siglo pasado trajo consigo una verdadera revolución de ideas en torno al artista y su creación. El Nadaísmo, en su Primer manifiesto nadaísta, reflexionó acerca de la idea arquetípica del arte y Dios; de los artistas y sus dones otorgados. Les interesaban las impurezas, los sucesos que hablan más de lo absurdo y todas sus posibilidades. El hombre desvinculado de todo lo divino para hacer un arte que sólo puede provenir de un simple mortal, con todas sus imperfecciones, pues «[…] el arte es, en última instancia, lo No-Divino, lo No-Real, o sea, lo que extrae el espíritu del mundo caótico de los elementos dispersos en la Naturaleza».

Las impurezas, así como las enfermedades, pueden traer consigo la sorpresa del genio, de una novedad inesperada o una técnica única. Lezama Lima y su desafiante libro Paradiso son un ejemplo de esto. Al escritor cubano se le cuestionó por el uso excesivo de comas. Julio Cortázar, que participó en la revisión del libro, recibió la respuesta del propio Lima cuando éste le dijo que era por asma que el texto estaba así, sincopado. Un detalle que le valió la comparación con Marcel Proust, quien padecía la misma enfermedad y abusaba de la misma puntuación. Y como éste, hay varios ejemplos en el arte. No hay obras perfectas. La creación navega muchas veces sobre aguas turbulentas que no pueden —ni deberían— ceder a un ritmo cadencioso, regular y sin asperezas. Así en la vida como en el arte, el hombre está condenado a la entropía. Gonzalo Lizardo lo expresa así hablando de la novela: «[…] no debería aspirar a la pureza sino al sincretismo: a la perfecta amalgama de todas las impurezas. Por eso le viene bien cierto grado de “malignidad” […]».

 

***

Fernando Bujedo, arqueólogo y profesor, puso a prueba un detector de IA con su propia tesis de maestría de 2017, resultando que más del 80% de su texto había sido creado por una IA. Después, examinó las primeras líneas del Quijote, y de nuevo apareció que más de tres cuartas partes del texto habían sido generadas por una IA. Esta noticia se difundió, y de milagro no salió algún iluminado a proponer una teoría sobre viajes en el tiempo o la influencia de vida extraterrestre.

Lejos de este evidente error, ¿acaso nosotros no nos podríamos dar cuenta de que algo está escrito con IA? Creo que la crisis de esa detección no está en si lo que se escribe es «correcto» en términos de lo sintáctico o lo ortográfico —me parece de lo más razonable usar una herramienta así, por ejemplo, para enviar mensajes dentro de un bullshit job empecinado en burocratizar todo—, sino en que, esencialmente, la IA no dice nada nuevo, como muchas de las tesis que replican incesantemente lo que el otro dice en una suerte de cita de la cita de la cita. Aunado a esto, se le suma un estilo apenas sometido por la petición detallada en el prompt, desde el que se entrena para sonar de tal o cual forma, pero nunca con una voz propia, homogeneizando así el texto genérico que puede ser el de fulano o zutano.

Sabemos que «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme» jamás lo escribiría una IA porque requiere escapar del lugar común, de ese lugar seguro, de los mensajes bien claros: tema que siempre se encarga de destacar en sus correcciones diciendo «tu texto podría ser más claro si…», dando una solución facilona a continuación. Pero, sobre todo —como me diría un profesor en la carrera—, porque «hace falta que te arrolle un poco la vida».

Una de las ideas más polémicas en cuanto a la producción de obras artísticas es encontrar el origen de la voluntad de crear, el impulso del que emana el genio artístico. Es un tema que ha sido explorado y comentado de forma abundante tanto por teóricos como artistas, pero que aún guarda una división marcada entre los que opinan que de la inspiración se puede obtener toda la abundancia creadora, como si se tratara de un asalto divino o un momento de iluminación, y los que se aferran a creer que, con el dominio de la técnica y el trabajo arduo, constante y sin descanso, conquistarán algún día la «gran obra». Cualquier posición termina por ser frustrada a partir de los hechos, pues algunos artistas acertaron con grandes creaciones en un momento en el que pudieron decir que fue por inspiración, que detrás de ellos estaba Dios susurrándoles una melodía como a Mozart, y otros, que fue con disciplina y sacrificios, como Montaigne y sus diez años enclaustrado en una torre.

Creo que estas ideas fracasan por omisión de la otra. El trabajo como fuente exclusiva del arte es el artista sin materia estética. Es decir, no es posible hablar de un escritor que, a fuerza de estar escribiendo todos los días, o que domine a la perfección alguna técnica, dé en el blanco, como una suerte de ventaja probabilística en donde se escribe más para que de todo haya algo que acierte, como lo afirma el Teorema del mono infinito, con la diferencia de que no se tiene tanto tiempo ni tantas pulgas. Ya lo decía Platón cuando afirmó que «[…] quien se acerca al templo de las musas sin inspiración, pensando que basta conocer el oficio, es un adocenado cuya presuntuosa poesía será opacada por las canciones de los maniáticos».

Por otro lado, la escritura sin trabajo es una imposibilidad. La escritura es en sí un trabajo, y cuando no es trabajo no puede ser escritura. Cuando se dice o se escucha decir a alguien que no está inspirado o que «las musas no bajan», es porque se está pasando por un bloqueo creativo —que por lo regular se resuelve trabajando— o porque simplemente se encuentra una excusa a la inactividad. Cuando ese gran momento de inspiración llega, se manifiesta en el trabajo sin el que la idea quedaría varada hasta disolverse en la memoria y perderse.

Bueno, la IA viene a acabar con todo este desquiciado mamotreto con su «ven y dime lo que quieres», que es el chatbot. Una especie de fuente de los deseos, un oráculo, un embaucador que resulta haber incitado a un hombre belga ecoansioso a quitarse la vida y a otra persona, a matar a sus bullies. Vaya, incluso existe quien espera la llegada de un mesías: una IA sensible, omnipresente y superinteligente que arreglaría los problemas del mundo. ¿Por qué no iba a decir un detector que la IA es el mismísimo Cervantes?

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_680

 

 

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