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Detrás de las cortinas del imperio

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Por: José Luis Pinedo Vega •

Nunca imaginamos que en el siglo XXI alguien se atreviera a replicar con instintos supremacistas la crueldad y el menosprecio por la vida de una civilización milenaria. Miles de historias truncadas por el genocidio deben conmovernos tanto o más que el holocausto, y recordarnos que la brutalidad y deshumanización no tiene límites y por tanto tiene que ser combatida y sometida. Esto destaca la importancia de la lucha ideológica.

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¿Quién iba a pensar que Israel se doblegaría? Netanyahu nunca hubiera aceptado la liberación 2000 rehenes palestinos a cambio de 20 israelíes. Pero la resistencia y la resiliencia Palestina, y la movilización mundial, pusieron en jaque al imperio y obligaron un cambio de estrategia, el plan Trump. En el fondo, lo que hay detrás es una derrota geoestratégica y un triunfo para el humanismo. 

Desgraciadamente hay mucha gente inocente que sigue creyendo que Israel fue el pueblo escogido de Dios y al que le asignó Judea como la tierra prometida. Pero, fueron y son más fuertes y enérgicas las voces que no se creen en la propaganda sionista y eso hace una diferencia determinante.

Cualquier persona con mente abierta que investigue la historia, encontrará que el detonante del genocidio fue la resolución de la ONU de 1947, que le asignó más de la mitad del territorio de Palestina a Israel. Detrás de esa resolución hubo actores y una intención fraguada desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX.  Y lo real es que Israel no llegó en forma ni amigable ni pacifica a esa tierra -que, de haberlo sido prometida, no podía haber sido prometida en forma exclusiva-. Israel, llegó con su actitud supremacista, racista, belicista y expansionista. 

Para el estado profundo —que es el que decide la política exterior de Estados Unidos y está detrás de todas las guerras y conflictos armados del mundo— la geopolítica gira en torno al control de los pilares de la economía norteamericana: el mercado del petróleo y gas natural, el mercado de las armas y el mercado financiero. A eso responde la pretensión y la obstinación de controlar las zonas geoestratégicas del mundo. Sobre esas pretensiones ya no hay secretos. 

La guerra de Ucrania —cuyo origen no comenzó en abril del 2022 como se intentó hacer creer— puso en evidencia que el interés era debilitar y desestabilizar a Rusia y ponerle un gobierno afín, para tener el control del mercado del petróleo y del gas en toda Europa y poder frenar a China. La propaganda de guerra occidental hizo creer a las elites europeas y a los europeos, que tenía los mismos intereses que Estados Unidos, y así Europa se embarcó en una guerra que no era de ellos y no debió de existir, que ha sido sumamente contraproducente. Como consecuencia, Europa tuvo que pagar al triple el precio de la energía, lo cual repercutió en la profundización de la crisis económica de la que no se tiene idea como salir. Los líderes europeos tal vez reconozcan el error, pero públicamente no lo pueden aceptar; y ven como única salida a la crisis, la que les propuso Trump, el revitalizar la industria armamentista y el mercado de las armas. Por tanto, igual que Estados Unidos, Europa necesita guerras y conflictos, y es ahí donde se convino un truque de intereses: soportar financiera y militarmente a Israel en su afán de construir su gran Israel, a cambio del trabajo sucio de desestabilizar el Medio Oriente.

Revitalizar la industria armamentística, obviamente, necesitaba de una propaganda de guerra y promotores. Y así, la von der Layen, Merz, Macron y Starme, y las elites políticas se embarcaron, en replicar mentiras y justificar el “el derecho de Israel a defenderse” y en solapar el genocidio, contra de un pueblo sin capacidad de defensa y que prácticamente solo tenía como recurso, el oponer a las bombas y a las balas los propios cuerpos de su gente. 

Pero la propaganda de guerra resultó demasiado burda, y cientos de millones de personas en el mundo no se creyeron los cuentos de la propaganda sionista, y a pesar de represiones, y contra todas las previsiones, fueron escalonando e intensificando en pro-Palestina, la mayor movilización que ha habido en el mundo, la cual fue complementada por la audacia y el papel de la flotilla Samud, que fue la gota que logró que los promotores y patrocinadores del genocidio reconsideraran su estrategia.

Ciertamente no solo fueron las movilizaciones las que provocaron el cambio de estrategia:

La resistencia y resiliencia del pueblo palestino fue la primera línea de defensa. Si no ha sido por ella el mundo no se hubiera enterado de lo supremacista y sanguinario que es Israel. 

El ejército israelí había demostrado ser implacable matando y reprimiendo palestinos, pero había mostrado ser vulnerable frente a Irán y Yemen, y sin duda se evidenciaría aún más vulnerable si hubiera seguido provocando una escalada mundial. Así que, por lo visto la OTAN evaluó que Israel, igual que Ucrania, no vale la tercera guerra mundial.

No menos importante fue que la economía occidental no repunta y por el contrario está perdiendo terreno frente a China y los Brics; y el seguir destinando financiamiento y armas para Israel significa más una carga financiera que un negocio, cosa que, en las condiciones de crisis financiera occidental, el imperio no podía darse el lujo de soportar.

Adicionalmente, Trump estaba bastante urgido de firmarse una primera victoria, porque por mas polvo y ruido que ha levantado, y a pesar de haber impuesto aranceles a diestra y siniestra, su economía no repunta y no tiene aún nada que presumir y por el contrario las protestas en su contra en Estados Unidos son cada día más alarmantes. 

Por si fuera poco, Israel y Netanyahu ya estaban bajo una enorme presión. Y si bien es cierto que los principales líderes y gobiernos occidentales no están dispuestos a romper relaciones ni diplomáticas ni comerciales, el repudio mundial es tal que Israel está convirtiéndose en un estadio paria, odiado en el mundo entero. 

Por tanto, convino un cambio de estrategia, el Plan Trump, una cortina de humo que –como toda propaganda– tiene la intención de distraer y confundir a la opinión pública y sofocar las movilizaciones, mientras se le permite a Israel de volverse a armar para emprender la siguiente embestida. 

La defensa de Palestina no termina con el Plan Trump; no pude terminar mientras los planes expansionistas de Israel no sean contenidos y mientras Israel no sea sometido a respetar el derecho internacional.

Ni Palestina ni l humanismo pueden cantar victoria, pero debe ser muy alentadora la lección que humanismo ha propinado al imperio y al sionismo. 

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