Desconocemos los motivos que impidieron que el maestro Ignacio Montero, creador de un muy utilizado en la época silabario de su autoría, no llegara a Zacatecas a fundar la escuela lancasteriana y en su lugar se optara por seguir con las gestiones para traer a José Hidalgo de Ortega. El nombre de este último aparece dos años después como director firmando una relación de faltas de alumnos de la Escuela de la Constitución o Normal Lancasteriana, por lo que es muy posible que el proyecto que presentó ante el Congreso sino fue el de la creación de la Normal, pudo haber sido su antecedente inmediato en virtud de que la misma se fundaría 16 meses después de que se conoció su propuesta. Llama la atención sin embargo que, en el texto del mismo documento, Veles haga mención a que el sistema de enseñanza mutua, de aceptarse el proyecto de Ortega, refiriéndose al mismo como un “importante y utilísimo arte”, se difundiría por los demás pueblos del Estado. Por lo que podemos inferir que la escuela que proponía establecer tendría como uno de sus propósitos la formación de maestros que al concluir con sus estudios estarían capacitados para fundar escuelas.
Una constante del periodo que se analiza en materia de enseñanza fue la carencia de recursos tanto para establecer escuelas como para mantenerlas. El entusiasmo y celo de las autoridades por dar cumplimiento a las disposiciones en la materia chocaba casi siempre con la falta de medios económicos. Sin embargo, una vez establecidas, la Comisión de Escuelas se encargaba de vigilar que los maestros cumplieran con su trabajo y exhortar a los padres a través de las autoridades municipales para que enviaran a sus hijos a recibir la instrucción y de esta forma hacer válido el principio de la obligatoriedad. Sobre las dificultades que se presentaban para abrir una escuela lo ejemplifica el caso que se expone enseguida. En el año de 1835, el Ayuntamiento de Pánuco, después de haber sesionado y tomado acuerdos se dirigió al jefe Político del Partido de Zacatecas, demandándole en calidad de préstamo dos mil pesos para levantar y seguir sosteniendo materialmente la escuela del lugar y, poder pagarle al preceptor. Esta cantidad se pagaría mensualmente, “según el sobrante que tenga de sus fondos después de cubiertos sus gastos mensualmente”, (AHEZ. Fondo Jefatura Política, Serie Instrucción Pública, Subserie Generalidades, C. 3. 2 fjs. junio 30 de 1835). El dinero era urgente para poder para sacar del estado de abandono en que se encontraba la escuela y poder adquirir lo más indispensable que le faltaba como eran mesas y tablas. Sólo de esta forma, consideraban las autoridades de aquella municipalidad se podría dar cumplimiento a las disposiciones superiores y contribuir a la “prosperidad, engrandecimiento y lustre del vecindario”. Por entonces Pánuco, pueblo minero vecino a la capital, se hallaba deshabitado y con un comercio muy decaído, resultado quizá de que sus minas no estaban operando como en los tiempos de bonanza. Las autoridades municipales en su competencia ligada con la Comisión de Escuelas deberían velar por el establecimiento y marcha de establecimientos primarios. Los presidentes de los ayuntamientos enteraban a los jefes políticos de los partidos a los que pertenecía su municipalidad. Realizaban también gestiones ante gobernador en turno solicitando algún auxilio o presupuesto y enviando informes específicos que les eran solicitados.



