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viernes, 27 mayo, 2022
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La desigualdad social y el Covid

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

La cuarta ola de covid llega al mundo con una variante más explosiva, pero también menos dañina, o eso parece.

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Llega cuando menos a cuerpos vacunados, familiarizados con el virus, con su sistema de ataque, y por tanto entrenado para vencerlo.

La diferencia es notoria, no hay país en el mundo donde esta variante no esté significando menos muertos, menos hospitalizados, menos intubados que en las olas anteriores.

No puede “echarse las campanas al vuelo, el volumen de contagios y la confianza en la “nobleza” de ómicron puede echar abajo las predicciones optimistas.

Es verdad que antes había más enfermos graves por cada 100 contagios, pero si hoy más contagios se elimina la ventaja de la proporción y vuelven a saturarse los hospitales.

No puede cantarse victoria, ciertamente, pero estamos lejos de la catástrofe que hubiera sido enfrentar la contagiosidad de ómicron sin haber estado vacunados.

Llegar a este punto no fue fácil. Ni siquiera lo fue para Estados Unidos o Europa, donde se enfrentan aún, al reto de llevar a vacunarse a quienes se niegan a ello.

La estrategia hasta ahora es totalitarista y si me apuran, fascista. En Francia les declaran franca guerra a los antivacunas, en Australia no los dejan entrar a jugar tennis, y en muchos países les niegan el acceso a restaurantes, cafeterías, e incluso a espacios laborales.

Se crea así un círculo vicioso del que difícilmente se podrá salir. Por un lado, la gente, minoritaria, pero existente, se niega a vacunarse muy probablemente porque está convencida de que el covid es el pretexto para un sometimiento mundial, y de que la vacunación es la segunda fase de ese plan.

Las medidas autoritarias para obligarlos a vacunarse no debilitan esa versión, sino que la fortalecen para quienes ya la creen, o siquiera la sospechan. Por tanto, lejos de ablandar su posición, la radicalizan.

¿Cuál será la apuesta a futuro? ¿olvidarse de esa parte de la población, como si no existiera? ¿esperar hasta que se exilien a los bosques?

Y mientras el reto allá es llevar a la gente a las vacunas, en América Latina y África se lidia por llevar las vacunas a la gente.

¿El resultado? Fatal, como era de esperarse. Nigeria destruyó ya un millón de vacunas porque el llamado “primer mundo” se las entregó a punto de caducar, y Uganda destruirá otras 400 mil dosis por la misma razón mientras italianos, alemanes y franceses marchan contra la vacuna.

Esas desigualdades geopolíticas no son más que el ejemplo magnificado de las desigualdades entre individuos que terminan por colarse, incluso en países como éste donde se priorizó la vacunación en zonas rurales, y por vulnerabilidades.

Aquí, donde se vacunó al personal sanitario, y luego a los mayores de 60, no faltaron los que se metieron a la fila para priorizarse, o los que se vacunaron doble, o triple, porque la marca que les habían puesto no les permitiría viajar.

Hoy que la producción mundial de vacuna ha avanzado, lo que ha permitido su acceso casi generalizado, sigue habiendo desigualdad social en la posibilidad de aislarse, porque son millones los que no pueden darse el lujo de enfermarse.

Ya hemos visto el caos en Aeroméxico porque sus tripulaciones enfermaron, y la escasez de trabajadores empieza a preocupar, al grado de preferir acortar las incapacidades y los periodos de convalecencia porque la necesidad de fuerza de trabajo impera sobre la urgencia sanitaria.

La Asociación Mexicana de Internet (AIMX), el Laboratorio Nacional de Políticas Públicas y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDEL), estiman que en México los repartidores de entrega de comida a domicilio con su trabajo impidieron 82 mil 717 defunciones por COVID-19, y 969 mil 518 contagios.

Hoy quizá el nivel de contagiosidad los ponga fuera de combate. Hoy quizá será el momento que recordemos que detrás de ese pendular idílico-terrorífico confinamiento que para los más privilegiados fue el devenir entre Netflix y el aburrimiento, estuvieron millones de personas trabajando todos los días.

Lo más terrible es que serán ellos los últimos en vacunárseles (el refuerzo), a quienes más caro les resultará enfermarse, y no faltará quien, además de todo, les culpe por su irresponsabilidad por no resguardarse.

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