Zacatecas acaba de cerrar un capítulo luminoso en su historia reciente con la edición número 40 de su Festival Cultural. Durante dos semanas, la capital se transformó en un crisol donde convergieron la memoria, la literatura, el arte plástico y el estruendo de conciertos que sacudieron la energía de los asistentes. Desde el gobierno de la Licenciada Amalia, no se observaba algo de esa calidad. Fue, sin duda, una fiesta necesaria para el alma de las familias zacatecanas, un espacio donde la solidaridad y la alegría reclamaron su derecho a existir en medio de los desafíos que enfrentamos como sociedad. Sin embargo, tras el eco de los últimos aplausos, surge una pregunta que debe guiar nuestra política pública ¿a quién ejerce el derecho a la cultura?
El artículo 4º de nuestra Constitución y la Declaración Universal de los Derechos Humanos son claros: el acceso a la cultura es un derecho humano fundamental. No es un lujo decorativo para las zonas urbanas ni un privilegio exclusivo de quienes pueden trasladarse al centro histórico. Si bien el Festival Cultural Zacatecas es un referente nacional, no podemos permitir que se convierta en un fenómeno centralista. La cultura es el terreno donde se siembra la curiosidad y el deseo por aprender, es una herramienta para disminuir las brechas de desarrollo, ampliar las oportunidades de nuestras infancias y reconstruir el tejido social.
Hago un llamado respetuoso, al Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde” y a las instituciones educativas y sociales del estado para reflexionar en tornoa que el derecho a la cultura debe viajar a donde están las poblaciones más vulneradas. Pensemos en las familias que habitan en los campos jornaleros agrícolas, en las comunidades rurales más alejadas y en las periferias marginadas. Allí, donde la jornada laboral es extenuante y el acceso a los servicios es limitado, es precisamente donde el arte debe intervenir con mayor fuerza.
Los niños y las niñas de la tierra de estas zonas, tienen el mismo derecho a experimentar la literatura, a tocar un instrumento o a ver una obra de teatro que los niños de la capital. Despertar su creatividad no es solo un acto estético, es un acto de justicia social. El arte puede ser el catalizador que permita a un adolescente en una zona rural imaginar un futuro distinto.
La desigualdad en México también se puede medir por la brecha del asombro y acceso a cultura que dejamos de acercar a estas comunidades. Cuando centralizamos la oferta cultural, condenamos a las poblaciones rurales a una orfandad estética que limita sus aspiraciones. Llevar programas itinerantes de calidad, talleres de apreciación artística y literatura a los campos jornaleros, zonas lejanas y marginadas, sierras y comunidades no es garantizar la dignidad humana. La cultura tiene el poder de humanizar lo que la marginación pretende endurecer.
Como ciudadanía, nuestra labor es no dejar de ver a estos sectores. La fiesta de los zacatecanos no estará completa mientras existan niños en nuestro estado que jamás hayan tenido acceso a un libro o a una expresión artística por vivir fuera del radio urbano.
Invito a las instituciones a que los 40 años de festivales sean el punto de partida para una descentralización radical y humana de los eventos culturales promovidos por instituciones gubernamentales. Que la próxima gran fiesta de Zacatecas no solo ocurra en nuestras plazas principales en la ciudad, sino también bajo la sombra de los árboles en las comunidades y en los corazones de quienes trabajan nuestra tierra, de quienes trabajan largas jornadas en plantas de producción o en las sierras lejanas. Porque la creatividad que inspiran los eventos culturales es una semilla fértil que merece florecer en todos los rincones del estado.
¡Que a tu teoría y a tus derechos no les falte calle!
Dra. Claudia Lizbet Soto Casillas



