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Pan ¿con lo mismo?

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

Habiendo tenido sus máximos logros electorales en este siglo y siendo el partido más antiguo del espectro político mexicano, el Partido Acción Nacional (PAN) requirió un relanzamiento con la esperanza de volver a posicionarse en el electorado mexicano. 

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Su crisis de identidad es peculiar pues se da en contrasentido de las que han padecido otros partidos. Movimiento Ciudadano suena fresco y diferente, pero lleva tan poco tiempo caminando en solitario, que aún es difícil descifrar si votar por él es hacerlo por las ideas de Amalia de García o por las de Samuel García. 

El Partido Verde, tan dúctil como lo requiera la alianza que en turno, ha ido y venido de ideas contrarias, sin embargo, por su número de curules y escaños provoca la envidia de su otrora hermano mayor, el PRI, el aliado del que el PAN ahora quiere sacudirse. 

La urgencia de reconfigurar la identidad de Acción Nacional no se debe ni a los problemas de juventud de MC, ni a los de los vaivenes habituales en el Verde. Viene de aliarse con el partido que inspiró su nacimiento por la necesidad de contraponerse a él. 

El matrimonio llegó hace apenas unos años, cuando sus emblemas aparecieron juntos en las boletas electorales y asumieron como propio el apodo que sus adversarios les habían puesto para desnudar su complicidad: el PRIAN. 

No obstante, el amasiato es muy anterior. Álvaro Delgado, en un libro del mismo nombre, lo sitúa en 2006 en un pacto por la presidencia entre Calderón y Peña Nieto (primero le tocaba al michoacano, y luego al mexiquense).

Francisco Labastida dice en su libro que el acuerdo es anterior, que lo pactó Ernesto Zedillo con Estados Unidos a cambio del financiamiento para salir del error de diciembre. Bill Clinton, de acuerdo con el priista, habría ofrecido los dólares que fueran necesarios a cambio de que se entregara la presidencia a los panistas, tal como ocurrió en el año 2000 con Vicente Fox. 

El giro neoliberal, el Pacto por México, el avance en las privatizaciones y las llamadas reformas estructurales de Peña Nieto son muestras de que la relación PRI-PAN es de vieja raigambre y de fortaleza sólida mucho más allá de su formalización como alianza electoral. 

Había en todos estos momentos “una victoria cultural del PAN” porque predominaban sus postulados por encima de las ideas revolucionarias y nacionalistas del PRI, lo cual hacía pensar que era el tricolor el que más diluida veía su identidad con la política de alianzas. 

Y de alguna manera así fue, el partido que antes parecía invencible (¡gánale al PRI! Se decía en mi infancia) no logró ganar un solo distrito por sí mismo en las elecciones del 2024, y parece condenado a ser partido regional gobernando sólo dos estados: Durango y Coahuila. 

Asumiendo al PRI como lastre, y a su dirigente como el villano de moda, el PAN pretende relanzar su imagen con un cambio de logo y de lema. 

No es fácil sacudirse un muerto si no se distingue cuál es, y el mal olor no viene de su imagen institucional, su logotipo o sus colores. Tampoco de su falta de democracia interna, tan generalizada en todos los partidos.

La simplificación de su sistema de afiliación ayuda, pero difícilmente hará diferencia en su minúsculo padrón, el más bajo de todos los partidos políticos, incluso más bajo que el extinto Partido de la Revolución Democrática, porque el problema no está en la oferta, sino en la demanda (Salvador Camarena dixit). 

Una verdadera renovación tendría que pasar por repensar las ideas, no solo por difundirlas más, porque los mexicanos las conocen, las han vivido. Dos gobiernos federales de Acción Nacional las han puesto en marcha, y varios más de sus viejos aliados del PRI las han aplicado. 

Su nuevo slogan hace ver que algo se ha modificado. El PAN se corre a la derecha, se alinea al Vox español, y se asemeja al ahora convicto Jair Bolsonaro. 

“Patria”, dicen quienes ven en Trump la esperanza de México y lo llaman a la invasión. “Familia”, pero sólo en su definición tradicional. “Libertad”, particularmente la del mercado. 

“Patria, familia y libertad” un lema muy similar al del fascismo de Mussolini (Dios, patria y familia) les resultó más adecuado para los tiempos actuales que el que adoptaron hace ochenta y cinco años: “Por una patria ordenada y generosa y una vida mejor y más digna para todos”.

La apuesta parece ser ir aún más a la derecha, es ir por los simpatizantes de Eduardo Verástegui, tan pocos que ni siquiera alcanzaron para hacerlo candidato, pero poco ayuda a ganar sectores distintos a los ya conquistados. 

Así se deduce de su lista de invitados entre los que están José María Aznar (protector de Calderón), monseñor Ramón Castro (obispo de Jalisco) Lorenzo Córdova, Jorge Triana, Federico Dóring, etcétera. 

Sin caras nuevas, sin evolución, sin novedad que ofrecerle a quienes no tenían ya convencidos, ¿cómo persuadir de que no se trata de PAN con lo mismo? 

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