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Teresa de Lauretis: habitar el exceso y la resistencia crítica

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Por: José Manuel Palma Márquez •

El pasado 2 de febrero trascendió la noticia del fallecimiento de Teresa de Lauretis. La información nos llegó con esa incredulidad que suele acompañar a las pérdidas de figuras que parecen atemporales, pilares cuya ausencia deja un vacío difícil de dimensionar. Al principio circuló como un rumor, hasta que la confirmación de su partida otorgó cauce a la reflexión necesaria sobre una de las mentes más brillantes y originales en los estudios feministas y queer de las últimas décadas. En México, tras el pronunciamiento de la UNAM, surge en mí la urgencia de escribir. No existe mayor memoria que la trazada en las letras y deseo que este espacio del nicho zacatecano sirva para rememorar la importancia de un activismo que, emulando a Lauretis y sus contemporáneas, sea profundamente intelectual y, sobre todo, autónomo.

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Nacida en Italia en 1938, De Lauretis posicionó su trabajo en el centro del posestructuralismo, desafiando las verdades absolutas de su tiempo. Mi primer encuentro con su obra ocurrió durante la licenciatura, mientras preparaba un acercamiento a la narrativa de Severino Salazar. Ahí aterricé en la teoría queer, término que ella acuñó en 1990 para un workshop en la Universidad de California con el fin de resistir a la homogeneización normativa de la academia. Sin embargo, su lucidez la llevó a abandonar dicha propuesta años después. Observó con amargura cómo las prácticas de mercado y el consumo neoliberal arrollaron su contenido político, convirtiéndolo en una etiqueta de moda que silenciaba su potencia disruptiva.

Como bien rescató ayer Ernesto Reséndiz Oikión, esta postura crítica se hizo evidente durante el seminario internacional de diversidad sexual en 2010 celebrado en el MUAC. En aquel encuentro, De Lauretis narró que propuso el término para entender las desigualdades de poder y resistir a la representación de la familia homoparental blanca, rica y joven —dueña de la casa, el perro y los hijos— que ya entonces amenazaba con asimilar la diferencia bajo el molde de la normalidad burguesa. Estamos ante una teórica que se negó a ver su pensamiento convertido en un accesorio de consumo.

En el Sur Global, este descontento con la institucionalización del término propició el tránsito del «queer» anglosajón hacia lo «cuir»; un giro descolonial y político. Mientras que lo queer corría el riesgo de aburguesarse en las universidades del norte, lo cuir en nuestros territorios se convirtió en una herramienta para nombrar la precariedad, la resistencia racial y las sexualidades que no encajan en los estándares de consumo globales. Es una respuesta que honra el espíritu inicial de Lauretis, la negativa a ser domesticados por el sistema de representación dominante.

Para Lauretis, el género carece de un origen biológico. Surge como el producto de tecnologías sociales depositadas en el cine, la literatura, la escuela y el derecho. Las categorías que nos nombran no son etiquetas inocuas; determinan nuestras condiciones de vida, el acceso real a la justicia y nuestra propia seguridad. Si el género es una arquitectura cultural, es posible intervenirla. La deconstrucción posee la potencia de desestabilizar las representaciones diarias y dar lugar al «exceso», aquello que la norma no logra contener en los binarismos tradicionales. Esta mirada entiende el cuerpo como un territorio atravesado por tensiones raciales y de clase, integrando una lectura del psicoanálisis que problematiza la identidad mediante la pulsión y el deseo lesbiano.

Ante la oleada transfóbica que pretende naturalizar a la «mujer nacida mujer» bajo moldes anatómicos cerrados, el activismo debe reclamar su lugar como un ejercicio intelectual y crítico. No basta con la presencia física en las calles si esta carece de una base teórica que nos permita diseccionar el presente. La lectura se vuelve un acto de autodefensa. Es el ejercicio que nos permite definir el poder y decidir cómo queremos usarlo, para qué fines y contra qué sistemas de opresión. Celebro, en medio de estas reflexiones, gestos de ruptura en la cultura popular como el reciente espectáculo de Benito Antonio Martínez Ocasio en el Super Tazón, que logran sacudir el discurso hegemónico desde plataformas masivas.

Sin embargo, esta incidencia requiere una independencia feroz. El activismo no puede servirle de charola a las instituciones para que estas simplemente coloquen sus logotipos y simulen un progreso que no habitan. La lucha debe ser independiente y estar al servicio del colectivo, lejos de la cooptación que busca institucionalizar la disidencia para despojarla de su filo. Traducir la obra de Lauretis, difundir revistas independientes como y mantener vivos los discursos del trabajo feminista y cuir de a pie son acciones necesarias para no perder la autonomía. En Zacatecas, honrar su memoria implica repolitizar el movimiento, rechazar las categorías que nos violentan y defender una política de transformación radical. Teresa de Lauretis nos legó una forma de pensar el mundo, sí, pero también nos entregó las herramientas para desarmarlo y construirlo de nuevo desde la libertad de lo excéntrico.

Que descanse en poder.

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