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El corrido, una historia de frontera y migración

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Por: MARCOS DANIEL AGUILAR •

La Gualdra 716 / Cultura / Música

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I

Por los caminos de Texcoco y Michoacán

Vivía en Texcoco, Estado de México, cuando me comenzaron a gustar los bailes de música norteña. Todavía no cumplía la mayoría de edad y ya me iba con mi grupo de amigos a la búsqueda de reventón en algún pueblo, fiesta patronal o de plano a la Feria del Caballo para ir a bailar con las vecinas y ligar con alguna morra que también le gustara el zapateado. Eran los años 90, estudiaba la secundaria en San Salvador Atenco, sí, el de los macheteros, y la globalización estaba entrando con todo en México. Este cambio cultural se sentía de manera firme, pero sutil; la cultura gringa fue entrando poco a poco por medio de la música rock, el grunge, el tecnopop, las pinches películas hollywoodenses y por los Simpsons

Me acuerdo del choque cultural cuando salí de la secundaria y entré a la preparatoria en la UNAM, en la Ciudad de México; de cómo mis amigos del entonces D. F. me miraban feo y hacían un gesto de disgusto cuando les contaban de los bailes norteños a los que iba en el oriente del Estado de México, y lo entendía, porque en aquellos años lo chido era escuchar a Nirvana, Metálica; hacerse el sabiondo en Pearl Jam y en la música metalera. Algo dentro de mí, que no pude reconocer, sino hasta décadas más adelante, sabía que si se hablaba de rock yo prefería el rock urbano: el de Liran´roll antes que el de Red Hot Chilli Pepers, y que prefería escuchar las letras de amor de Límite con Alicia Villarreal diciendo “ajaaaá” antes que al happy punk de Green Day. 

Al sentir vergüenza por contar que me gustaba el regional mexicano, decidí no volver a comentar nada sobre mis gustos por los bailes a mis amigos chilangos de la escuela, pero cuando llegaba el fin de semana y regresaba a esa otra vida con los amigos del pueblo nos juntábamos para ensayar nuevos pasos antes de salir rumbo al baile. Yo no entendía del todo por qué me gustaba la música norteña, por qué sentía más emoción y una conexión más estrecha con la gente al escuchar a Cardenales de Nuevo León, al escuchar a Intocable, cuando íbamos a ver a la Feria de Texcoco a bailar de grapa con la música de banda. Eso no quiere decir que no me gustaran bandas gringas como The Offpring o No Doubt, pero con el regional algo muy cabrón dentro de mí se activaba como si las letras me hablaran sobre una vida pasada.   

Al hacer un ejercicio de memoria, pienso que mi gusto se remonta a mis propios orígenes familiares. Aunque vivo actualmente en la Ciudad de México, donde nací y he vivido la mayor parte de mi vida adulta, mi familia proviene de algunos pueblos de los estados de Guerrero y Michoacán. Mi infancia la pasé en fiestas rodeadas de música de banda, corridos norteños, música tropical, algunas chilenas de Guerrero y los “Caminos de Michoacán” que escuchábamos con mis primos y tíos que iban y volvían del gabacho y recorríamos las montañas y los bosques en sus camionetas escuchando a los Tigres del Norte, a la Banda el Recodo y, ahora que lo pienso, a un desconocido Chalino, al menos para mí, música que ni por error hubiera oído en el centro del país. 

