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Libertad animal. La perra, de Dominga Sotomayor

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Por: SERGI RAMOS •

La Gualdra 718 / Cine / Festival de Cannes 2026

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[En la Quincena de los Cineastas en Cannes]

La Quincena se ha convertido en la sección que apuesta por un cine formalmente más arriesgado. Allí se presentó La perra, último largometraje de la chilena Dominga Sotomayor, realizadora de Limpia y Demasiado tarde para morir joven, en las que la construcción del espacio cinematográfico adquiría una importancia capital en la película.

 

Un espacio sensorial

La perra es la adaptación de la novela del mismo nombre de la colombiana Pilar Quintana, relocalizada para la ocasión en una isla de Chile. Es curioso observar que el primer plano general aéreo de la isla aparece sólo en la segunda mitad del metraje. Antes, la realizadora construye su geografía explotando plenamente la capacidad del montaje para crear un espacio propiamente cinematográfico.

La perra se presenta ante todo como una película que demuestra una entusiasmante libertad formal, íntimamente ligada a la localización en la que fue filmada. La película apela a una exacerbación de la sensorialidad, convirtiéndose en una experiencia casi inmersiva (hay que verla en cines) que envuelve al espectador por la magnificación de los elementos naturales. El diseño de sonido restituye una naturaleza desatada, un espacio auditivo hecho de olas, viento y ladridos. 

Fotograma de La perra, de Dominga Sotomayor.
Fotograma de La perra, de Dominga Sotomayor.

El mar

Los personajes se desenvuelven en este espacio, que sin ser del todo hostil, amenaza permanentemente con desequilibrarlos. Silvia, la protagonista interpretada por Manuela Oyarzún, se sumerge una primera vez entre las aguas, vestida de neopreno, sin que el espectador la vea salir. La segunda vez, sale recubierta de las algas que ha recogido para venderlas, como un monstruo al que el mar hubiera concedido atributos propios.

El mar es otro gran protagonista. En la primera secuencia, unos pescadores rescatan a un perro del agua, sin que nadie sepa de dónde ha salido. En la siguiente, unos niños de la isla contemplan unos cachorros, también sacados de las aguas. El mar devuelve la vida, pero como saben los isleños, también la quita.

Dominga Sotomayor, directora de La perra.
Dominga Sotomayor, directora de La perra.

Mujer y perra

Yuri,* uno de estos cachorros se convierte en la otra gran protagonista de la película, al ser adoptada por Silvia. Las vidas de las dos van a quedar estrechamente ligadas, pero aquí también la película ofrece una gran libertad a los personajes y al espectador, al retratar su relación como una forma de vaivenes, de acercamientos y separaciones, que abren la narración y la representación de cada una de ellas. La perra es representada como un ser incontrolable, y la cámara la sigue en secuencias despojadas de cualquier finalidad narrativa, como cuando ésta se dedica a espantar a unos caballos o cuando se toma el tiempo de filmar su adormecimiento.

La adopción Yuri provoca una reacción en Silvia que constituye el núcleo de la película. Una historia de culpa que viene del pasado en la que se enraíza su frustración y en particular su relación con la maternidad. Incluso el acceso a este acontecimiento pasado no funciona como un simple flashback, sino que arrastra la película hacia otro nivel de representación, sometiéndola a un giro que se integra orgánicamente con el resto del relato. 

Del mismo modo, la utilización de algunos lugares simbólicos, como una cueva o el gas que desprende el mar que puede arder sobre el agua, conservan su autenticidad por ser elementos materialmente integrados en el paisaje de la isla. Sotomayor introduce sin embargo una cierta explicitación del personaje a través de las letras de las canciones que la protagonista escucha por televisión. Esto no impide que La perra sea sin duda una de las propuestas más estimulantes del festival.

 

La entrevista:

“La película es el documento de la experiencia del rodaje”

[Entrevista a Dominga Sotomayor, directora de La perra]

 

Sergi Ramos: ¿Cómo planteas la adaptación del territorio colombiano de la novela de Pilar Quintana a Chile?

Dominga Sotomayor: El desafío era encontrar cuál iba a ser esa nueva selva. Una de las cosas que me encantó de la novela era la conexión de la protagonista con el paisaje colombiano, salvaje y caluroso pero extranjero a mí. Me parecía clave la conexión con ese paisaje dramático que la acompaña pero también la espeja. 

El desafío fue emprender ese viaje en Chile, que yo intuía que debía ser una playa fría, con riscos… Así nos encontramos con esta isla que se llama Isla Santamaría, que yo no conocía, y surgió la idea de filmar la mitad en esta isla y la otra parte en el continente, simulando que era el mismo sitio. Inventamos una isla, como imaginar un territorio que no existe, crear un mapa de una isla inventada. También fue crucial encontrarme con el mundo de la recolección de algas, para mí fue como la selva en la que el humano se une con la naturaleza.

 

SR: ¿Cómo el rodaje en esa isla pudo modificar el guion que teníais escrito?

DS: Había un guion muy bien escrito, pero el rodaje fue un ejercicio de acción reacción, que aportaba ideas, pensamientos. Para mí es muy importante que el sistema sea el territorio. Empezamos de manera muy libre el rodaje, hay cosas que surgieron y sabíamos que iban a surgir. Es la aventura de Yuri, ahí aparece lo de los caballos. Está libre, hay que seguirla por la isla. Muchas cosas son espontáneas, pero también surgen del vínculo que se crea entre ellas. Las perras no eran adiestradas, adoptamos a las dos que eran abandonadas. Era muy importante que fuera una perra salvaje. Hay un guion y la película responde a él, pero nunca para mí una película es un guion llevado al cine, sino que la película es el documento de la experiencia del rodaje.

 

SR: El diseño de sonido está muy cuidado…

DS: Había muchas ideas, me gusta esa sensación de que el interior y el exterior están fundidos, como el humano y la naturaleza. Quizá se escucha más el mar en el interior que en el exterior. Había también un tema con la cueva, como suena ese trauma, para nada realista sino más expresivo. Es una película de exteriores pero con un paisaje muy interior. Se trata de un sonido como si uno lo escuchara como sordo en uno mismo. Y por otro lado es también un tiempo muy interior, un presente ligado a un pasado, que es necesario conectar. El tiempo no es tan cronológico sino emocional.

 

* Yuri obtuvo la Dog Palm este año.

 

 

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