En Palestina, sin embargo, está Gaza, una ciudad poderosa y muy bien fortificada. Por eso los persas lo llaman su tesoro.
-Pomponius Méla, De Chorographia, año 43 d.C.
En un correo a la redacción de La Jornada (18 de mayo) se publicó una nota de Humberto Musacchio respecto a la Nakba aseverando ciertos “hechos históricos” que me gustaría comentar.
Comenta el autor de la carta que, en 1948 durante la Nakba, los palestinos abandonaron su tierra porque los gobiernos árabes les ordenaron marcharse. Esta aseveración, parte de la narrativa del Estado colonialista de Israel, ha sido ampliamente refutada por numerosos estudios históricos, incluidos los realizados por historiadores israelíes como Ilan Pappé, Benny Morris y Avi Shlaim. La apertura de archivos militares y estatales israelíes permitió demostrar que el éxodo palestino de 1948 estuvo ligado de manera fundamental a masacres, expulsiones forzadas y campañas de terror dirigidas contra la población palestina. La noticia de estas matanzas se extendió rápidamente y provocó el éxodo de muchas comunidades que temían correr la misma suerte. Más de 500 ciudades y pueblos fueron arrasados por las milicias judías sionistas cometiendo el crimen de limpieza étnica del pueblo palestino. Presentar el éxodo palestino como resultado de órdenes de los países árabes reproduce una narrativa falsa que ha sido contradicha por la investigación histórica contemporánea.
Por otro lado, en noviembre de 1947, al momento de la aprobación de la partición de Palestina por la recién creada Organización de Naciones Unidas, en el territorio que hoy es Israel y los territorios palestinos ocupados ilegalmente por Israel (Gaza y Cisjordania incluida Jerusalén Este), 70% de la población era palestina (cristiana y musulmana), y 30% de la población era judía. Al nuevo Estado judío se le otorgó el 56% del territorio en donde habían vivido y crecido generaciones de palestinos desde épocas inmemoriales. Este proyecto no podía ser aceptado por los palestinos: la mayor parte de su territorio había sido asignada al nuevo Estado judío y cientos de miles de palestinos estaban destinados a dejar su tierra. Debemos señalar la doble falta moral cometida con esta votación: por un lado, se decidía la partición y redistribución de tierras de un país entero, Palestina, sin consultar a su población autóctona, haciendo caso omiso del principio de autodeterminación de los pueblos; por otro lado, no se puede ignorar la injusticia de una decisión que otorgaba más de la mitad del territorio a una población que representaba menos de la tercera parte de la población total (y que era en su gran mayoría extranjera, sólo el 10% de los judíos eran nativos de Palestina) y que poseía menos del 6% de la tierra.
Asimismo, la afirmación según la cual “no existía Palestina porque no había un Estado palestino independiente” es históricamente engañosa y confunde deliberadamente la existencia de un Estado con la existencia de un pueblo, una sociedad y una identidad nacional. El hecho de que Palestina estuviera bajo mandato británico no significa que no existiera una población palestina con una historia, una cultura, instituciones sociales y una conciencia colectiva propias. A lo largo de la historia numerosos pueblos existieron antes de ser independientes. Los mexicanos existíamos antes de la proclamación de la independencia de México. Durante el Mandato Británico de Palestina (1920-1948), existían periódicos palestinos, organizaciones políticas, sindicatos, una vida cultural y una población palestina que se identificaba como tal frente al colonialismo británico y al proyecto sionista. Afirmar que “no existía Palestina” porque no había un Estado soberano constituye una simplificación profundamente deshonesta desde el punto de vista histórico, se trata de un pensamiento profundamente racista.
Finalmente, la afirmación de que el muftí de Jerusalén entró en contacto con los nazis suele utilizarse de manera simplificada y descontextualizada para intentar asociar retrospectivamente al muftí y al conjunto del nacionalismo palestino con el nazismo. Es importante subrayar que después de la revuelta palestina (1936–1939) contra el mandato británico y la inmigración sionista, en donde alrededor del 10% de la población masculina palestina fue asesinada, exiliada o encarcelada, el muftí fue perseguido por los británicos y huyó al Líbano, luego a Irak y a Berlín en 1941. Su objetivo principal era buscar apoyo internacional contra el dominio británico en Palestina y el proyecto sionista. Es cierto que Amin al-Husseini tuvo contactos con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Ese hecho está documentado y no debe negarse. Sin embargo, todos los historiadores coinciden en que las políticas nazis fueron concebidas, organizadas y ejecutadas por el régimen alemán de manera autónoma, dentro de una maquinaria estatal e ideológica profundamente antisemita desarrollada en Europa. Resulta histórica y éticamente deshonesto extrapolar la conducta de una figura, cuyo papel fue inexistente en la perpetración del genocidio judío, al conjunto del pueblo palestino y mencionarlo en el contexto actual del genocidio del pueblo palestino. Es una falta deontológica y moral.
Autora del libro: Palestina/Israel: una mirada a la historia, Aguilar, 2025.



