De la misma manera que en los últimos siete años se nos ha dicho que estamos a punto de entrar en la dictadura, se nos ha dicho también que estamos a punto de la quiebra por destinar recursos públicos a los más pobres.
Lo dicen hace más de dos décadas, cuando López Obrador otorgó la pensión universal a adultos mayores en la Ciudad de México que luego fue copiada a nivel nacional, y lo han repetido en cada programa social que se ha instaurado.
Y luego, cuando no es su responsabilidad cumplir, esas mismas voces proponen ingreso básico universal, subir las pensiones que ellos mismos bajaron, o dejar de pagar las deudas que ellos mismos contrajeron.
En paralelo a ese discurso, hasta hace unos años era imperativo “hacer crecer la cobija” porque era lugar común decir que antes de repartir la riqueza, había que generarla, y por ello, había que evitar molestar a los grandes empresarios con el menor requerimiento de pago de impuestos.
Era un discurso medianamente bien aceptado; costó años y una revolución de las conciencias eliminar la idea de que, si le iba bien al de arriba, automáticamente le escurriría algo al de abajo.
Los mismos que sostenían ese discurso, sostienen también el que rechaza el pago de impuestos bajo el argumento de que sólo sirve para “mantener flojos”, mientras que ese mismo dinero en manos privadas está produciendo, aunque las ganancias de esto queden en muy pocas manos.
Este pensamiento es tan extendido, que a veces hasta quienes forman parte del servicio público lo repiten, e incluso son partícipes del slogan clasista con el que se reprocha cualquier ineficiencia del Estado, el tan famoso “por mí tragas”.
La versión fifí de esta visión está muy bien encarnada en el empresario que llama “gobernícola” a quienes representan al Estado. Se trata de Ricardo Salinas Pliego, empresario que pasó de la medianía al top ten multimillonario mexicano luego de ser el beneficiario de la privatización de la televisión pública, para lo cual contó con la ayuda financiera de Raúl Salinas de Gortari.
Su éxito comercial llegó pronto y con él, además del dinero, llegó también el poder mediático que le permitió garantizar que cualquier político pensara dos veces si valía la pena enemistarse con la televisora del Ajusco.
Así le fue al Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas cuando éste gobernaba la Ciudad de México. Se desató entonces una cacería de noticias amarillistas con las cuales perjudicarlo para lo cual le sirvió como principal insumo el asesinato de Paco Stanley.
La CDMX volvió a votar a la izquierda, pero el poder del magnate era tal, que no tuvo pudor ni freno alguno para tomar por asalto otro medio de comunicación (CNI Canal 40) con pistoleros personales debido a que el dueño de ese medio le debía dinero.
Dicho sea de paso, su cálculo de impunidad fue acertado. No sólo no pasó nada, el asalto concluyó con la incorporación del canal 40 a los otros que ya poseía, y el presidente de la República no fue capaz de emitir más que un despistado “¿y yo por qué?” cuando se le cuestionó la inacción gubernamental ante el asalto.
Envalentonado por esa trayectoria, Salinas Pliego se convirtió en bully profesional, sin empacho en violentar mujeres desde su cuenta de Twitter con insultos personales a quienes no le simpatizan.
Y para las decisiones gubernamentales que le disgustan no basta su reclamo personal en la red social, sino la línea editorial de su medio de comunicación encubierta de contenido noticioso. Así lo vimos con las críticas a los libros de texto gratuitos, los llamados a desobedecer las medidas sanitarias durante el Covid, o, tal como confesó públicamente, usar la programación de su televisora para desincentivar la participación ciudadana en la elección judicial.
Es esperable que su belicosidad crezca ahora que se ha exhibido que el empresario mantiene 32 litigios para evitar, o cuando menos posponer, el pago de impuestos. El más viejo de ellos data de 2008, alcanzando ya una cifra de 74 mil millones de pesos equivalentes al presupuesto de 25 estados según la información oficial.
Parece increíble cuánto tuvo que suceder para que el cobro de esa deuda cuando menos se vislumbrara (aún no se concreta) posible. Tuvo que venir una reforma judicial que hizo visibles a quienes encabezan al poder judicial, la atomización de la atención pública gracias a redes sociales, pero, sobre todo, un cambio de paradigma todavía en curso que ha empezado a dejar atrás la narrativa que hacía de la evasión de impuestos un signo de astucia y no de egoísmo; un motivo de orgullo y no de vergüenza.
Está por verse si se ha hecho lo suficiente.