Vivía entonces en medio de dos realidades, en dos espacios, en la frontera  de la Ciudad de México y el Estado de México: una citadina de simulación hacia lo moderno, lo gringo, lo globalizante, el TLC, lo wanabe, “entre más gabacho te vieras mejor”; y una realidad familiar en donde lo tradicional y lo popular convivían naturalmente en mí, con los corridos cuyas letras han sido un reflejo más acorde a nuestra realidad social y a nuestro sentimiento individual en relación con nuestros problemas y complejidades como personas migrantes que vivimos entre la dualidad de lo urbano y lo rural. Esta batalla queda de manifiesto en estos corridos, como en “Tres veces mojado” de los Tigres del Norte, y no a manera de reflexión como si fuera un ensayo filosófico, sino que la batalla se hace patente en la música en vivo y a todo color, en tiempo infinitivo, es decir, en una lucha que se está batiendo constantemente cuando escuchamos las letras de estos corridos. Yo creo que por eso me gustaba ir a los bailes, para sentir esa emoción comunitaria y esa alegría al cantar con sentimiento esa épica sobre el amor y el viaje, la victoria y la derrota, la dicha y la incomprensión del mundo. Pensándolo bien, es justo esa retórica bien acoplada a mi realidad la que me conmocionaba y la que me provocaba una euforia cada vez que planeábamos, los chiquillos de aquel entonces, ir cada sábado a un nuevo baile chingón. 

II

Corridos tumbados, historias en común contra la censura  

Cuando Mariana, mi pareja, entró a la maestría en 2020 en el estado de San Luis Potosí, yo manejaba de la Ciudad de México al centro geográfico del país cada quince días. Antes de salir en auto preparaba todo lo indispensable para recorrer por carretera 400 km en soledad, solo con mi termo de café, unas galletas y un sándwich, la música de mi estéreo y yo. Era plena pandemia por Covid-19 y la incertidumbre estaba en el aire. El nuevo gobierno no tenía mucho de haber entrado y no sabíamos exactamente qué pasaría con cada uno de nosotros.  

Recuerdo que puse la aplicación de música en modo aleatorio para que salieran melodías de todo tipo de género. Justo a la salida de la ciudad de Querétaro, al perfilarme a la entrada de Guanajuato, a la altura de San Luis de la Paz, comenzó a sonar una canción que hizo que todo lo que conocía de música regional mexicana cambiara por completo. Estaba escuchando mi primer corrido urbano o corrido tumbado en mi vida, fue uno de Herencia de Patrones. “¿Qué chingados era esto?”, me pregunté. Parece que rapean, pero no es un rap, parece que tocan un corrido, pero no suena a los corridos tradicionales, pues éste hablaba de fiesta, desmadre, pero también de un deseo juvenil por trascender y ser recordado, como si fueran las historias míticas sobre valientes y héroes, protagonistas de los corridos viejitos: estaba en estado de shock

No podía creer que algo del género regional pudiera escucharse de esa forma. La velocidad de las guitarras, el requinto, que bien ubicaba con el sierreño, pero que sonaban de una manera más osada y las letras que reflejaban una historia tremendamente fresca y contemporánea, casi como si estuviera oyendo un reto de freestyle o de slam poetry. Me di cuenta que estaba ante algo absolutamente nuevo, era una revelación. Recuerdo que en una estación de gas me detuve para ver quién había cantado eso y puse en la aplicación que me reprodujera tendencias parecidas, con todo y video. Fue cuando un universo entero se me apareció de pronto: unos talentosos escuincles, casi unos niños, vestidos como si fueran hiphoperos, en esa mezcla tan original entre urbano y regional -botas, sombrero, pero a veces con gorra, pantalones holgados y jerseys deportivos-; así conocí a Natanael Cano, Eslabón Armado, Fuerza Regida, Junior H, T3rcer Elemento, Herencia de Patrones, que fue toda una pléyade que se iluminó en durante aquellos trayectos carreteros.

Hace una década atrás, escuchaba propuestas de artistas latinoamericanos y españoles que hacían una reinterpretación de la música regional de sus países. Actualizaban su música popular, la intervenían con nuevos ritmos, instrumentos y letras y con eso lograban la supervivencia del género. Así lo escuché con el tango argentino o el flamenco español, e incluso con la cumbia colombiana. En México, decía entonces a mis compas del trabajo, el último que “modernizó” el regional mexicano fue Juan Gabriel, al meterle al mariachi y a la ranchera algunos sonidos de pop, rock, y hasta de rap, con melodías que sonaban a Michael Jackson y a Wam! de George Michael y Andrew Ridgeley, pero eso fue hace más de 30 años: “a ese paso -decía-, la ranchera y el regional van a caer en decadencia y a desaparecer en el gusto del público joven”.   

