La semana pasada, como casi cada año, México vivió una tragedia provocada por la fuerza de la naturaleza. Lluvias torrenciales afectaron con intensidad varias regiones del país, desde Hidalgo y Puebla hasta San Luis Potosí y Querétaro. Pero fue Veracruz el estado más golpeado. Más de 300 mil personas resultaron afectadas; 40 municipios sufrieron daños severos; comunidades enteras quedaron incomunicadas; ríos desbordados arrasaron viviendas y, lo más doloroso es que al cierre de este texto al menos 30 personas perdieron la vida. En medio de esta catástrofe, resuena una pregunta (afortunadamente) trillada: ¿para qué gobiernan quienes gobiernan?
La respuesta oficial ha sido, por decir lo menos, decepcionante. La gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, minimizó los primeros reportes del desbordamiento del río Cazones —ya que los pobladores tenían el agua hasta el cuello—, reaccionó tarde ante las alertas de la CONAGUA y ha sido incapaz de ofrecer explicaciones claras sobre la falta de prevención. Cuando se le preguntó por qué el estado enfrentó la emergencia sin un seguro contra desastres, respondió con una sonrisa evasiva. La escena circuló en redes y se volvió símbolo de la desconexión entre la tragedia vivida por miles y la indiferencia mostrada por algunos de sus gobernantes.
¿Gobernar para qué? Es la pregunta más oportuna frente al vacío de liderazgo que se manifiesta justo cuando más se necesita. Gobernar no es un concurso de popularidad ni una pasarela para tomarse la foto en botas limpias frente al lodo. Gobernar implica anticipar riesgos, prevenir daños, actuar con decisión y, sobre todo, estar al lado de la gente cuando todo se desmorona. La autoridad que se ausenta en la emergencia pierde no solo legitimidad, sino razón de ser.
La tradición política occidental tiene siglos reflexionando sobre este dilema. Cuando un gobernante antepone su vanidad o comodidad al bienestar colectivo, se transforma en lo que los filósofo helénicos llamaban «tirano», o alguien que se sirve del poder, en lugar de servir con él.
John Locke, uno de los padres del liberalismo, entendía que el contrato social implica que los ciudadanos ceden parte de su libertad a cambio de seguridad y protección. Si el Estado no cumple esa función básica, la sociedad está moralmente autorizada a retirarle su confianza. La autoridad emana del cumplimiento del deber, no del cargo en sí. Desde una perspectiva más cruda, los contractualistas sostenían que la gente forma gobiernos para evitar que la vida sea “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”, a decir de Hobbes. Si el gobierno no evita el caos, entonces ¿para qué sirve?
Los gobernantes deben saber que, en buena medida, su fortuna depende de su capacidad de reacción ante lo imprevisto. Gobernar es prever. Y cuando la previsión falla, al menos debería haber presencia, escucha, humildad. Pero eso parece brillar por su ausencia.
Gobernar, entonces, es mucho más que administrar recursos o representar a un partido. Es ejercer una responsabilidad moral para proteger a los más vulnerables, dar la cara en la adversidad, sostener a una comunidad que ha confiado su destino en quien eligió. Gobernar es servir, no servirse.
Hoy, mientras miles de veracruzanos remueven el lodo con sus propias manos, la pregunta sigue ahí. ¿Gobernar para qué? Para unos, parece que el poder solo sirve para alimentar el ego, conseguir estatus o garantizar ventajas personales. Para otros —los menos— gobernar es una vocación, una entrega, un deber ético.
Las tragedias naturales no se pueden evitar, pero el sufrimiento humano sí puede atenuarse con instituciones que funcionen, con decisiones oportunas, con empatía real. Lo que indigna no es solo el desastre, sino la indiferencia. No es solo el agua que arrasa, sino la ausencia de quien prometió estar ahí cuando hiciera falta.
En cada tragedia se revela no solo la fuerza de la naturaleza, sino también el carácter de quienes nos gobiernan. Y cuando lo que aparece es la soberbia, la frivolidad o el silencio, entonces esta pregunta ya no es solo retórica.



