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sábado, 24 febrero, 2024
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Carlos Rojas, caballero de la cuestión social

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Por: ROLANDO CORDERA CAMPOS •

A fines del siglo XX, el país topó con la agresiva realidad de su empobrecimiento. Tras duros años de ajuste económico y financiero, las brechas sociales parecían haberse profundizado en tanto que el crecimiento de la economía, punto menos que menguaba.

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El gobierno apenas iniciado, encabezado por el presidente Salinas, buscaba consolidar la coyuntura abierta con el Tratado pero tenía que vérselas con una cuestión social ampliada por contingentes y regiones empobrecidos, y con sólidas evidencias de que la distribución económica y social era más injusta que la que privaba en los años anteriores al estallido de la deuda externa y del ajuste draconiano realizado <<para evitar que el país se nos fuera de las manos>>, como dijo el presidente De la Madrid al tomar posesión (1982-1988).

Esa combinatoria nefasta, empobrecimiento e injusticia, puso en riesgo la de por sí precaria estabilidad del régimen político, como lo habían mostrado con valentía e ingenio Cuauhtémoc Cárdenas y sus compañeros del Frente Democrático Nacional. El nuevo gobierno tenía que ofrecer una fórmula político-económica novedosa con la cual se afirmara una nueva ruta para el desarrollo, condensada entonces en el cambio estructural para la globalización, junto con una reforma política, pausada y siempre bajo el predominio de la coalición gobernante.

Como es posible inferir, esos desafíos pronto se probaron como dilemas de difícil y nunca definitiva superación. Así surgió el Programa Nacional de Solidaridad como foro de discusión y reflexión política, desde luego del Pronasol, pero pronto extendido a la circunstancia social que dicho programa, como se advirtió desde su inicio, no podría superar por sí mismo.

En esos coloquios emergió la idea de que más que un programa urgía una política social de Estado, como insistía en denominarla el querido Armando Labra, también miembro del Consejo Consultivo del programa. Nuestra participación fue siempre ad honorem, con la excepción del grupo técnico que presidió en sus inicios Carlos Tello.

En ese contexto, más que problemático, es en el que surge Carlos Rojas como coordinador general del programa y su más comprometido dirigente. Con él pudimos darle a nuestras preocupaciones una perspectiva ambiciosa, asumiendo la centralidad de eso que llamábamos la política social de Estado, e iniciando nutridas discusiones con investigadores y activistas que veían en el Pronasol un vehículo promisorio para explorar combinaciones conceptuales y políticas que ofrecieran caminos para encarar una cuestión social abrumadora, y también corrosiva de los frágiles equilibrios del otrora imbatible orden político económico heredado de la Revolución.

Para Carlos Rojas fue una temporada dura de aprendizaje y proyectos, también de construcción de visiones compartidas y compartibles que auspiciaran formulaciones de política que le dieran a sus convicciones mayor solidez. La búsqueda de una política social de Estado que pudiera responder coherentemente a esa convicción sobre su legitimidad histórica siguió otros rumbos, variados e inesperados, pero la experiencia de Carlos Rojas, vuelta ya sabiduría política, resultó de enorme valía.

Desde el Senado de la República, Carlos Rojas impulsó iniciativas fundamentales que resultaron en la Ley General de Desarrollo Social y el Coneval, punto de partida para evaluaciones y mediciones cada vez más sofisticadas y consistentes. Con ello y el ingenio y formación de un número creciente de académicos e investigadores, México se ha robustecido en la indispensable dimensión de conocimiento e investigación que es propia y primordial de todo Estado social y de bienestar.

Siguen faltando decisiones de orden estrictamente político y constitucional para darle consistencia y ambición a lo que para Carlos Rojas, y para muchos de nosotros es, sigue siendo, un mandato intransferible: la construcción congruente y sostenida de un Estado social, democrático y de derecho. Decisión que tiene que mantenerse como divisa y mandato irrenunciable; como lo postuló con firmeza Carlos Rojas, funcionario ejemplar y modesto luchador por nuestras mejores causas.

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