Grupo Arranque de Zacatecas, en Pittsburgh. Foto de Augusto López. (1)
Grupo Arranque de Zacatecas, en Pittsburgh. Foto de Augusto López. (1)

Quién diría que la renovación del regional no llegaría de los músicos de conservatorio ni de personajes consagrados, sino de adolescentes que comenzaron a componer sus letras y a tocar los instrumentos de manera autodidacta. Qué pinche audacia de sacar adelante una idea y un proyecto artístico y musical, de darle forma a un lenguaje y a un medio de expresión de toda una generación de mexicanos en ambos lados de la frontera, de mexicanos nacidos en México y de mexicanos nacidos en el gabacho, cuyo intercambio cultural se nota en cada melodía de este nuevo género que, con el paso de los años, fue cautivando a un público no sólo adicto al regional, sino a un público masivo que hoy trasciende fronteras. 

Y es que nadie se esperaba que la vanguardia del regional, de la música norteña y del corrido llegara de manera silenciosa. Muchos pensábamos que se daría en esas fusiones que en la década de 2010 comenzaron a darse en los festivales, cuando poperos y rockeros invitaron a clásicas bandas de cumbia, banda y norteño, pero sin llegar a cuajar algo nuevo. Esta gelatina no se cuajó por esos maestros, sino que se dio como golpe de Estado, manotazo firme sobre la mesa y por la velocidad del requinto, por parte de los jóvenes, teenagers que no pidieron permiso ni alternativa por parte de sus mayores. Sus letras, como en los corridos clásicos reflejan la realidad actual, una vida en medio de la violencia social y las aspiraciones económicas que 40 años de neoliberalismo nos han legado. Sus letras van de eso, de la precariedad moral y económica, de la corrupción y de la delincuencia y de la manera en que un joven debe navegar por ese mar de historias. 

Si ellos y ellas cantan sobre la violencia en la que habitamos no es culpa de estos protagonistas de esta Edad de Oro de la música mexicana, pues simplemente narran sus ideales, aventuras y lo que escuchan todos los días en las calles y en los barrios. Tratar de censurarlos es negar la realidad, y como dice Byung-Chul Han en su libro No cosas, la censura es el ocultamiento de las ideas de la clase trabajadora, es la despolitización de los hechos comunitarios que nos hacen querer conformarnos en una sociedad con intereses y vidas similares. 

Grupo Arranque de Zacatecas, en Pittsburgh. Foto de Augusto López.
Grupo Arranque de Zacatecas, en Pittsburgh. Foto de Augusto López.

Querer censurar al corrido urbano o tumbado es fragmentar e individualizar historias parecidas y eso provocaría la desunión y a la larga la falta de entendimiento de nuestro presente, en tiempo y espacio, en el campo y en la ciudad. Al final de cuentas el paisaje también se construye con elementos e ideas tangibles, pero ¿qué paisaje construiremos si no tenemos nada qué compartir, si nos quieren prohibir lo único que nos queda por compartir como lo es la vida misma y sus acciones que nacen de manera espontánea?  

Hoy veo cómo el corrido urbano o tumbado se escucha en todos lados. A diferencia del momento en que estudiaba la preparatoria, allá por los años 90; ya no hay una burla hacia quienes nos gusta el género regional, sino que hay un gusto y punto de contacto entre personas que crecimos en diferentes contextos socioeconómicos, quienes crecimos cruzando fronteras físicas e identitarias. Por eso creo que no hay mejor mixtura que la del corrido o regional con la música urbana, pues ambas reflejan a la perfección esa complejidad de ser migrante y de esa constante búsqueda de saber qué somos y qué hacemos aquí. 

 

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