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sábado, 27 noviembre, 2021

¿Un nuevo gobierno en Líbano o más de lo mismo?

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Por: Carlos Martínez Assad •

En la crisis económica y social que se vive en Líbano desde 2017, incrementada con las explosiones en el puerto de Beirut de 2020, luego de un interregno de 13 meses, se ha logrado conformar un gobierno.

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En ese lapso político el país siguió funcionando, pese a todo, con el gabinete anterior encabezado por Hassam Diab, que había renunciado. Y para entender los entretelones del sistema libanés, el presidente Michel Aoun había nombrado primer ministro para formar el gobierno a Saad Hariri, quien no lo logró, a pesar de la experiencia de haber sido primer ministro en otras dos ocasiones.

El primer ministro Najib Mikati logró formar un gobierno el 10 de septiembre pasado. No parece que la clase política haya tomado en cuenta las manifestaciones que tomaron las calles para reclamar la formación de un gobierno diferente a los conocidos, que no fuera encabezado por los mismos hombres de negocios ni fuera negociado de acuerdo con las comunidades religiosas existentes y en la desesperación se escuchó la propuesta de preferir un gabinete de tecnócratas. En el fondo el ánimo era el de la creación de un gobierno nacional donde prevaleciera esa identidad única, más que las identidades religiosas. Fue la propuesta de los jóvenes, los principales participantes en las demandas callejeras. Y fue importante que en ellas se mezclaron musulmanes y cristianos coincidentes en la idea del cambio.

Sin embargo, no parece que haya llegado el momento de buscar en Líbano otro camino que el ya conocido, pese a las voces en contra y a las necesidades que la clase política no ha logrado resolver por la crisis social a punto de convertirse en crisis humanitaria, por el alto precio de la vida y la carencia de alimentos. El problema es tal que ya como medida extrema los ministros de Economía, Raoul Nehmé, y el de Asuntos Sociales, Ramzi Moucharrafiyé, antes de concluir sus encargos, lanzaron un plan de apoyo a las familias más afectadas que serían beneficiadas a partir de octubre con 126 dólares mensuales para su supervivencia. A saber si el nuevo gobierno respetará ese compromiso.

Contrariamente a esa dramática situación social del país, el primer ministro designado es actualmente el hombre más rico del país y ya en tres ocasiones anteriores –en 2005, 2011 y 2014– ocupó el cargo por sus dotes de mediador político. Líder del partido Movimiento Azm, conduce junto con un hermano un imperio de negocios que formó desde Trípoli, su ciudad natal. Y como lo marca la tradición, es sunita, como debe ser el primer ministro, en tanto la presidencia corresponde a un cristiano maronita, como es la comunidad de pertenencia de Aoun.

Así, el nuevo gobierno, compuesto por 24 ministerios, está lejos de ser todo lo que se proponía, principalmente el reparto de puestos entre las comunidades. Así, hay cinco maronitas y cinco sunitas que se refuerzan con quienes están allí por ser siete representantes del presidente Aoun y siete del primer ministro Mikati; eso sí, coincidentes con siete cercanos al Partido de Dios, Hezbolá, un par de drusos por supuesto próximos al líder histórico Joumblat, y quizás un par de independientes que coinciden con los claramente tecnócratas y algunos son greco-ortodoxos. Es decir que el clientelismo sectario resultó la única forma posible para aglutinar fuerzas y formar gobierno. Y como una grata concesión, Najla Riachi será la única mujer encargada del Ministerio de Estado para el Desarrollo Administrativo; ella es diplomática de carrera y fue representante ante la ONU en Ginebra entre 2007 y 2017, así como directora del Ministerio de Asuntos Extranjeros. Una mujer profesional que sin duda muestra que otras mujeres destacadas podrían haber figurado en el gabinete.

Entre los tecnócratas, Johnny Corn, ministro de Comunicaciones, es un maronita graduado en ventas en Nashville, quien ha sido directivo de la compañía General Paint, con base en Líbano con actividades en el sector automotriz en Estados Unidos y Francia. Lo mismo está el ministro de Energía, Walid Fayad, griego ortodoxo, con doctorado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y diplomado en la École Polytechnique, de donde han egresado varios de los recientes presidentes de Francia. El ministro de Información resulta singular, el maronita Georges Gordahi, es conocido por conducir la versión libanesa del famoso programa Quiero ser millonario, en la versión árabe de la cadena MBC. Fue separado de la misma luego de realizar una entrevista al presidente de Siria, Bachar el-Asad, en 2011. Se unió desde entonces a la cadena al-Mayadena, próxima al régimen sirio y a Hezbolá.

Resulta controvertida la presencia del chiita Youssef Khalil como ministro de Finanzas; profesor de la Universidad Americana de Beirut y dirigente de la Asociación Libanesa de Microfinanzas –con fondos del gobierno estadunidense–, ha sido director de operaciones financieras de la Banca de Líbano, controvertida posición por considerársele en parte responsable de la crisis económica del país.

Es de señalarse las coincidencias de los ministros por lo general educados en universidades de prestigio, varios con doctorado, activos en la docencia y algunos sin relación con los gobiernos previos. Ya en lo político o quizás cultural, algunos de los ministros muestran cercanía con Hezbolá, aún siendo maronitas; lo mismo se encuentran simpatizantes del régimen sirio, lo que hace pocos años hubiera sido imposible.

Entre las reacciones que ha generado el gobierno está el beneplácito de Emmanuel Macron, presidente de Francia, también de la ONU, de la Liga Árabe, de los gobiernos de Catar y de Egipto. En el interior, Samy Gemayel, del Partido Kataëb, que opera como organización familiar de los maronitas, consideró que el gobierno logró formarse hasta lograr la complacencia de Irán con la influencia de Hezbolá. Y Baha Hariri, hijo de Rafic y hermano de Saad, expresó que el gobierno se formó con la misma clase política que llevó al país a la situación en la que se encuentra.

Mientras tanto Hezbolá, lejos de cualquier protocolo, opera como si fuera parte del Estado, cuando su líder, Hassan Nasrallah, negocia la recepción de los hidrocarburos que tanto requieren los libaneses para contar con electricidad y agua. Se trata de tres embarcaciones que desde Irán surtirán al país del combustible necesario, aunque deben sortear la amenaza de Estados Unidos de impedirlo, que quizás la administración Biden conceda que se trata de una acción humanitaria. 

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