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jueves, 26 mayo, 2022
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Buena política y Constitucionalismo contra el populismo (II)

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Por: Carlos E. Torres Muñoz • admin-zenda •

La victoria de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos, solo confirma lo que hemos observado anteriormente, los retos que enfrenta el sistema político mundial están enclavados en distintas expresiones del malestar y naufragio al que están llevando a la democracia, la corrupción, la desigualdad y una ausente ética común que se defina así misma en la cultura de respeto a los derechos humanos. Es, sí, el neoliberalismo una causa, más no la única, y menos aún en su concepción simplista. Es también un rancio nacionalismo mal interpretado, lo es también lo que algunos han llamado la caja de resonancia de un progresismo soberbio y una clase política inadaptada a una sociedad que hoy es más libre, crítica y autónoma que nunca, lo cual no necesariamente significa que tome buenas decisiones, sino que, simplemente las toma por propia cuenta.

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¿En qué serviría un Constitucionalismo global y la práctica del “buen gobierno”, traducido en “buena política”, contra un fenómeno confirmado este 2016 como irracional, retrógrada e incluso bruto? Vayamos por partes. Un Constitucionalismo global permitiría que, sea cual fuere el resultado de las elecciones, ciertos principios básicos de conducta jurídica, institucional e incluso económica no pudieran verse alterados. Estos son los que se encontraran identificados en los derechos humanos más importantes, como lo son los de libertad, los de seguridad, los sociales, e incluso algunos más ambiciosos como los relacionados con el medio ambiente y la diversidad cultural ¿Cómo? Con un mecanismo anclado en el reconocimiento básico de éstos en todas las Constituciones del mundo, mismas que deberían contar con una rigidez tal que no se le permita al país en cuestión modificar, pues sería, por decirlo de alguna forma, el sine qua non se podría comercializar, tratar y relacionarse con el resto. Sí no cuentas con esta batería mínima de garantías para los ciudadanos del mundo, no hay trato. Más allá de tratados internacionales, los cuáles obligan de manera vinculatoria y no siempre precisa a los países miembros, se podría apostar por mecanismos domésticos que estén articulados en todo el orbe ¿Imposible? ¿Cómo entonces los lineamientos económicos y financieros tienen un seguimiento ejemplar? Recordemos, para la modernización económica de México, antes se tuvo que pasar por sendas reformas constitucionales que coincidieran con una nueva visión económica desde el Estado (acertada o equívoca según se quiera ver).

El buen gobierno está plenamente identificado con el anterior precepto, y la buena política tiene una ruta clara en este sentido: involucrar a la ciudadanía, toda, en la construcción de un nuevo pacto mundial, que parta de lo local y se incruste en la lógica de la aldea global. Pero ello no se logrará si antes no volvemos a la tarea básica de toda organización política: la formación, la información, el debate y la participación cívica. Los políticos de hoy deben volver al contacto directo, deben alejarse de la parafernalia, que si bien pareciera tener mayor éxito en el plazo inmediato y electoral, deriva en la irresponsabilidad, cuyas consecuencias podrán medirse en lo cercano, con los resultados conocidos: Brexit, el No en Colombia y el triunfo de Trump.

Como bien lo describe Martín Caparrós en su artículo “El año que chocamos con nosotros mismos” en New York Times en Español: “Los políticos, por ejemplo, ya no conocen a la gente que dicen representar: los grandes partidos ya no están formados por ciudadanos movilizados sino por piezas de un aparato que las formatea y las aísla. No necesitan más —se creen que no necesitan más— porque su trabajo no consiste en participar de las preocupaciones de sus paisanos, en pensar con sus paisanos, sino en ofrecerles productos —eslóganes, sonrisas, esperanzas— a ver si se los compran. Y, para saber qué productos venderles, creen que les alcanza con aquellos números, las encuestas siempre tan vencidas. Si algo se ha derrumbado este año es la democracia encuestadora, esa variante más pobre aún de la democracia de delegación que se va resquebrajando por momentos.”

Ése es el modelo de político, de gobernante, de candidato, de líder, de funcionario y servidor público que no encuadra con la lógica del buen gobierno, la buena política y la gobernanza. Los ciudadanos no son números, son personas que expresan ideas, cada vez más en lo individual y cada vez menos en masa, en mucho, la lógica de comunidad no es la que definimos en las décadas pasadas: hoy “comunidad” puede ser un grupo en Facebook, un timeline en Twitter o un conjunto de lectores de una columna, un blog o un post. ■

 

@CarlosETorres_

*Miembro de Impacto Legislativo, OSC parte de la Red por la Rendición de Cuentas.

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