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El PAN, de la oposición leal a la oposición derrotada

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Por: JuanJo Montiel Rico •

Al principio de este mes, publiqué en este mismo espacio una reflexión sobre la encrucijada actual del PRI (shorturl.at/b8vdW). Con ese mismo ánimo de exponer lo que a mi juicio es la raíz de la oposición derrotada en México, decidí hacer una brevísima reflexión sobre el PAN.

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La historia del Partido Acción Nacional es, en buena medida, la historia de la lucha por la democracia en México. Fundado en 1939 por Manuel Gómez Morín y un grupo de intelectuales y católicos laicos, el PAN nació y creció bajo la sombra del presidencialismo mexicano y el dominio del partido hegemónico. Desde el principio asumió la función de dar cauce institucional al descontento social y mantener viva la llama de la política fundada en principios, antes que conquistar el poder. A decir de Soledad Loaeza, su vocación era la de ser una oposición leal, combatir el autoritarismo dentro de las reglas, apostar por el camino electoral aunque este fuera estrecho y empedrado, y sostener que la democracia no debía buscarse a través de la violencia sino de la persistencia.

El PAN fue el único partido opositor que, durante décadas, ofreció algo más que una simple declaración de principios. Su fuerza residió en su vida interna vibrante, en el cultivo de la doctrina, en la convicción de que la política debía ser un ejercicio de educación cívica antes que una maquinaria para repartir cargos. Mientras otros partidos se desdibujaban entre la abyección y la clandestinidad, Acción Nacional mantenía debates ideológicos sobre el rumbo del país y defendía una doctrina humanista que lo distinguía del resto.

Ese talante se expresó en lo que Gómez Morín bautizó como una brega de eternidad. El PAN sabía que no ganaría elecciones en el corto plazo, pero que su sola existencia como contrapeso al régimen era un acto de resistencia. 

Uno de los episodios más ilustrativos de su vitalidad interna fue la crisis de los años setenta, cuando los panistas se dividieron entre participacionistas y abstencionistas. Los primeros defendían la idea de concurrir a las elecciones, por amañadas que fueran, como forma de mantener vivo el reclamo democrático. Los segundos, en cambio, advertían que con ello se legitimaba al régimen y abogaban por retirarse. El desenlace fue histórico, pues en 1976 el PAN no presentó candidato presidencial y dejó sólo al PRI en la contienda. La consecuencia histórica de esta ausencia fue el inicio de la transición a la democracia con la Reforma Política de 1977. El PAN era un núcleo de debate que empujó al sistema hacia la apertura.

No fue el único aporte. En 1963, bajo la dirigencia de Christlieb Ibarrola, pactó con el régimen la figura de los diputados de partido. En los ochenta, negoció las reformas que llevaron a la creación del IFE y el Tribunal Electoral autónomo. Y en 1996, junto con el PRD, impulsó la ciudadanización de los órganos electorales. El PAN fue protagonista de las reformas que acercaron a México a la democracia.

A partir de los años ochenta, el PAN empezó a cambiar con la irrupción del llamado neopanismo. Empresarios y outsiders llegaron al partido con la ambición de ganar elecciones a toda costa. Personajes como Manuel Clouthier o Vicente Fox encarnaban esta nueva lógica, más pragmática, orientada al marketing más que a la reflexión ideológica. El contraste con la visión gomezmoriniana de educar conciencias fue evidente, pues ahora el objetivo era conquistar cargos.

Ese desplazamiento tuvo consecuencias profundas. El PAN ganó gobiernos locales y estatales, y eventualmente la presidencia de la República, pero en la medida en que se convertía en un partido de poder, perdió su identidad ideológica. Lo que durante décadas fue su mayor virtud —la coherencia doctrinaria, la insistencia en principios éticos— fue diluyéndose en un pragmatismo electoral cada vez más similar al del viejo PRI.

La paradoja del PAN es que entró en decadencia cuando conquistó más poder. El partido que había dado lecciones de democracia se volvió indistinguible de los demás, atrapado en escándalos de corrupción, en luchas intestinas y en la lógica cortoplacista de las encuestas y las elecciones inmediatas. La generación que gobernó entre 2000 y 2012 administró más o menos, pero lo grave fue que olvidó la tradición reflexiva que le daba sentido.

Hoy, frente al dominio del regimen obradorista, el PAN aparece como una oposición derrotada. Ya no es la oposición leal que, durante el régimen hegemónico, sostuvo la bandera democrática. Es un partido que perdió su brújula y se conforma con ser parte de una coalición pragmática. El desafío que tiene es el de recuperar la identidad de partido de causas e ideas o quedar reducido a ser un actor secundario en un nuevo ciclo hegemónico.

La historia nos enseña que Acción Nacional fue capaz de mantener vivo el ideal democrático en tiempos mucho más adversos. Si algo le queda de aquella brega de eternidad, es para recordar que la política no empieza ni termina en los votos, sino en la defensa de principios. Esa será la diferencia entre volver a ser una oposición leal o resignarse a ser una oposición derrotada.

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