En el marco del Día del Médico, el doctor Juan Carlos Ramírez Sánchez, especialista en reumatología, compartió para el medio una historia que va más allá de la bata blanca y los consultorios: una trayectoria marcada por la vocación, la disciplina y el profundo compromiso humano que implica sanar.
Su vocación comenzó a gestarse en la preparatoria, cuando aún buscaba qué rumbo tomar en su vida profesional. “Tenía la intención de estudiar algo relacionado con el cuerpo humano”, recordó. Fue entonces cuando, junto con un familiar, decidió inscribirse a un curso de paramédico en la Cruz Roja Mexicana, donde integró la primera generación de paramédicos del estado. Durante los nueve meses de formación, las guardias semanales y la atención directa a personas accidentadas o enfermas definieron su futuro. “Ahí fue mi primer contacto real con el área de la salud, y eso reafirmó mi intención de estudiar medicina”, afirmó.
Tras aquella experiencia decisiva, ingresó a la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), en la Facultad de Medicina Humana y Ciencias de la Salud, donde cursó los cinco años de licenciatura. Posteriormente realizó su internado en el Hospital del IMSS Dr. Emilio Varela Luján y su servicio social en la comunidad de Los Haro, en el municipio de Jerez. Concluido este proceso, se preparó para el examen de residencia médica, que ese año, recuerda con precisión, se aplicó en el gimnasio Marcelino González, en Zacatecas.
“Aplicar para especialidad es un momento muy esperado, y en mi caso opté primero por medicina interna, porque para ser reumatólogo es requisito haber cursado al menos dos años de esa especialidad”, explicó. Su formación como internista la realizó entre Zacatecas y Torreón, en la clínica 71 del IMSS. Posteriormente, se trasladó a la Ciudad de México, al Hospital de Especialidades Dr. Antonio Fraga Mouret, del Centro Médico La Raza, donde se especializó en reumatología.
Concluyó en 2018 y trabajó dos años más en Ciudad de México. Finalmente, decidió regresar a su tierra natal, donde se incorporó al Hospital General “Luis González Cosío” de la Secretaría de Salud y, de forma paralela, inició su labor como docente en la UAZ. “Coincidió que en ese tiempo se actualizó el plan académico e ingresó por primera vez la materia de reumatología, así que tuve la fortuna de sumarme como docente”, comentó.
Como muchos médicos, el doctor Ramírez conserva vívidos recuerdos de sus primeros años como estudiante. “Todavía nos tocó cursar medicina en el Paseo de la Bufa, donde estaba antes la escuela. El primer semestre era durísimo, sobre todo con la materia de anatomía”, relató. Pasaba largas horas entre libros y disecciones en el anfiteatro, experiencias que, aunque impactantes, fortalecieron su carácter.
Durante sus prácticas comprendió
el verdadero sentido de la medicina:
el contacto humano con los pacientes
“Éramos 54 alumnos al iniciar, y muchos se iban quedando. Las materias básicas como farmacología o embriología eran muy complicadas”, rememoró. Más adelante, durante las prácticas hospitalarias, comprendió el verdadero sentido de la medicina: el contacto humano con los pacientes. “En los hospitales es donde realmente se aprende. Las jornadas eran pesadas, entrábamos a las 7 de la mañana y salíamos al día siguiente por la tarde, pero ahí uno entiende lo que significa ser médico”.
En aquellos años, la información no estaba al alcance de un clic. “Antes teníamos que buscar los artículos en las bibliotecas de los hospitales, no había nada digital. Ahora los alumnos la tienen más fácil, pero también depende de saber usar las herramientas”, comentó con una mezcla de nostalgia y orgullo por el esfuerzo que su generación realizó.
Hablar con el doctor Ramírez es descubrir la dualidad que viven quienes dedican su vida a la salud: la empatía que los acerca al paciente y la fortaleza que deben mantener ante la adversidad. “A veces la gente dice que los doctores ya no sienten nada, pero no es así. Hace poco tuvimos un caso muy difícil en el hospital. Se le administró todo lo que la literatura indicaba a la paciente, y aun así falleció. Son cosas que pesan”, confesó.
El médico explicó que, aunque las emociones están siempre presentes, se debe mantener la serenidad para acompañar a las familias. “Uno no puede ponerse a llorar con ellos. Deben encontrar cierta fortaleza en nosotros, o al menos tranquilidad. Es muy difícil, sobre todo las primeras veces, pero con el tiempo aprende uno a equilibrar las emociones”.
Ese equilibrio, dice, lo encuentra también en su familia. “Conocí a mi esposa desde el segundo semestre de la carrera. Empezamos como compañeros, después como pareja, y finalmente nos casamos. Ella también es médica, nefróloga pediatra, y nos apoyamos mucho. Hemos crecido juntos en lo personal y profesional”. Incluso, compartió que en ocasiones atienden pacientes en común, ya que algunas enfermedades renales tienen un origen autoinmune. “Hay mucha comprensión mutua porque ambos sabemos lo que implica este trabajo”, agregó.
Su especialidad, la reumatología, tiene algo de detective. “La mayoría de las enfermedades que vemos son raras y difíciles de diagnosticar. Es común que los pacientes hayan pasado por tres o cinco especialistas antes de llegar con nosotros”, explicó. Esa espera prolongada genera angustia en los enfermos, y a veces llegan cansados o desconfiados. “Parte del reto es tratarlos con empatía, entender que vienen frustrados porque no encuentran respuestas”.
Para el doctor Ramírez, lo más gratificante ocurre cuando esos mismos pacientes (aquellos con mal pronóstico o enfermedades graves) logran mejorar. “Ese es el mayor logro, ver que salen adelante cuando parecía imposible. No hay reconocimiento más grande que eso”.
Además de su labor clínica, el doctor Ramírez disfruta enseñando a las nuevas generaciones. En sus clases insiste en que el conocimiento médico no basta sin valores humanos. “La dedicación es esencial. Medicina es una carrera absorbente; se pierde contacto con amigos y familia, pero la entrega es parte del compromiso”.
“Ser médico no se trata de
buscar prestigio o comodidad,
sino de mantener un genuino
interés por la vida del otro”
También consideró la empatía como pilar del ejercicio médico: “Si uno no entiende al paciente como persona, difícilmente podrá ayudarle. La comunicación con el equipo, con el paciente y con su familia es fundamental”. En sus palabras, ser médico no se trata de buscar prestigio o comodidad, sino de mantener un genuino interés por la vida del otro.
Al preguntarle si volvería a elegir la misma profesión, no duda un instante. “Sí, lo volvería a hacer sin dudarlo. Es una carrera exigente, pero gratificante. Te enseña a valorar cada aspecto de la vida y te da la oportunidad de ayudar a los demás, incluso en los momentos más difíciles”.
En cada palabra del doctor Juan Carlos Ramírez Sánchez se refleja el espíritu de quienes, día a día, sostienen el sistema de salud con su esfuerzo silencioso. Su historia, marcada por la disciplina y la sensibilidad, es también la de cientos de médicos que, desde Zacatecas, han hecho de su profesión un acto de servicio.
En el marco del Día del Médico, su testimonio recuerda que detrás de cada diagnóstico hay una historia de sacrificio, largas jornadas y un compromiso que no termina al salir del hospital. “Es una carrera que requiere saber de todo un poco, pero, sobre todo, saber escuchar y comprender al ser humano que hay frente a ti”.



