La Gualdra 680 / Río de palabras
[Parte 4]
La secundaria y el caos
Corrían los primeros años de la década de los 90; en México se gestaban diversos acontecimientos que transformarían la vida pública del país. El asesinato de Colosio en 1994 y el levantamiento del EZLN en Chiapas, ese mismo año, son algunos ejemplos de los eventos que marcaron el imaginario colectivo de nuestra sociedad. En el mundo, Alemania se reunificaba tras el fin de la Guerra Fría; pero iniciaba la llamada Guerra del Golfo. En 1994 Nelson Mandela era elegido presidente de Sudáfrica, después de haber estado encarcelado 27 años por oponerse a las injusticias sociales. En el 96 nacía el primer ser vivo clonado, la oveja Dolly.
Yo ingresé en el año 95, a la educación secundaria, cursando tres años en la ESTIC No. 53 “Vicente Suarez”, escuela popular localizada en la comunidad de San Juan, perteneciente al mismo lugar de mi nacimiento, Tultepec. Pocos fueron los compañeros de primaria que encontré en mi nueva escuela; muchos se fueron a municipios vecinos, como era mi deseo original, pero dadas las circunstancias económicas tuve que quedarme, otro poco más, en mi pueblo de origen. Mis nuevos compañeros se caracterizaron por ser una hermandad, por generar colectividad y lazos entrañables; aún mantengo contacto con muchos de ellos, a otros los dejé de ver y algunos más han muerto. Cómplices de mis locuras y testigos de la llama creativa que se encendía poco a poco en mi alma.
Tengo presente los tiempos de la adolescencia como caóticos, de descubrimiento y enseñanzas constantes, de risas y un claro acercamiento a los procesos conectados con la subversión y la rebeldía. En esos años mi gusto por las lecturas esotéricas y lo paranormal me llevó a protagonizar actos que generarían molestia en la población escolar, en los docentes, pero sobre todo en los padres de familia. Recuerdo perfectamente que después de ver la película The Craft, dirigida por Andrew Fleming, transformé mi manera de vestir; prácticamente era un adolescente con tintes góticos y darketos. Organicé a mi grupo de amigos, leíamos textos bíblicos como el Apocalipsis y libros de “hechicería” (populares en aquellos años por su fácil adquisición en puestos de revistas o papelerías) publicados por Editores Mexicanos Unidos. Con todo este material y vestidos de negro nos reuníamos en casa de los compañeros para hablar de diveros temas existenciales.
Tiempo después compré una tabla Ouija y la llevé a la escuela. Realizábamos nuestras sesiones espiritistas como las mismísimas hermanas Fox. Nos escondíamos en la biblioteca con el pretexto de organizar el acervo bibliográfico pero realmente creábamos nuestra cofradía. Todo marchaba extraordinariamente hasta que un día fui acusado de herejía y de liderar una secta de adoración al anticristo, en una junta de padres de familia. Esa ocasión mi madre salió enfurecida, preocupada y apenada, no daba crédito de las cosas que su hijo realizaba a diestra y siniestra, yo tampoco entendía el potencial imaginativo de la señora que me acusó y menos de la seguridad con que lo compartía ante la concurrencia. Yo, líder de una secta blasfema.
Con el paso de los días tuve que cambiar de paradigmas, dejé a un lado los procesos “mágicos” y me enfoqué en los culturales, al final siempre estaban ligados. Como parte de una clase, realizamos una obra de teatro, misma que aún tenía por temática lo sobrenatural, fuimos la mejor presentación del grupo. Hice el guion, la selección de actores y la escenografía. La actuación de la protagonista y antagonista fue tan convincente que detonó aplausos del público, por supuesto que sabían la real enemistad de mis actrices, quienes se odiaban por temas sentimentales.
Mi obra se llamaba “Excursión Satánica” que me recuerda, ahora y de forma muy burda, el cuento “Los sueños en la casa de la bruja” del escritor estadounidense Lovecraft, el cual muchísimos años después descubriría. Y digo que muy burdo porque una escena se desarrollaba con unas brujas ataviadas con minifalda bailando “Children”, de Robert Miles, pieza trance muy popular en los años 90, mientras un par de estrobos y una cámara de humo contextualizaban el ritual pagano; acto que se movía entre el sueño y la realidad. Esta parte de la obra causaría conmoción en las orientadoras de la “Vicente Suárez”, al considerarla un acto prostitutil.
