La Gualdra 705 / Personajes de la cultura
Por Andrea Monserrat Ruiz
Para Ane
El día tenía que llegar y mi plazo se cumplió. Postergué estas líneas todo lo que pude para escribir sobre él. Empecé a hacer notas de las cosas que me lo recordaban, las tenía por todos lados; mi cabeza se revolvió mucho, y no me malentiendan, estoy feliz de estar aquí con todos ustedes, me siento honrada de estar en este recinto de la Universidad de Guanajuato, en la ciudad que el periodista Huemanzin Rodríguez caminó tanto, que comió tanto y que bebió más de tanto. Pero es verdad que mi intranquilidad radicaba especialmente en algo, porque mi preocupación no era la de hablar del amigo que tanto amo y del que hoy nos convoca su legado tras su muerte, sino pensar: ¿con qué criterio hablaría yo de él?, ¿con qué autoridad podría aportar del periodista que admiraron miles de personas todos los días por más de dos décadas a través de la señal del Canal 22? ¿Cómo hablar de mi rockstar favorito?
Y entonces, un amigo que mucho sabe me dijo: “Habla desde el corazón”. ¡Gracias, Marcos! Quizá debo dar por hecho que quienes están aquí saben quién fue Huemanzin Iyolocuauhtli Rodríguez Méndez, pero prefiero no obviar nada y aprovecharé para enumerar algunas de sus múltiples cualidades (y creo que muy dentro de él le hubiera gustado): Elocuente; voz hermosa; una memoria envidiable y conexiones neuronales que siempre lograban ligar el inicio de una historia con el final; una presencia que llenaba cualquier lugar, pues no tenía que hacerse presente para saber que estaba ahí; exquisito gusto musical; ácido en su humor. ¡Cómo voy a extrañar eso!
Alguien que quiero me dijo que el orden es para aquéllos que no tienen talento, y sin duda Huemanzin tenía su propia concepción del tiempo; jamás llegaba a la hora acordada; ¡sin duda era un genio! Y por último en mi lista, él fue un excelente periodista; un maestro del periodismo cultural. Huemanzin sabía cómo ver las cosas, lograba reconocer con sus sentidos los elementos que rodeaban a un objeto, un lugar o una situación. Observaba detenidamente y continuaba. ¡Siempre continuaba!
Ejercía el periodismo a través de su curiosidad, en torno a todas las artes que, en su vida, conoció porque las practicó, como la música que interpretaba y componía, sus dibujos de paisaje a lápiz, sus caricaturas en un mantel de restaurante, que dibujaba sólo para hacernos reír; y sus hermosas fotografías que siempre fueron bellas, pero que en sus últimos años contaban una etapa de reconocimiento y madurez. ¡Y es que Hueman vio tanto! A través de su mirada, nos enseñó de las obras de cineastas mexicanos y de todas partes del mundo, nos mostró las visiones de sus viajes y lecturas ¡Cuánto leyó!, ¡cuánto entendió de todo lo que leyó!, ¡cuántas imágenes construyó por medio de esas letras!, ¡cuánto de ello nos compartió!

Todo esto no nos sorprende, porque Huemanzin sabía narrar. Sabía reconocer un personaje, una gran historia en las pequeñas cosas, sabía de los charlatanes y conocía las injusticias gracias a su aproximación con el otro. Su conocimiento de la música le dio tiempo y ritmo a sus crónicas e historias, pero su humanidad lo hizo un periodista inolvidable. A lo largo de su carrera entrevistó a los más grandes: Premios Nobel, escritores y músicos que encontraba tras largas investigaciones, y que a veces, sólo él conocía y cuyos nombres sólo él podía pronunciar (muy a su manera); compartió espacio con los intelectuales y aun así siguió aquí, siempre con nosotros y con “nosotros” no me refiero sólo a sus amigos, sino a todos a quienes les dejó un poquito de sí, con alguna charla, con alguna palabra.
Creo que su generosidad era su más grande cualidad. Alguna vez, en una de aquellas tardes en su apartamento de la calle de Pedro Romero de Terreros, en la CDMX, me dijo que la humildad era lo único que no debías perder ¡nunca!, porque es un viaje sin retorno y si la pierdes, se pierde la esencia, se pierde el rumbo: algo sabía Hueman, porque aunque llenó el cuadro televisivo durante décadas, seguía con nosotros, los “impopulares”. Siempre con nosotros.
