La Gualdra 714 / Cine / Literatura
Hace un par de semanas, una querida colega me explicaba una visión sobre literatura latinoamericana, la producción original de las plataformas de streaming y quizá una nueva manera de crear cánones —o reafirmar los viejos— sobre qué es literatura y qué “merece” la pena de la adaptación a un formato más inmediato, más digerible, con públicos más amplios. Debido a que mis esfuerzos investigativos están por el momento dirigidos a otro sitio en la actualidad, no pude incursionar en su proyecto, pero no dejé de pensar en su explicación.
Luego de aquello, en un fin de semana cualquiera y con ganas de mirar un poco de cine, elegí con mi amado Alberto una película que sabía se basaba en un libro de una escritora argentina. Las siguientes dos horas, aproximadamente, no me arrepentí de la elección, sin embargo, me quedó una idea rondando de manera reiterativa: ¿qué hay de lo no dicho en cine que está expresado en la literatura? Así que me di a la tarea de buscar el libro para leerlo y tratar de entender mejor aquella película que acababa de mirar con mucho entusiasmo.

Debo decir que la adaptación cinematográfica es un arte, es entender un texto, escrito en un lenguaje para traducirlo a otro distinto. No soy una purista que pretende que cada diálogo contenido en una obra literaria debe ser idéntico en una película, pero en este caso sí considero que el entendimiento de la novela es mucho mejor desde la narrativa que desde el lenguaje audiovisual. Trataré de explicarme con más detalle. Matate amor, de Ariana Harwicz y publicada en 2012, se centra en la enfermedad mental de la protagonista. Cada personaje interviene en capítulos breves no numerados, narrados en primera persona, donde podemos sentir la problemática que los atraviesa. La protagonista se narra a sí misma, lo que nos permite, de alguna manera, vivir con ella el torbellino que la engulle de manera vertiginosa. En cambio, en la mayoría de las reseñas que leí sobre la película se dice que no se entiende qué le sucede a la mujer. La novela, por el contrario, gracias a sus recursos retóricos permite entender, sin duda, que se trata de una mujer que carga consigo graves problemas de salud mental mucho antes de ser madre, pero que inevitablemente se hacen más profundos una vez que nace su hijo y ella se convierte en la principal cuidadora del pequeño.
La narración en primera persona nos sitúa en la intimidad del confidente, acorta la distancia entre quien narra y quien lee. En el caso de la película, este recurso se escapa y nos deja como espectadores ajenos, lejanos, con dificultad para sentir el límite emocional desde el que narra la protagonista. Su desorden mental se presenta en parrafadas enormes, a veces sin más pausa que un pensamiento intrusivo que también persigue la voz narrativa. Su expresión es apresurada, desmesurada, caótica. Dentro de las líneas de la novela se lee la imposibilidad de la protagonista para frenar sus comportamientos impulsivos, su dolor al saber que su distinción la coloca en la marginalidad, no en la excepcionalidad.

Poco a poco, con esa escritura desesperada, producto de pensamientos en torbellino que no pueden detenerse, se asoma una mujer sensible, cuya voluntad no es suficiente para contener su ira y su deseo. Cada uno de los personajes vive esta locura en desarrollo de maneras distintas, la suegra, aunque amable, busca medicarla constantemente, la invita a buscar ayuda con los doctores quienes, según la protagonista, la tienen obsesionada. El motociclista que pasa por ahí con frecuencia en su ruta a casa es un hombre apacible, trabajador, con una vida amorosa en casa y una hija con discapacidad que comienza a sentir una inexplicable atracción por una mujer que mira a lo lejos, la mayoría de las veces tumbada en su jardín, tratando de integrarse con la naturaleza; cada uno lidia con una paternidad complicada y en el deseo incontrolable encuentran una esperanza de fuga.
Si bien la maternidad siempre es compleja, esta novela pone de manifiesto que la cordura, cuando es frágil, puede verse seriamente comprometida con la carga excesiva de cuidados. El llanto reiterado del bebé se puede sentir en la narración, la incertidumbre de no saber si el llanto es real o imaginario, la imposibilidad para calmar y contenerse al mismo tiempo; esto la coloca en el ojo público para el juicio sobre su capacidad de maternar, mientras la sobrecarga sigue en ella: cuidadora principal, fuente de alimento, aislada, sin entender la dinámica social de su entorno, sin concentrarse, sin el apoyo conyugal. Finalmente, la protagonista se pierde en un caos mental, se integra con la naturaleza salvaje de su mente. Se fuga. Creo que en la producción de Mubi, suavizó demasiado el tema de una identidad que termina de perderse tras la maternidad.