A pesar de los incidentes, la presentación fue exitosa. Como consecuencia se me ocurrió dar funciones a todos los grupos de la secundaria en el salón de usos múltiples, espacio que se adaptaba maravillosamente a la propuesta. Avanzamos de forma rápida, se consiguió un equipo de sonido e iluminación gracias a una compañera que tenía amoríos con el líder sonidero del pueblo. Otros compañeros obtuvieron unas cortinas muy gruesas que instalamos como telón, se mejoró la escenografía y la utilería. Los boletos se vendieron en 2 pesos. Teníamos todo preparado, el primer grupo llegó, se notaba el entusiasmo y la expectativa. Habían entrado los primeros alumnos cuando de pronto irrumpió el secretario académico para hacer de nuestro conocimiento que la obra estaba cancelada. Gritos, reclamos y argumentos que usamos para exigir el derecho a ocupar el espacio escolar, se manifestaron duramente. La negativa continuó y tuvimos que abandonar el proyecto. Nunca regresamos el dinero recolectado de los 12 grupos que integraban la escuela, no recuerdo bien el destino de todo el monto, pero una parte sirvió para pagar algunos gastos y organizar una comida con el equipo.
Tras mi fallido intento con las artes escénicas y ante el descontento grupal por el trato de las autoridades escolares, incursionamos en actos “terroristas” como forma de protesta. Recuerdo claramente que un lunes por la mañana, antes de realizar los acostumbrados honores a la bandera, colocamos una media repleta de tierra, amarrada en el asta que se encontraba al centro del patio. La sorpresa fue contundente, los asistentes reían y se escandalizaban cuando, iniciado el recorrido de escolta, se percataron de aquel objeto pagano que colgaba de forma grotesca. Otra acción similar ocurrió en una ceremonia cívica donde, como forma de protesta, cantamos el Himno Nacional Mexicano a gritos. Inmediatamente nos llevaron a la oficina de la directora, sin mayor sanción que un regaño. Con el paso de los años, entendería que estas dinámicas estaban profundamente relacionadas con el arte que realizaría posteriormente.
Los años transcurrían con vértigo, en ocasiones más lentos y otras a la velocidad de la luz. Mi capacidad creativa me ayudaba a pasar materias que no me gustaban; intercambiaba con los docentes dibujos en el pizarrón por puntos extras, así comencé a realizar periódicos murales cada fecha conmemorativa. Por ejemplo, en el taller de secretariado, dibujaba temas coloquiales y aspectos de la materia, ocultando caricaturas de los maestros a quienes conocíamos por su apodo, el Supermán, la Chupacabras, la Picochulo o la Venada, en los paisajes gráficos que eran recibidos con agrado. El último año llegó rápido, el concurso de ingreso a educación media superior también, yo tenía con claridad que deseaba estudiar en uno de los Colegios de Ciencias y Humanidades pertenecientes a la UNAM, ni tardo ni perezoso coloqué en mi papeleta con 30 espacios sólo uno, CCH Naucalpan. A los pocos días mi madre estaba esperándome en la oficina de orientación y me obligaron a colocar por lo menos otras dos opciones. Entonces escribí, debajo de la ya inscrita:
UNAM-Prepa 9 y DGETI #165, el cual tenía una carrera técnica en Diseño Gráfico. El 22 de junio de 1997 a las 8:30 horas presenté el examen. El destino habló y meses después mi madre consultó el periódico para darse cuenta de que su hijo había ingresado al sistema de bachillerato de la máxima casa de estudios del país.
[Continuará]
Ver las parte 1, 2 y 3 de este artículo en:
https://ljz.mx/18/05/2025/dos-veces-fue-otono/
https://ljz.mx/18/06/2025/dos-veces-fue-otono-2/
https://ljz.mx/10/07/2025/dos-veces-fue-otono-parte-3/
https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_680