Él sabía que un periodista también levanta la voz cuando es necesario y en 2015 lo demostró. Tras la censura ocurrida en Canal 22 (por parte de cierto personaje cuyo nombre no merece ser mencionado en este recinto), evidenciada con el despido de Juan Jacinto Silva (con quien hoy comparto mesa), Huemanzin se pronunció y firmó. Habló frente a cámaras y periódicos sobre este acto de injusticia. Dio la cara por un lugar que valoraba pero, sobre todo, por el periodismo y la voz de quienes lo ejercen. En ese momento, sabía que podía perderlo todo, y con todo me refiero a una paga que nunca fue muy alta comparada con su enorme desempeño, pero que le era indispensable para solventar la renta (que no siempre podía cubrir en tiempo) o para comprar sus aceitunas y queso (base de la alimentación en aquel apartamento).
Pero Hueman era más que eso: sabía lo que sabía y sabía para qué debía servir. Sabía que Canal 22, ese medio fundado por artistas e intelectuales era un espacio que debía defenderse y que la ética periodística debía prevalecer. Así, tomó la lucha y le dio cara, le dio voz, aunque después de eso nada se pondría mejor para él. Comenzó el acoso, la marginación y con ello también las inseguridades, los temores; era un grande, pero también las grandes mentes se doblegan ante la injusticia.
Fue entonces que comenzó el viaje del héroe, de ese pequeño gran viajero (1):migró con sus sueños, sus esperanzas, su gran amor, Ane, con su calidad moral y su gran espíritu. Así, el periodismo cultural perdió; lo perdió a él con sus grandes reflexiones e historias, pero también perdió la formación de una nueva generación de periodistas culturales y lo digo por experiencia propia. Conocí a Huemanzin cuando yo tenía 19 años. Era mi etapa formativa real, por fin había llegado a un medio público (Canal 22, mi casa), llegué para aprender, aprender de él, ¿qué?, ni yo sabía: primero fue escucharlo, después charlar con él y al final discutir sobre políticas culturales constantemente y a deshoras. Huemanzin y yo no siempre estábamos de acuerdo, pero siempre terminábamos esas charlas con ideas movidas, o por lo menos eso pasaba conmigo.
Por eso creo que un periodista cultural genera cambios importantes por el impacto de sus investigaciones, sus escritos y palabras, pero también con su ética, con su lealtad y congruencia. Estoy convencida que la formación es compartida entre el aula universitaria y quienes son tus primeros maestros profesionales en el trabajo. Yo no tengo el valor de autonombrarme periodista, oficio que respeto profundamente, pero sí sé que hoy no sería quien soy sin su paso por mi vida. ¡Gracias, maestro!
Gracias por haberte detenido con cada persona que te quería conocer, que te quería preguntar algo y compartir algo. ¡Fuiste grande, eres grande! Recientemente me he preguntado mucho por ello: ¿sabía él de lo grandioso que era? Me duele el corazón de pensar que no lo supiera en vida, que no imaginara recibir tantos reconocimientos y hasta una Presea Cervantina.
Y finalizo: hoy hubiera preferido no estar aquí frente a ustedes (no se ofendan). Hubiera preferido estar en algún callejón de Guanajuato con el día soleado, destapando una botella de vino al lado de Perla, de Chava, de Marcos, de Ollin, de la hermosa Ane, de todos los amigos que irremediablemente se convertían en cercanos, y al lado de él.
Huemanzin Iyolocuauhtli Rodríguez: fuimos afortunados de leerte, de escucharte y de amarte; sin duda fueron los mejores años de nuestras vidas. Hoy, después del trabajo, probablemente iremos a cenar, reiremos y te recordaremos; estaremos vacíos… pero tomados de las manos. Te amo y gracias por tanto.
*Texto leído durante el Homenaje a Huemanzin Rodríguez, in memoriam, organizado por la Cátedra Cervantina del Festival Internacional Cervantino, el pasado 14 de octubre de 2025 en la Universidad de Guanajuato.
(1) Pequeños Viajeros fue un programa educativo infantil de Imevisión, una cadena de televisión pública mexicana, durante la década de 1980 y principios de la de 1990. Huemanzin Rodríguez apareció al inicio de su carrera en este programa, donde se forjó una reputación en el periodismo cultural.
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