La Gualdra 700 / José Alfredo Jiménez / 100 Años
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En ¡Hasta el último trago… corazón! (Déjame disfrutar films, 2005) Chavela Vargas asegura que cuando José Alfredo Jiménez dice “te vi llegar y sentí la presencia / de un ser desconocido”, se refiere a Dios. Dicho de otro modo, Chavela afirma que en José Alfredo, el amor es Dios.
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Yo era apenas un adolescente cuando me emborraché con mi padre por primera vez. Entre trago y trago, y dilucidando sobre José Alfredo, deduje que su canción más bella era Un mundo raro. A mi padre le parecía que la más hermosa era Ella. Un brindis como aquél se volvió habitual por esa época. Mi parte favorita de las veladas era desmenuzar los versos del Rey, y hacer una especie de análisis semántico con las pocas habilidades que había desarrollado en mis clases de lectura y redacción en el CBTis.
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Un mundo raro me recordaba mi propia rareza. Me hacía sentir que estaba bien. Deseaba desesperadamente algún día amar tanto como para dedicársela a alguien en el triste adiós. Afortunadamente la guardé para mí.
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En 2002 conocí a Don Chava, un hombre campirano dueño de tres vacas que vivía con su esposa Cata y sus dos hijos allá por el cerro de La Española. Lo primero que me agradó de Don Chava, fue que era tocayo de mi padre. Lo segundo, que tocaba la guitarra y tenía en su repertorio Un mundo raro. Solía decir: “Esta va para mi amigo Daniel”.
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En mi pueblo, el único Don Chava era mi padre, y se sabía todas las canciones de José Alfredo.
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En mi niñez, me contaba que José Alfredo era su compadre. Naturalmente le creía, era mi padre y ambos usaban sombrero. Me contó también que José Alfredo le dedicaba canciones en sus conciertos. Nunca quise preguntarle quién, entre todos mis hermanos y hermanas, era el ahijado: quería ahorrarme el rencor de no ser yo.
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En el universo fronterizo de Luis Humberto Crosthwaite, podemos leer: “y José Alfredo estaba junto a Dios, y José Alfredo era Dios”. Lo pienso como un guía sentimental de los pasos de los migrantes.
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Mi padre conoció a José Alfredo en la frontera. Allí se hicieron compadres. Luego se emborracharon en el Valle de Salinas, cuando mi padre iba a sus conciertos tras largas jornadas empacando lechugas.
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Igual que mi padre, siempre he pasado bastante tiempo en carreteras. Algo me hiere cada vez que paso por Salamanca.
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Di que vienes de allá.
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Por otro lado, es mi orgullo haber nacido en un pueblo muy pequeño. Pero no lo sabía. Lo supe hasta que mis posibilidades de volver se hicieron esporádicas.
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Un día escuché Las ciudades en la voz impresionante de Lola Beltrán. Me acababa de mudar a la ciudad de Aguascalientes. Echaba de menos Morelia. Ninguna de las dos era tan grande como para hacerme sentir el agobio que me producen las ciudades. Me serví un tequila y lloré.
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En mi siguiente visita a casa, nos sentamos a cantar y brindar bajo el camichín del patio, con el rasgueo de cuerdas de mi hermano en la guitarra que me regaló mi madre. Le dije a mi padre: “La canción más hermosa de José Alfredo, y tal vez de todas las canciones, es Las Ciudades”. Me dijo: “Ya estás aprendiendo”, y la cantamos juntos.
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Un día le dije a mi padre: “Creo que esa canción habla de Dios”, apropiándome de aquella fascinante interpretación de Chavela Vargas.
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Te dije adiós / y sentí de tu amor otra vez la fuerza extraña.
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A veces mi hermano y yo cantamos Las Ciudades, en la ausencia de nuestro padre. ¿Qué estaría sintiendo José Alfredo cuando la escribió?
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Todo indica que Las ciudades se lanzó en 1971, el mismo año en que aconteció el terrible y trágico Jueves de Corpus.
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En una de las últimas ocasiones en que mi padre y yo nos emborrachamos juntos, me dijo que algo era totalmente cierto en aquella preciosa ficción: José Alfredo sí le dedicó una canción en un concierto en Salinas. Antes de que subiera al escenario, se saludaron en la barra, se tomaron un tequila y brindaron por México. Cuando estaba por interpretar Caminos de Guanajuato, José Alfredo dijo al micrófono: “Esta canción va para mi compadre Chava, de Michoacán”.
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Salud por ambos.
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