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¿Es la felicidad un asunto público?

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

El día de mañana, tendrá lugar en el Palacio de las Convenciones de esta ciudad Capital, el primer día del Primer Congreso Nacional por la Honestidad, un esfuerzo colaborativo entre distintas instancias relacionadas con la integridad pública, para promover la honestidad como el remedio al pernicioso fenómeno de la corrupción. Es en este contexto en el que se presentará el texto “La honestidad es el camino a la felicidad”, en la que, generosamente me han permitido participar con algunas ideas, fuentes y particularmente con el prólogo a dicha obra, del cual me permito adelantarle algunas reflexiones: 

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La felicidad es una aspiración universal, que trasciende épocas, generaciones, fronteras e ideologías. Es el fundamento de religiones y naciones. Como lo escribe Jonathan Haidt, prestigioso psicólogo social autor de varios libros en la materia, hay varias hipótesis sobre cómo conseguir la felicidad, y una de éstas es, que se logra consiguiendo lo que uno quiere, sin embargo, el mismo ataja de inmediato: sabemos e investigaciones así lo confirman, que tal felicidad es efímera. Es decir, ese estado ideal de las personas no se encuentra en saciar la ambición, pues sí bien, tal logro puede contribuir a un estado de alegría, éste no es duradero si se consume en sí mismo. A su vez, Séneca, el más célebre de los filósofos estoicos, en su carta Sobre la felicidad, inicia declarando: Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices, pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas, y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente se la busque, si ha errado el camino, si éste lleva en sentido contrario, la misma velocidad aumenta la distancia. En tiempos como los que vivimos, confundirse en el sentido que habremos de tomar para lograr ese anhelo de ser felices, es una posibilidad muy presente; extraviarnos, potencialmente frustrante.

Por ello mismo, este texto trata justamente de aportar una ruta, que si bien no pretende bastarse en sí misma, sí resulta indispensable para no desorientarse en esa búsqueda que, en nuestra época se ha confundido con la conquista, ya no de una felicidad sustancial y duradera, sino de placeres, ambiciones y satisfacción de vanidades. Partiendo de una argumentación amigable, sensible y rescatando el uso del sentido común, el libro que usted tiene en sus manos goza de una redacción que se colma de ejemplos y datos para consolidar su postura: el camino a la felicidad, es la honestidad. 

Una idea poderosa que no romantiza la ingenuidad, sino que apuesta por demostrar como el valor de la integridad es inherente a la paz y la tranquilidad, sin las que es imposible conquistar la felicidad. Pero tampoco se trata de apostarle a la plenitud lograda solo por el esfuerzo estrictamente individual, sino de consolidar la idea de la comunidad y el valor de la solidaridad, la colaboración y la corresponsabilidad para alcanzar objetivos que nos trasciendan, pues cómo lo estableció el reconocido filósofo británico , Bertrand Russell en su clásico La conquista de la felicidad: El hombre capaz de centrar sus pensamientos y esperanzas en algo que le trascienda puede encontrar cierta paz en los problemas normales de la vida, algo que le resulta imposible al egoísta puro. No es pues, caminando en solitario y con mentalidad individualista como habremos de lograr este fin, ancestralmente idealizado. 

Respondiendo a la pregunta que da título a esta participación editorial, recordemos que en la fundación misma del sistema de valores democráticos, se encuentra inserta, la idea de la felicidad como una justificación para la existencia de los derechos y las instituciones. Remitámonos a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789, cuyo proemio conviene transcribir como recordatorio permanente: “Los representantes del pueblo (…) considerando que la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los derechos del Hombre son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los Gobiernos, han resuelto exponer, en una Declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados del Hombre, para que esta declaración, constantemente presente para todos los Miembros del cuerpo social, les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes; para que los actos del poder legislativo y del poder ejecutivo, al poder cotejarse en todo momento con la finalidad de cualquier institución política, sean más respetados y para que las reclamaciones de los ciudadanos, fundadas desde ahora en principios simples e indiscutibles, redunden siempre en beneficio del mantenimiento de la Constitución y de la felicidad de todos.  Es decir, en la concepción misma del Estado democrático moderno, hay una causa común inherente a las sociedades y sus instituciones: la conquista y el mantenimiento de la felicidad de todas las personas. 

Así pues, podemos apreciar que siglos de sabiduría y esfuerzos plurales, se dirigen en un mismo sentido, que es, el de encontrar las vías y componentes de ese estadio de plenitud para nuestra especie, y con ello, para la armonía plena en un mundo complejo, que nos urge retornar a lo básico, pero no por ello menos importante, trascendente y en última instancia, esencial. 

@CarlosETorres_

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