El pasado sábado, miles de personas marcharon en más de veinte ciudades del país, encabezadas por la Generación Z, en una protesta que puso sobre la mesa algo que el gobierno no había enfrentado con esta fuerza: un descontento que ya no proviene de los actores políticos tradicionales, sino de la calle, del pueblo, ese mismo al que la Cuarta Transformación dice representar.
El movimiento surgió, como muchos fenómenos contemporáneos, en las benditas redes sociales. Jóvenes usuarios comenzaron a convocar a una marcha apartidista, con símbolos culturales actuales —como la bandera pirata de One Piece y sombreros de paja— que muy pronto trascendieron lo anecdótico para convertirse en estandartes de hartazgo. La muerte del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, fue la chispa que encendió la protesta. Lo que vino después sorprendió a todos, especialmente al gobierno.
En lugar de leer con cuidado este legítimo reclamo, el oficialismo optó por la deslegitimación. Desde días antes, la narrativa oficial fue la de la conspiración con bots, financiamiento extranjero, manipulación de la derecha y montaje digital. A eso se destinaron recursos públicos, discursos presidenciales y energía gubernamental que bien podrían invertirse en atender el problema de la inseguridad que no cede, el sistema de salud colapsado, la falta de medicamentos, la opacidad alrededor del asesinato de Manzo, y las redes de corrupción que van desde el tema del huachicol fiscal hasta los escándalos que involucran a personajes prominentes de la 4T.
A diferencia de lo que sugiere el gobierno, este movimiento es auténtico porque fue posible no gracias a la oposición tradicional, sino a pesar de ella. La oposición derrotada —o el “PRIANRD”— no cuentan hoy con el músculo ni la legitimidad para articular una movilización de esta magnitud. Como bien lo plantea Sidney Tarrow, las ventanas de oportunidad para la movilización social no se abren cuando los partidos quieren, sino cuando las condiciones sociales, culturales y políticas lo permiten. Y en este caso, fue una ciudadanía cansada —especialmente los jóvenes— la que aprovechó esa coyuntura para organizarse. Los partidos se sumaron como tristes free riders, para “subirse a un tren” que no les pertenece.
Lo verdaderamente relevante de la marcha es que, por primera vez, a la 4T le disputaron con éxito la narrativa y el discurso. No es poca cosa. La protesta abrió una grieta en la construcción hegemónica del régimen, mostrando que el descontento ya no proviene únicamente de los desgastados opositores profesionales, sino de una generación que no conoce —ni le importa— de dónde vienen quienes encabezan el régimen actual.
El repertorio de la protesta es parte del funcionamiento normal de las democracias modernas. Las manifestaciones públicas son un canal legítimo de presión ciudadana cuando los cauces institucionales fallan. Desconocerlo o criminalizarlo es un error estratégico y moral.
Porque sí, es una buena noticia que una generación salga a las calles a manifestar su hartazgo. Porque significa que hay reservas de energía cívica, de sentido crítico, de vida democrática. Ortega y Gasset decía que cada generación tiene una misión histórica, y que no cumplirla es traicionarse a sí misma. La rebelión política generacional que vivimos es, en ese sentido, una muestra de salud pública.
Por primera vez en mucho tiempo, una oposición ciudadana aparece sin partidos, sin líderes tradicionales, ni slogans vacíos. Es una protesta que no busca reciclar a los mismos de siempre, sino abrir nuevos caminos. Ojalá sea el comienzo de algo duradero. Porque México necesita una oposición que no estorbe, sino que sirva como contrapeso real, que cuestione, que incomode, que proponga. Y si esa oposición viene de los jóvenes, entonces hay esperanza.



